I Acevedo: “¿Para qué sirve la literatura?”

I Acevedo: “¿Para qué sirve la literatura?” Diarios: narrativas desde el aislamiento

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Episodio 4: “¿Para qué sirve la literatura?”

En este diario de un escritor, luego de haber analizado el lugar de la imaginación, le toca el turno a la literatura: entre lo original y lo repetido, entre la evasión y el compromiso. La literatura en el centro de las cosas que ocurren mientras el mundo parece detenido.

29 de julio, 1.07

Escribir lleva tiempo... Lo que haré ahora es conectar las cosas que estuve comentando en las tres entradas de diario anteriores mediante la siguiente pregunta: ¿para qué sirve la literatura?

La verdad es que durante la cuarentena, dentro de lo que se puede, la vida, sigue, y a los ponchazos, por Instagram, por Zoom, se presentan libros, se marcha, se conversa, se ama, se enseña y se piensa. Por ejemplo, con Paula Peyseré estamos organizando un ciclo para ver las películas que aparecen de El beso de la mujer araña, de Puig. Hablaremos de literatura de fuga y evasión. Otra amiga sacó un fanzine, otra publicará su libro de cuentos tan esperado... Pareciera que para poder existir tenemos que producir, y pareciera que cuando no producimos no somos visibles. Sin embargo, aunque no produzcamos seguimos existiendo, claro.

Ahora bien: ni bien empecé a escribir cuentos y novelas, a los diez años, comprobé lo contrario. Con inquietud, ante una página que no podía llenar, noté que para poder escribir, yo necesitaba existir. Tenía once años, y quería escribir una novela realista. La novela comenzaba como una joven que vivía en un tambo. Pero yo no sabía cómo avanzar, porque la chica tenía veinte años, y yo once, y no se me ocurría qué podía pasar en su vida. Así que me dediqué a escribir relatos de fantasía. En esa época, en la biblioteca Infantojuvenil adonde iba una vez por semana, había una mujer, Alicia, que nos contaba cuentos. Un día, después de leernos un cuento, nos invitó a escribir un cuento para un concurso. Yo entendí que la consigna era inspirarnos en el cuento que ella acaba de leer. Y eso hice: lo reversioné. Después, me di cuenta de que había que escribir un cuento nuevo, y me sentí culpable. Creía que había hecho trampa. Por supuesto que yo no había copiado el cuento; había tomado alguna idea y después me había salido otra cosa. Pero de eso me di cuenta muchos años después. Después, en la facultad, aprendí que la novedad que Borges trajo a la literatura universal era que, al ser el lenguaje la materia con que se escribe, aparte de lo que imaginamos, y aparte de nuestra experiencia, la materia escrita por otrxs está también incluida dentro de los materiales disponibles para la ficción. Entonces me acordé de aquel primer cuento, y entendí que era natural que yo me hubiera “copiado” de ese cuento.

Por eso dije que escribir lleva tiempo. Para escribir esta entrada de diario, yo tuve que vivir treinta y siete años. Aquí está todo lo que viví y todo lo que leí, sin contar que además, la existencia de lo que viví y leí a su vez llevó miles de años. Siempre que leo rápidamente algo que me gusta me sorprendo haciendo esa cuenta. 

Aunque no lo notemos, un texto está hecho de otras voces, habladas y escritas en el tiempo, que se sobreimprimen en la voz del que escribe. Esas voces, al decir de Juan Diego Incardona, “voces que se empujan en desorden”, impulsan el texto. Por eso está claro que un texto está lleno de pasado.

Pero también está claro que un texto está lleno de futuro. Siempre lo digo con convencimiento, porque me parece algo del sentido común, pero tal vez haya que explicarlo mejor, aunque es bien simple. Podríamos decir: nadie viene sin un mundo. O: todxs traemos algo nuevo a la mesa, algo de lo que ahora no hay. Después, con el tiempo, podemos decir: fulanx era unx adelantadx, tal cosa la escribió mucho antes de que sucediera. ¿Cómo se le habrá ocurrido? Podríamos pensar qué le pasó, qué le dijeron, qué libro leyó, pero reconstruir eso sería casi como reconstruir su vida entera, y aun así no alcanzaría. 

