Ana Longoni: “Punta Sal”

Ana Longoni: “Punta Sal” Diarios: narrativas desde el aislamiento

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Episodio 3: “Punta Sal”

Un recuerdo de infancia, un recuento de encuentros a medida que pasan los años y un modo de pensarse en compañía, una brújula para el porvenir. ¿Cuántos encuentros pueden darse a medida que el territorio va mutando?

1.

La primera vez que la vi ella tenía alrededor de veintidós años y yo, doce. Fui con mis hermanos a su taller de arte. Éramos sus únicos alumnos, al menos en ese turno, y merodeaba por allí un hombre extranjero, enamoradísimo de ella, que insistía en sacarnos fotos (recuerdo que yo estaba construyendo un caballo de alambre y arpillera, y me escondía del ojo de su cámara con tanta timidez como desafío).

Mirtha Monge era (es) la mujer más bella que conozco. El pelo abundante, negro y rizado, la boca entreabierta y la nariz delicada, la voz cantarina como agua, llevándome por pasadizos de historias alucinadas. Las manos delgadas y largas hundiéndose en barro, en hojas secas, en lana o en polvos minerales. O en todo a la vez, alquímica.

Fue para mis hermanos y para mí nuestro primer entrar-en-arte. Su taller ocupaba una habitación alquilada en una vieja casona húmeda y oscura de Miraflores, al lado de otra pequeña habitación atiborrada de libros y objetos en donde dormía. Por las tardes trabajaba en una pequeña librería de unos exiliados uruguayos, y yo solía ir a visitarla (a pasar el rato con ella, a escucharla y sobre todo a leer y leer).

Al poco tiempo la echaron de la casona y se mudó a mi casa, o más precisamente a la terraza de mi casa, al cuartito de servicio que algunos años después ocupé yo, en medio de esa azotea que daba al malecón Cisneros, al faro de la Marina y a la inmensidad verde esmeralda del océano Pacífico. El mejor lugar del mundo-que- conozco. Si alguna vez me ganara la lotería (ya sé, ya sé, para tener alguna chance debería jugar) iría corriendo a comprar esa casa, que aún sigue en pie, la única que queda de lo que fue el barrio de casas bajas al que llegamos en 1976 y donde hoy se alzan descomunales edificios lujosos y vidriados. Lo haría solo para evitar que la tiren abajo para construir otra torre, solo para volver a trepar a esa azotea y sentarme horas a mirar el mar mientras escucho desde muy atrás el rumor de las aventuras de Mirtha.

Mi abuela Zita (que era tan coqueta que nunca quiso que le dijéramos abuela sino únicamente Beba) nos visitó por aquella temporada durante un largo mes, y hostigaba a esa mujer por todo lo bruja indómita que efectivamente era: entrando hombres discretamente a la casa, practicando taichi al atardecer, meditando horas sin registrar nada a su alrededor, y sobre todo capturando hipnótica mi atención, un sortilegio que Zita no estaba dispuesta a ceder.
 
A veces Mirtha se ausentaba de casa durante días o semanas, en uno de sus viajes (aún nos debemos ella y yo llegar juntas hasta Punta Sal, el pueblo de pescadores donde nació y pasó sus primeros años, en la costa norte del Perú, casi rozando Ecuador) y nos dejaba a cargo de alimentar su aguilucho, que ella sabía sacar de la jaula y llevar en el brazo (toda una amazona) pero que a mí me asustaba, así que le alcanzaba sus trocitos de carne con un palito, entre chillidos suyos y míos.

Fue tras uno de esos viajes, bastante más largo de lo previsto, que volvió ensimismada. Me sentaba a su lado en silencio horas mirando el mar, hasta que empezó a contar. Había partido sola, apenas con una referencia vaga, un nombre, un kilómetro. Se había bajado allí del bus a mitad de la noche en la ruta Panamericana, en medio del desierto costeño, a cientos de kilómetros de Lima. Atravesó el arenal un tiempo que le pareció horas a ciegas hasta que los ladridos de los perros la orientaron. Llegó a la precaria casita en que vivía un viejo español, geólogo, acompañado por su hijo y su nuera, en medio de los enormes huesos fosilizados de un cementerio de ballenas. Los perros, flacos como galgos, la rodeaban feroces cuando el hijo del científico fue a ver por qué tanto escándalo y la rescató. Esa noche no pudo pegar un ojo, el corazón latiendo fuerte. Escuchaba desde su improvisado rincón en el piso de la sala, (amplificados, en medio del silencio de la noche en el desierto) los ronquidos del viejo, los escarceos amorosos de la pareja, los suspiros de los perros, ya acomodados y tranquilos del otro lado de la puerta.

El geólogo afirmaba, a quien quisiera atenderlo, que allí mismo, en ese sitio exacto, había estado el polo sur y que el eje de la Tierra se había desplazado. En medio de ese paisaje de osamentas petrificadas entre médanos amarillos en lento movimiento, montó su centro de investigación. Su lugar en el mundo.

Cuando un par de años más tarde Mirtha se fue a vivir a Europa, dejó para mí el cuaderno azul de despedida del colegio (Promoción 1973 del Colegio Sophianum), una lata con polvo de un óxido marrón que al agregarle agua pintaba color sangre, y dos cajas de cartón repletas de libros. Para esa lectora voraz que ya había memorizado de tanto leer y releer los siete libros de su acotada biblioteca de exilio, ese fue el más descomunal tesoro. Mi ritual era meter la mano sin mirar, sacar un libro al azar antes de ir a la cama y devorarlo. Desde el primer tomo de El segundo sexo y La mujer rota de Simone de Beauvoir hasta, ¡uf! las novelas sionistas de León Uris. Leer sus libros era seguir escuchándola.
 
