“Caminé en la primavera temprana”: poesía

“Caminé en la primavera temprana”: poesía Picnic poético

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Autores sub 25 escriben textos inspirados en la obra de Diana Bellessi

Desde el lunes 21 de septiembre se puede disfrutar de “Caminé en la primavera temprana”. Picnic poético, que toma la fecha clave del comienzo de la primavera y de la celebración de la juventud para crear un “picnic poético” en la web y en las redes sociales del Centro Cultural Kirchner.  Para eso, se convocó a duplas de beatboxers y freestylers, y a una serie de poetas sub 25 para que realicen sus propias variaciones inspiradas en los poemas Caminé en la primavera temprana y He construido un jardín, de Diana Bellessi, de modo que sus creaciones dialoguen con estas obras.

Presentamos aquí una serie de textos de autores como Dardo Solorzano, Moni Munilla y Zoe Hochbaum y de algunos representantes de una joven camada de poetas de la Argentina: Simón Azar, Milagros Pérez Morales, Abichuela, Lara Flores, Agustina Chávez, Lautaro Pereira, Gerónimo Tartara y Jonatan Daniele.

Zoe Hochbaum
Moni Munilla
Lautaro Pereira
Jonatan Daniele
Simón Azar
Milagros Pérez Morales
Lara Flores Catino
Gerónimo Tartara
Dardo Solorzano
Agustina Chávez
Abichuela

“21”, de Zoe Hochbaum

Hace cientos de días que lo mirás desde la ventana. A veces la abrís para verlo de más cerca, pero la realidad es que no está. Alguna vez alguien te dijo que las cosas toman más valor cuando no las tenés, que es ahí cuando las extrañás y las querés de vuelta. Y, aunque siempre te pareció una de esas frases estúpidas y romanticonas, hoy lo ves tan lejos que solo podés lamentarte de las veces que lo tuviste con vos y no lo aprovechaste. Estúpida, pensás.

El pasado también es una verdad, te decís. Eso quiere decir que él existió, seguís, a ver si eso te calma la aturdida ansiedad. Todavía lo podés ver, entonces, aún existe. Te aferrás a la idea de su existencia como si eso, de algún modo, te uniese más a él. Como si saber que él está ahí, fuera un mimo al alma, una almohadilla caliente, unas sequitas antes de dormir.

Acariciás la ventana, casi como haciéndole una ofrenda de agradecimiento. Es tu cuerpo que piensa, es tu cuerpo que extraña. Le limpiás hasta la última partícula de polvo que tiene, la necesitás transparente para no perderte nada de él. Es cierto, nada se compara con su calor empapando tu piel en el pasto, pero cerrar los ojos encandilados de tanto mirarlo tiene su lado lindo también.

Hay luz, te decís. Todavía hay luz. Mirás la ventana como si estuviera diciendo ey vos, vení que tengo algo zarpado para mostrarte, y vos, que de inocente tenés todo, caés como una torpe enamorada y vas. Sí, ahí está. Ahí mismo en frente tuyo. Y tiene tanta fuerza que acapara no solo tu departamento sino el edificio entero, más bien el país, más bien el mundo. Él te mira desde arriba como haciéndote el gran “lero lero” y a vos te da todo menos risa. Hijo de puta, te extraño, le gritás. Él también te extraña y vos lo tenés re claro, pero te dice que ahora no es el momento, que tenés que esperar. Es veintiuno de septiembre y estás famélica de medialunas esponjosas en el Parque con tus amigues. De brownie casero. Deseosa de un mate para compartir, criticar a quien lo use de micrófono y ver como nadie limpia la bombilla antes de chupar. Como un chape grupal que está de incógnito. Y para qué hablar de los chapes… ¡Qué ganas de un beso baboso! Bien baboso. Con le primere que se te cruce. Déjame salir, le volvés a gritar, como si el tono imperativo fuera a convencerlo esta vez. Te hace carita de “lo lamento, pero no mi ciela”, el muy sorete. A tu mente se le vienen los bizcochitos de grasa, los sanguches de miga, la pastafrola de membrillo, el pasto húmedo por el rocío, el mate amargo, el tereré que prepara tu amiga Jose, les niñes pateando la pelota detrás tuyo, las viejas haciendo tai-chi, el chabón potro que estira al lado de la bicicleta, la sonrisa de tus amigues, la tuya. Te ensanchás de tanta lágrima acumulada, de tanto plan futuro, de tanto extrañar.

Es veintiuno de septiembre y hoy cumplís veintiún años. Pasó el año y de lo único que se habla es del férreo destino de la existencia. Del tiempo perdido y del que está por venir y, entre tanto menjunje, te preguntás qué es el tiempo. No tenés ni la más remota idea de qué es el tiempo, pero una voz del más allá te susurra al oído que el presente es lo más parecido al tiempo que hay. Le sonreís a aquello desconocido, le sonreís porque excede toda comprensión posible. Y entonces te reís, de vos, de él y de todes les que pensaron que te ibas a dejar vencer por la soledad. Ahora te toca volver a desconocer lo conocido, lo alguna vez nombrado.