Unx se pregunta: ¿cómo surge algo nuevo? Creo que la literatura sirve para responder esa pregunta. Y es un placer para mí explicar esto con un discurso que no sale de la lógica o de ninguna ciencia sino que sale del saber qué aporta un texto literario.

¿Cómo se produce un cambio? ¿Puede la imaginación (porque no habrán pensado, por una de esas casualidades, que me he apartado del tema que me fija a esta silla) ayudarnos a que algo nuevo emerja? La novela Señorita, de Hebe Uhart, nos responde a esa pregunta a partir de la escena de una alianza feminista y peronista.

Señorita es la tercera novela corta de una especie de trilogía de las tres únicas novelas cortas que escribió Hebe Uhart. Las dos primeras son Camilo asciende y Mudanzas, que son gemelas. Ambas cuentan la historia de un hijo de inmigrantes que vive en Moreno, que asciende socialmente durante los años cuarenta, y la traición de clase que ese ascenso produce, vale decir: el desprecio hacia su familia y su cultura, la vergüenza y la negación de ese personaje hacia el lugar de donde proviene. Señorita también narra un corrimiento de clase, pero lo hace en clave feminista. La protagonista puede asimilarse a la propia Hebe. Es una niña y adolescente que nace en Moreno en el seno de una familia de clase media radical y que intenta evadirse de la opresión machista para, de a poco, con su título y trabajo de maestra como primer paso, insertarse en el mundo intelectual de Buenos Aires. Es decir, pasa de señorita, un proyecto de mujer heterocispatriarcal a señorita maestra de grado, comprometida socialmente en su trabajo en una escuela semi rural y con ansias de leer y estudiar más y más y escapar de su familia. Resulta que a los diez años, la protagonista se muda y conoce a una vecina cuya familia es mucho más humilde que la de ella, y es peronista. Las dos niñas juegan y corren libremente por el barrio, hasta que un día la vecina tiene su primera menstruación y le prohíben jugar por la calle. Una especie de cuarentena. A partir de ese momento, cuenta la narradora, sí tendrán permiso para dar la vuelta a la manzana caminando del brazo, y en esos paseos hablarán “de peronismo y antiperonismo”. La vecina le cuenta que gracias al peronismo pueden comer, y la narradora siente de inmediato una vergüenza y temor de ser odiada por su vecina, porque ella no sabe lo que es pasar hambre. En ese momento, la narradora, con la misma honestidad que caracterizaba a la autora de la novela, acepta que no puede saber. Hay una experiencia de esa vecina que ella no comparte. Comprende de inmediato su privilegio de clase y no pone un solo “pero” a ese dato. Calla.

Este aceptar un no poder saber es algo poco común. Nos puede pasar por ejemplo que a alguien le ocurre una tragedia, como la pérdida de un ser querido, pero a nosotrxs eso nunca nos pasó, y no sabemos qué decirle. Quisiéramos poder decir “me imagino lo mal que estás”. Pero decir eso parece inadecuado, y con razón, porque realmente no podemos imaginar algo así, porque nunca nos pasó. Sin embargo, la narradora, busca algo para compartir, y lo encuentra. En efecto, ella comparte algo con la vecina: el hecho de que, sin lugar a dudas, hacerse señorita podría depararle el mismo destino de cuarentena que le acaban de imponerle a la amiga. Esto es de hecho el tema que se repite en la novela: las constantes restricciones que va sufriendo de acuerdo a su género y que la mueven, como a tantxs, a querer escapar. Entonces ella hace el siguiente cálculo: si su padre, que es radical y que es la autoridad que recorta su vida es, a su vez, alguien que no tiene la menor idea de los sufrimientos y opresiones de la clase que el peronismo es capaz de solucionar, y es además, ignorante de las opresiones que él mismo ejerce sobre su hija, esto quiere decir que su padre está cien por ciento equivocado. Y si esto es así, eso significa que el radicalismo no es un partido político respetable, y el peronismo sí lo es. A partir de ese día, al tiempo que desafía la autoridad paterna cuando intenta achicar su existencia, la chica le hará saber a su padre que se acaba de enterar de que el peronismo es la vía hacia la justicia social. No es nada común encontrar el tema del peronismo en Hebe Uhart, de hecho quizás esta sea la única vez que se lo menciona. Sin embargo, en esta novela Hebe nos enseña cómo se produce un cambio realmente complejo: como alguien puede hacerse peronista aún a partir de una experiencia de clase diferente.

Así como conté en la segunda entrada de este diario que Alba Rueda, en la reunión informativa por el Cupo Laboral Travesti Trans citó a Lemebel diciendo “Yo hablo por mi diferencia”, y todo lo que eso significaba, cuento ahora que Mónica Macha, diputada que preside la Comisión de Mujeres, Géneros y Diversidades, terminó el cierre de la primera reunión informativa citando a Las malas, de Camila Sosa Villada. Y lo noté porque pensé que Mónica Macha bien podría haber elegido citar a Diana Sacayán como referenta histórica de esta lucha. Sin embargo cerró su discurso con una cita una obra literaria. ¿Por qué lo hizo? Lo hizo porque justamente usó esta función de la literatura, que, de más está decirlo, sirve para algo más que para pasar un buen rato. Una novela, cuento o poema (sea del género que sea, por supuesto), es, para nosotrxs lectorxs, lo que fue esa vecina peronista para aquella niña que esa tarde abraza el peronismo por primera vez. La literatura nos conecta con un mundo desconocido, con algo nuevo e inimaginable hasta el momento (futuro), a través de una mediación con la lengua (construida con pasado), que, por ser compartida, muy posiblemente contenga algo que podamos asimilar a nuestra propia experiencia, lo cual hará que podamos nombrar con nuestra voz las palabras de una marika como Lemebel, las palabras de una travesti, como si fueran propias. Nombrar lo impropio como propio sin caer en la trampa de la “representación”.

Un verdadero don de la literatura, que así, con ligeros corrimientos, con mínimas consecuencias afortunadas, como me gusta llamarlas, provoca que el mundo cambie para mejor.

Último episodio: Diario de un escritor

Domingo 28 de junio, 01.33
 
Estoy escuchando “Solo Dios sabe”, el cover de Charly García de “God only knows”. En el minuto 0.48 hay un instrumento musical que no conozco, que parecen grillos. Le voy a preguntar a Lola qué es.
 
Lunes 29
Me impuse escribir estos diarios, que son un plan b, porque ni bien L. me propuso que escribiera unos diarios sobre la cuarentena se me ocurrió hablar acerca de la imaginación, y lo que escribí no se parece en nada a un diario. Lamento que se pierda el diario, o defraudar a alguien que pudiera esperar literatura, y en cambio se cruzará con mis retorcidas ideas. Por eso decidí tomar estas notas. Y si Dios quiere, si el espacio lo permite, poder publicarlas.
 
Martes 30
¿Quién no se ha obligado a escribir? Mientras escucho la nueva canción de Lola, “Kiosco Morisco”, y “Solo Dios sabe”, de Charly García, enamorándome profundamente del piano, que me calma tanto, también de los grillos y de los pajaritos, recuerdo mi adolescencia escuchando Queen, tirado en el piso, viendo rodar la cinta de un casette por horas y pensando qué injusto era el mundo. Mientras estaba ahí tirado sabía que en algún momento mi vida sería mejor, pero no tenía idea de qué podría pasar. Lo que sí sabía era que quería escribir. Pocos días después cumplimos quince años, y llegó nuestro regalo. En lugar de una fiesta de quince, al soplar la velita, cuando cumplimos diez (hermanas previsoras), Juli y yo pedimos una computadora. Aquella tarde, en la casa en la que vivimos por primera vez en Tandil, donde tanto me fascinó el agua corriente y caliente de la ducha, llegué de la escuela y entré a nuestro cuarto. En el piso, exactamente en el lugar donde yo me había recostado a escuchar a Queen, estaban desparramadas las tuercas y la carcasa de la computadora. Mi hermana estaba arrodillada con los cables y circuitos en la mano. “¿Qué hiciste?”, le pregunté horrorizado. “La estoy desarmando para ver cómo es por dentro”, me respondió. Mi hermana desarmó y armó la computadora. Pero esa computadora armó y desarmó mi vida.
 