La ventana sigue abierta y él te mira fijo. Te ilumina tanto que por momentos te reconocés invisible ante tanta monstruosidad, de la buena. De esa que asombra, de esa que eriza la piel. Vos lo mirás también y le decís que se quede tranquilo, que el futuro no va a interrumpir la revolución del presente. Que jamás permitirías algo así por más hartazgo que haya. La mortalidad es una sola, dicen. Y más vale que te la creas porque no vas a tener forma de comprobarlo. Entonces, entre el silencio de tu casa solitaria suena una voz. Es la misma voz que un hace rato te susurraba al oído, pareciera ser la tuya.

Salís de tu casa con tantos accesorios que tu cara se ve poco y nada. Te cuesta respirar el aire que saliste a buscar y anhelás con ímpetu que el viento se digne a venir. Aparece de nuevo el silencio, pero no es el mismo que el de tu casa, es otro silencio. Lo saboreás porque sabés que no va a durar mucho, que cuando veas los locales de tu barrio cerrados, las plazas vacías y las calles fantasmales, vas a volver a llenarte de ruido.

Te sabés el camino de memoria y caminás casi en piloto automático. Chequeás tener todo a mitad de camino, menos mal, por un momento pensaste que te habías dejado el barbijo. Seguís a paso firme queriendo moverte más rápido de lo que en verdad estás caminando. Por fin llegás, la plaza huele a yuyo viejo. Sin siquiera apoyar tu mochila, te sacás las zapatillas y reposás los pies descalzos en el pasto húmedo. Sí, por fin. Cerrás los ojos, ahora más que nunca tenés cero idea de qué es el tiempo, pero por primera vez no te importa. Un ruido dulce te devuelve a la plaza. Son los pájaros. Su canto inofensivo te despierta los párpados y abrís los ojos. Un pájaro muy pequeño te mira como queriendo decirte algo. Tenés que aprender a leer bien lo que el amor callado escribe, porque la mirada muda escucha con ojos de amor. El cielo te envuelve con tanto celeste que pensás que todo está fuera de foco. Te tocás la cara, pero tenés los anteojos puestos. El barbijo, pensás. ¿Dónde está? Un murmullo te sacude y al cielo lo tapa tu amigo Diego. No te duermas, tarada. Te arde la piel de tanto calor. Estás justo debajo de él. Pero se ve que tus palabras tienen fuerza porque el viento vino y te refresca la cabellera. Te incorporás y entonces les ves; están todes. Tus amigues están sentades con vos y te ceban mate. Vos sonreís grande y no te importa tener chocolate en los dientes. Felices veintidós, dicen. Hoy es veintiuno de septiembre y vos cumplís veintidós años. La plaza rebalsa de estudiantes en pleno picnic. Y vos estás llena de felicidad porque el mate todavía no se lavó y porque él sigue ahí. Con sus rayos te ilumina la cara y, sin advertirlo te arranca una lágrima evaporada de la mejilla.

“Delirio”, de Moni Munilla

No vendrá, dije
y cerré las ventanas
la casa tan fría, corrí las cortinas
y en la sala oscura
me quedé dormida.
Y el sueño, ese sueño recurrente y mío
el que sueño siempre
quizás imagino
y lo cuento entonces como ya vivido,
me empujó hacia el patio
con los pies descalzos y el cuerpo aterido.
No vendrá, dije al jazmín vencido.
Tenía en sus gajos un frágil capullo,
níveas sus pestañas en el verde cuenco
que daba cobijo.
No vendrá, no esperes, cubre tus colores,
esconde el perfume de tus flores nuevas,
supliqué al rosal que creció conmigo.
Y así, por el patio,
pájaros en vuelo desde el cielo límpido
callaron sus trinos.
La tarde, la tarde escuchó mi voz,
mi ruego mendigo.
Cayó de rodillas en el patio frío
socavó en la tierra, esparció semillas,
las venas del tiempo cruzaron lo oscuro
en un solo grito.
Desperté en la sala abrazada a un libro.
“No vendrá”, decía el poema mío.
Y ella, ella que llegaba sobre mis delirios
demasiado cerca de mis pies tan fríos
fue por la palabra, liberó los trinos
y dijo serena, así, como vino:
“Soy la primavera, me quedo contigo”.

“La procesión de los pirpintos”, de Dardo Solorzano

Cristalea la tarde en el jacarandá,
 
                     una vez de niño lo planté, desnudo,
                guié sus ramificaciones, avergonzado,
      como quien corrige a su propio padre;
 
                                  árbol que se fue a vivir a mi futuro
y hoy regresa entre la procesión de pirpintos.
 