A partir de ese día, tuve la tarea de pasar a programa de texto los manuscritos de La ciudad, la novela que había escrito en el verano de 1998. ¿El mejor verano de mi vida? Hasta ahora, podría decir que sí. Mientras la copiaba, también escribía mi diario en la compu, y en esas entradas manifestaba ante mí mismo la sorpresa por lo increíblemente buena que era mi novela.
 
Después de esa tarea, me obligué a escribir. Esos meses conseguí mi primer trabajo como cadete, y me dedicaba a escribir de una a tres de la tarde, y por las noches, contabilizando cada día las líneas que había avanzado. Mi método para escribir una nueva novela era el de nunca mirar atrás. Avanzar y avanzar… Le di la espalda a mi familia, tal como durante esta cuarentena le doy la espalda a Gre en las horas de oficina, y de reojo dialogamos de vez en cuando acerca de sus avances en los videojuegos. Avanzar, avanzar, siempre avanzar, como una escalera al cielo. Como el piano en las canciones de Charly y Lola. Solo Dios sabe....
 
Miércoles 1 de julio 02.52
Me coloqué un repasador en el hombro, y lo dejé reposando ahí, desde las diez de la noche, en que encaré la tarea de lavar los platos, hasta ahora, que son casi las tres de la mañana. El repasador está sobre mis hombros tal cual estaba en los hombros de mi padre cuando lavaba los platos. Lo dejo porque una pieza textil puede cambiar por completo el espíritu de una hora, y porque al mirarlo de reojo tengo la impresión de que mis hombros son más anchos. Me veo como un folclorista. Sin dudas parezco más masculino con un repasador en el hombro. Me entretengo barato, con un pedazo de tela rayada que mejora mucho mi percepción de mí mismo.
 
Jueves 2
Cuando ocurre una injusticia con un texto, cuando una persona que escribió algo fue maltratada, eso me toca el corazón, me hiere tanto, me genera tanta pena y siento tanto enojo e ira que me expreso así: “Me va a dar algo”. Hoy, por la falta de sueño, y por sed de venganza contra una editora que trató muy mal a una amiga y a su texto, hoy por tener tanto trabajo atrasado, pero también porque Gre se había ido a lo de Martin, hablé por teléfono largamente mientras trataba de calmarme, tirado al sol, que me daba por la ventana, que entraba mediante el aire, y trataba de respirar y me sacaba la ropa, hasta quedar prácticamente desnudo al aire libre en el living de mi casa, y desarrollaba mis argumentos, pero no solo en contra de esa editora, también a favor de la autora, también en busca de una manera productiva de propagar las ideas que necesitaba compartir acerca de esto; incluso hablé con une alumne de mi taller literario, y después de tanto esfuerzo, como lxs gorilas, que se pelean de árbol a árbol, y tanto su corazón se agita que se mueren, mi corazón también se agitó, y pensé: me da algo. Pensaba: si a Arlt lo agarraba una malhadada editora como esta, Arlt hoy no existiría, e intentaba calmarme: Arlt existe, y todo tiene solución. Arlt, (al igual que Evita) caminó por esta calle, Arlt sobrevivió a la industria editorial. “Hoy es un día arltiano”, a veces le digo a mi hijo. “El sol está de un verde enfermizo hoy”, le señalo. Y no tiene idea de todo lo que eso significa. Él está a salvo de una malhadada editora, pienso. Y en una imaginación exaltada, me veo en la presentación de un libro, en el ambiente feliz de que un día un libro nuevo existe, y la editora llega, con su tapado de inspectora de escuela, envuelta su mirada en el opaco y volátil vapor de sus cristales, y, sin quererlo, la multitud de la presentación nos empuja hasta ponernos frente a frente. Entonces hacemos una mueca, ningunx de lxs dos quiere abrir la boca para emitir sonido que valga, pero con una treta inventada previamente, alzo mi mano y le entrego un papel semiabierto. Ella no puede evitar leerlo. Con letras grandes en lápiz de escribir, ella lee: Ojalá te vaya bien.
 