A ellos toda su vida les dura una primavera.
 
Los changuitos persiguen esas mariposas
                                      como si de atrapar blancos espíritus se tratase,
                hasta que uno de los dos queda capturado
                            para siempre en el adiós del otro…
 
No vuelan en el espacio
sino primero en la idea de fragilidad.
 
En esta República sin jardín
la primavera solo llega de noche,
 
                       luces de velas flotan en el aire del pueblo,
ánimas que hacen llorar a los perros del barrio,
                                      rezos a la Virgen del Cañaveral,
 
a la violada selva
                              que vio caer sus fluorescentes perlas,
                                                              el rocío luminoso de los tucu tucus.
 
Almas que regresan a fragmentos de eternidad
                                   y ya no les queda tiempo para pedir perdón
                                                    a los familiares que abandonaron 
                                                         en la geografía de la palabra lapacho.
 
Dos suspiros crean la memoria del pirpinto,
                                 los niños juegan dentro de ese instante
y descubren un ala hecha con retazos de pensamiento,
                      la otra (por gemela)
                                                        de nube con la forma del eco.
 
Vengo a nombrarme los seres que voy perdiendo,
ya me soltaron la mano los naranjos fugitivos
                                         que van de vereda a vereda en esta ciudad,
                                              sin escala desde mi olfato hasta el exilio.
 
Vengo a nombrar la primavera,
            su laberinto de azahares,
     aromas que guían el extravío de las almas
                    en peregrinación de los pirpintos 
(nombrar es capturar las cosas)
las puertas de este mundo ellos buscan en mis pupilas,
 
yo parpadeo
                      y en eso todos se lanzan al vórtice, 
                                                            se alejan para siempre de mi vida…

Poetas sub 25

“Versiones del mate”, de Simón Azar

Matear solo como perspectiva
toma de postura frente a la muerte

algunos toman solos para evadirse
una identidad hallada en la obediencia

generalmente, usan el mate para endulzar sus horas
toman con música o con la tele de fondo
usan el mate como adorno 
¿he ahí la invisible costura que nos separa? 

bien sabe el pueblo 
que el mate solo captura el tiempo
es el centro de atención
la razón de ser de una tarde

cuando no hay distracciones 
alrededor del mate
la reflexión surge
como único pasatiempo
detenerse en el detalle de la forma

bien sabe el pueblo
que el mate solo se toma amargo
por adición se amargan
las reflexiones de quien contempla

pensar mate mediante
toma un matiz existencial
lo amargo domina la dulzura

mirar el mate
volver sobre un objeto
hojas trituradas de yerba mojada
capitanas de un pensamiento que naufraga
para el mundo vegetal ¿hay Leyenda?

cuando se vacía el termo
somos arrojados a un desierto insípido
un jardín de arena

azotamos nuestras cabezas contra las piedras
sabiendo que no son menos vivas las piedras
queda en nosotros meditar otro diluvio

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“Detenerse en el detalle precioso de la forma”, de Milagro Pérez Morales

La copa de un árbol grande,
un techo frondoso que
parece pensamiento cuando
una mira para arriba: el intento
callado por alzarse
hacia una idea. O
volverse una chica divertida,
de esas que pasean 
sin buscarle
un porqué al jardín.
Una chica tranquila, que vea árbol 
donde hay árbol, que se deje
llevar. 
Si hay leyenda
vegetal, alejarla del sinfín
de reveses de la mente:
firmar un pacto entre chica
y árbol. Esperar menos
una de otro, y llegar acá. 
Volver sobre un objeto
y verlo como tal.
Una chica relajada en medio
del paisaje, como llevada por
el viento, tan ligera. Lo salvaje
no la altera, no pierde paz. O
afirmarse Chica Rara y
descartar la propuesta:
volver al árbol
como idea, a la forma
precisa de las piedras, a la chica
que piensa, y que cada cual
entienda lo que quiera.
El trajín de la cabeza
cuando asciende por el árbol
y se encuentra en algo más:
la persistencia del jardín
reaparece en su eterna
posibilidad de nombrar.