Mi corazón se exalta, y una leve taquicardia me recuerda que una tía abuela murió de un ataque al corazón a los cuarenta y ocho años. Después me levanto del piso, pues ya es hora de volver al trabajo de oficina.
 
Viernes 3
Supongo que leer un texto literario implica comprender su diferencia, lo que lo hace particular, lo que lo hace único. Solo deseo que al editar un texto, unx correctorx o unx editorx sea capaz de comprender que ni un manual de corrección de estilo ni la RAE le dan una sola justificación posible que le permita aplacar, destruir o convertir en polvo esa palabrita o ese matiz fugado de la normalidad que venía a dar la nota en el concierto de la literatura.
 
Sábado 4
Muchas veces, casi todos los días, en realidad, tengo el deseo de escribir una serie de cuentos donde pueda contar cosas de la vida cotidiana. Hablar de la borra del café en la pileta, de lo que siento cuando lavo a mano un pulóver con jabón blanco, poder contar que a la mañana prendí un rato el horno para calefaccionar la cocina sin darme cuenta de que adentro estaba la fuente con el pastel tricolor de puré y garbanzos y que la casa se llenó de olor a almuerzo… Hoy me voy dando cuenta de que eso es imposible. Cada vez que veo la página en blanco, algo diferente, más urgente o importante, aparece, y desplaza a esos objetos. No me atrevo a quejarme: ¡por qué no podré ser poeta! Así sería tan fácil darle jerarquía a la vida doméstica y culinaria… Pero no puedo quejarme; no merezco ese confort.
 
Darme cuenta de esto no cambia las cosas. Sospecho que ese intenso deseo no va a desaparecer. Espero que no desaparezca nunca.
 
Domingo 5
Hoy la maestra de primer grado hizo un Zoom para jugar a la lotería, pero el cartón de números se veía del revés. Hice un gran esfuerzo para que Gre no se escapara de la clase, que tan solo duraba cuarenta y cinco minutos. Mientras escribo esto, debería estar mandando la tarea por mail. De vez en cuando mando un extenso reporte de los avances de Gre en alfabetización.
 
Hoy Gre aprendió a usar el encendedor muy fácilmente, con tan solo una indicación (y una recomendación enfática de que no lo practique aplicándolo a ningún objeto). Además, desde hace un mes, se le empezó a mover un diente. Cada día se le mueve casi igual que el día anterior. Hasta que se le caiga y nazca uno nuevo.
 
De solo pensar que mi hijo perderá un diente, imagino un largo duelo, intenso y dramático, de un mes entero, hasta asumir que ya no tiene su diente de leche.
 
Aprender del fuego fácilmente, perder un diente de a poco. Supongo que ese será también el ritmo con que aprenda a leer y a escribir.
 
Lunes 6
La gente se acostumbró rápido a mi nombre, que consiste en una sola letra, que es la inicial de mi antiguo nombre. A veces, criticaron mi nombre, porque era muy corto. Pero en general, lo usaron, porque no había otro. Un ex novio me hace notar que hace dieciocho años yo firmaba mis mails con este nombre. Cuando lleno formularios que no permiten que mi nombre contenga una sola letra, pongo un nombre masculino que empieza con I. Pero no termina de convencerme.
 
Aunque soy una persona ansiosa en muchos aspectos de mi vida, noto que espero con total aceptación que aparezca por sí solo un nombre que me cuadre. Creo que la fe es pasiva y la paciencia activa. Y a mí me gusta mucho entregarme a lo que vendrá.
 
Martes 7
Supongo que Lili estará feliz de ver que esta vez sí cumplí con la consigna de escribir un diario.
 
Miércoles 8
También supongo que me será muy difícil desenchufarme de este texto y resignarme a que esta hermosa realidad solo dure diez mil caracteres.
 