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“Primavera”, de Abichuela

Tengo el universo silbando en mi piel
somos ritmo de mañana

me meso
en canciones de protesta
hilvano pasos
que parten la tierra al medio

no es que quiera
que todo se derrumbe
lo que quiero es
que el mundo arda

vinimos a sanar las raíces
de la tierra erupcionamos
formamos ríos para navegar

enredémonos de la mano
bajo el ombú
que nos da sombra

qué la historia no se disuelva
qué hoy no sea un cuento de hadas

soñamos
con párpados brillantes 
y un fuego para acariciar

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Poema, de Lara Flores

Qué quieta estás adentro del colectivo
todo afuera se moja se rompe
se aparea bajo la hora
más linda de sol
cerca del mar es más tibio parece
una lupa mirándonos
no sabe a qué
apuntar la herida
a la nena que entiende
cómo subir una escalera
a las piernas manchadas de primera menstruación
al aroma a puerto en las muñecas
vencidas impregnadas las mangas
de trabajo
a vos toda quieta
aislada del ruido de la calle
a la calle mirando
el sexo de los árboles
se tocan las tetas
se comen adquieren
un olor particular
esta no es una ciudad para perderse
el viento salado paspa la cara
cada vez que tenés miedo
 esperás unos segundos
para doblar en una esquina
caminar es siempre la posibilidad
de ahogarse
la costura invisible que nos ata
debe ser toda la arena
que nos entra en los ojos
la retina la chupa la chupa
se la traga
sabe bien todo el mundo
adentro mío

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“Primavera soñada”, de Agustina Chávez

Volveré alguna vez a mi primavera soñada
a correr en verdes prados
y navegar por infinitos lagos.

Donde el pasto es destellos de colores
que perfuman los más bellos alrededores.
Y el celeste cielo con una sonrisa gigante
deslumbra a cualquier amante.

Tardes como esas yo no las olvidó
un radiante sol amarillo
al disfrutar volar barriletes
entre el cielo y el río.

Regresaría con ansias y entusiasmo
aunque sea por breves segundos
a creer en sueños y amigos
que solo en primavera se dan.

Aún escucho en el viento susurrar
nuestras risas al salir a jugar
y el suelo que no puede borrar
nuestras huellas al disfrutar bailar.

Momentos congelados en hojas de papel
solo eso me queda de aquel último atardecer
suceso que apagó mi vida para nunca volver
a vivir una primavera soñada como las de ayer.

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“Adelfopoiesis”, de Lautaro Pereira

Un rayo de sol
refractándose en un iris
perfume multicolor
olor a tierra mojada y un arcoíris.
Mientras pedaleo
un infinito sendero
el camino me da señales
de recordar la infancia
recostándome suave
en un montón de hojas otoñales.
Unión hermafrodita
belleza mística
en el roce de una mariquita.
Alma no crea hipótesis
cuando en verdad ama.
Aceptar la hermandad
entre hombres
es la más clara
metamorfosis humana.
La niña más dulce
de todo el jardín
el caramelo para ella
y con la envoltura
el origami de una flor para mí.
El poeta es el pétalo
que se va marchitando
dejando al mundo algo de si,
regresa en el canto y aleteo de un colibrí.

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Poema sin título, de Gerónimo Tartara
 

Huelo en mis muñecas la colonia
de acquarosa que compraste en el verano
y renuevo tu sonrisa de deleite”  
Diana Bellessi, Caminé en la primavera temprana

I

Una copa ofreciéndose vacía
Una fiesta que terminó
En cenizas

Lágrimas de golondrinas
Humedecieron las sabanas
Despidiéndonos

El cigarrillo con labial
Flotando en vino
Se pregunta
Si ya dio su último beso

La persiana semicerrada
Hojas de un árbol en primavera
Filtra el tiempo
Hasta casi detenerlo

En mi jardín de sábanas blancas
Germinaron tus semillas
Y el perfume de 100 no me olvides
Empezó a susurrarme tu nombre

II

El viento
Lejano
Acaricia tu piel

Me siento
Extraño
Mi cuerpo es de papel

El tintinear de llamadores de ángeles
Y todas las hojas del jardín
Juegan en nuestro silencio

Es que no necesitamos
Ni queremos
Decir nada

La brisa musical nos acaricia
Me sonreís
Como si me recordaras
Que todo vale la pena
Si podemos estar así
Aunque sea
El tiempo que tarda
Una hoja seca
En mecerse
En su sueño

Un manto
De azares
No quiero perderte

Te doy la mano
Sólo para estar presente
Sin tener que hablar
Cuando lo inmenso
Es un jardín
Donde caben 2 reposeras
Que miran la misma pared

El tiempo
Pasado
Nos conjuga mejor

Así sentados
Hasta que desperté
Y aunque me acaricie la sonrisa
Una lagrima lenta
Que se mece a tu almohada vacía
Voy a recordarte pensando
Que todo valió la pena

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“Primavera” de Jonatan Daniele

La infancia
se desata una y otra vez
en cada flor
que encuentra un sol
más cálido

El petricor de los últimos
suspiros del invierno
se hará uno con el suelo
de la niñez

Las hojas podridas
del otoño
no solo caerán
y se dejarán morir
éstas serán alimento
para jóvenes hojas

Pues cuando llegue
de nuevo la Primavera
y broten nuevas plantas
estaremos en la cima
de la juventud

¡Es momento de brillar como nunca!

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