Jueves 9
Hoy con Paula comentamos qué significaba la frase de Lamborghini “Primero publicar, después escribir”. No se lo preguntamos a nadie más, pero supongo que si googleo en Rincón del Vago alguien nos lo va a explicar perfectamente. 
 
Viernes 10
Le cuento a Lea que por acá, varios proyectos de Cupo Laboral Travesti Trans incumplen explícitamente la Ley de Identidad de Género. Desde Berlín, Lea me cuenta que el partido Conservador quiere modificar de forma desastrosa las leyes de identidad de género de allá. Me cuenta que hay raves, que hay contactos físicos en los matorrales de los parques de Berlín. Empiezo a imaginar la primavera.
 
Sábado 11
Algo como un verano de San Juan, o como se llame, ha llegado a la ciudad, y el sol hizo crecer las verduras del balcón. Dentro de la tierra que compramos, vinieron, sin que lo supiéramos, semillas de acelga. Ahora las acelgas son enormes. Creció un futuro árbol de manzanas; un maíz murió; otro sobrevivió, y los zapallos se los come Leonardo. Y a la sombra de la ortiga vive un futuro árbol que no sabemos qué es. Veo pastos muy pequeños. Ahora entiendo qué son las leaves of grass de Whitman.
 
Domingo 12
Mientras lijaba el botiquín, tarea en la que estoy hace un mes, escuchaba los podcasts de María Moreno en el Museo de la Lengua. Habla del nefasto discurso que pone a les viejes como personas en “situación de riesgo”; habla del significado político del olor. Todo lo que ella dice es sensible, inteligente y revolucionario.
 
Lunes 13
Llamo a una nueva amiga editora para entusiasmarla con la escritura de Salomé, mi cuentista favorita. Comienzo la presentación de la siguiente manera: “Luego de muerta Hebe, como cuentistas somos nosotres tres. Salomé, Juan Diego Incardona, y yo”. Sin falsa humildad, desde mi casa, en la calle Perón y Libertad, planteo el panorama de la narrativa actual, que por supuesto es peronista.
 
Martes 14
Leo la biografía de Eva Perón, de Libertad Demitrópulos. Chateo por IG con Gaby. Me entusiasma para que lea la biografía novelada que hizo Aurora Venturini.
 
Libertad cuenta que cuando se mudó a Buenos Aires, Evita vivió en Perón y Callao. Buscaba trabajo yendo de teatro en teatro, por la avenida Corrientes.
 
Miércoles 15
Escucho en Spotify otra de mis canciones de piano favoritas, “Barro metal”. A pesar de la cantidad de veces que la escuché, aún no sube a las cinco más escuchadas. Se ve que Spotify no funciona bien.
 
Jueves 16
¡Uf! Lamentablemente, me toca terminar aquí este diario, pues ya llego al límite de caracteres. Sepan, queridxs lectorxs, que la progresión diaria de este diario es falsa. Lo escribí en sola una noche para ustedes.
 
Cariños,
I

Acerca de I Acevedo

I Acevedo nació en Tandil el 9 de abril de 1983. Vive en Buenos Aires. Publicó los libros de cuentos Trilogía canina (los proyectos, 2015), Jajaja (Mansalva, 2017), Late un corazón (Rosa Iceberg, 2019), Paquete de fe, (PDF libre, 2020); las novelas Una idea genial (Mansalva, 2010, La Libre - La Flor Azul, 2020) y Quedate conmigo (Editorial Marciana, 2017) y el ensayo Horas robadas al sueño (Eloísa Cartonera, 2018). Trabaja como editor y profesor de español y literatura.

Acerca de Diarios

Diarios es un registro colectivo, literario y documental producido en situación de pandemia. Escritores y escritoras convocados por el Centro Cultural Kirchner producen durante cuatro semanas textos en torno a un asunto, un personaje, una preocupación real o alucinada. En esta tercera entrega, entre julio y agosto, escriben de viernes a lunes Elsie Vivanco, Ricardo Strafacce, Luis Sagasti e I Acevedo.

Fotografía de portada: Dagurke

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