Cuando terminé el colegio, fue en las páginas libres del cuaderno de Mirtha que escribieron mis compañeras y la Miss Charo y la Miss Anna María, mis profesoras fundantes, sus despedidas (Promoción Sophianum 1983). Nos iríamos del Perú un par de meses después, yo desgarrada.  Pintar con el polvo sanguíneo, durante años, hasta que se vació la lata (ya en Buenos Aires), fue otro modo de estar con ella.


2.

Estoy yendo en un tren y otro tren desde París hacia Munich, a visitar a Mirtha luego de años sin verla. Me esperará en la estación y me ha advertido que el pelo apenas empieza a crecerle y está muy delgada. Ha pasado una leucemia feroz, que se desató en medio de un viaje a la India, en un lugar montañoso e inaccesible, y que casi se la lleva. Más de un año internada, con quimioterapia y otros duros tratamientos. Pero viva.

Cuando sucedió la explosión del reactor nuclear en Chernobil, Mirtha ya vivía en el bosque encantado de Mühltal con el padre de sus hij+s, y los dos pequeñ+s.  Cuenta que en los días siguientes a la explosión cayó una lluvia rara, finita y persistente, sobre la región y que el viento venía desde allá, desde el este. Ella y muchos otr+s vecin+s de la zona han padecido desde entonces distintas formas de cáncer.

La encuentro al final del andén con su hijo menor, tan bella como siempre, el pelito negro tupido y corto, la sonrisa enorme, el rostro más anguloso, es cierto.

Me dice que sus vecinos se incomodan al verla y no saben cómo tratarla, como si se toparan con un fantasma. Me lleva a comprar zapatos (¡dos pares!). Y luego nos sumergimos en su bosque encantado, donde vive hace tantos años, en una vieja casa campesina al borde del río.

Dormí y dormí. No registro haber dormido tan bien en ninguna otra parte. Con sus emplastes para curar mi hígado y sus mimos. Recorrí su huerta donde se mezclan verduras de estación, flores silvestres, hierbas medicinales y aromáticas, yuyos; su invernadero lleno de tomates, su tatami para hacer yoga al lado de la ventana, la pila de leña y el perchero para los zapatos embarrados y los abrigos para soportar el crudo invierno. Me llevó finalmente a su taller al que no entra (casi) nadie más que ella. Fue desplegando sus monigotes de lana sin cardar, sus manchas esotéricas, sus trozos de cerámicas antiguas venidos tanto del lago Titicaca como de una isla griega, sus acumulaciones de caracoles, semillas, cucharas de madera.

Vuelvo a visitarla a Mühltal un par de años después, y enseguida mi cuerpo se acomoda a la frecuencia de ese lugar, a esa pulsión de escucha. Me siento tranquilamente feliz allí. Mirtha me enseña a defenderme, invocando una pequeña guarida de energía alrededor, el rito de cepillar mi piel cada mañana, el trenzar ramas y flores para hacer una guirnalda duradera. Mirtha me deja callar, que es lo que mejor me sale. Callar y escuchar. Y mirarla desde el asombro de esa niña que fui y que solo ella ve todavía.

Luego de la enfermedad, y sin lograr volver a entrar a su taller y reconectar con su trabajo con niñ+s, con refugiad+s, camina por las inmediaciones de su casa y encuentra un sitio perdido en medio del bosque donde abunda la tierra roja. Prepara arcilla. La amasa. Moldea infinidad de bolas de distintos tamaños, y llena la casa de esas esferas frágiles, de barro sin cocer. Luego decide que algunas tengan una hendidura y se conviertan en cuentas de un hipotético colgante que nunca enlaza. Platos, fuentes, repisas, el piso, toda la casa llena de bolas, bolitas y bolones de arcilla roja.

Me pide que elija una. La tengo conmigo desde entonces. Un amuleto. La tomo seguido dentro de mi puño, la hago girar, la respiro. La escucho latir.


3.

Hace unos meses, poco antes de desatarse la pandemia, encontré en el mercado del Rastro, en un puesto al que suelo ir porque tiene láminas antiguas de pájaros y plantas, una pequeña reproducción impresa en papel hilo de un viejo mapa colonial de la zona de Piura “situada en los Valles del Obispado de Truxillo del Perú”, en la que Punta Sal no existe, aunque sí Máncora, inciertamente señalada dentro del “Despoblado de Tumbes”.

Tomé el hallazgo de ese mapa como un buen augurio: la próxima vez Mirtha y yo nos encontraremos en Punta Sal.

Bajaremos a la playa a saltar olas verde-plancton y a esperar que regresen los pescadores y espiar qué traen entre las redes. Visitaremos a la anciana que conserva de su vieja casa de adobe solo la pesada puerta de madera tallada por su abuelo, así, suelta, en la moderna casa a la que se la llevó a vivir su hijo. Y a la mujer que recompone con sus bordados colorinches, las centenarias chumpi que trajo de su tierra andina, fajas hechas en telar que se llevan a la cintura para contar año tras año penurias y felicidades de la historia de cada familia.

El mapa de un territorio deformado y aún sin nombre, una chumpi desgastada, agujereada y remendada: esas son nuestras brújulas para lo que queda del viaje, mi querida.

Acerca de Ana Longoni

Ana Longoni es escritora, investigadora del CONICET y profesora de grado y posgrado de la Universidad de Buenos Aires, en el Programa de Estudios Independientes del MACBA (Barcelona) y en otras universidades. Trabaja sobre los cruces entre arte y política en la Argentina y América Latina desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Autora de numerosas publicaciones, su último libro es Vanguardia y revolución (Buenos Aires, Ariel, 2014). Impulsa desde su fundación en 2007 la Red Conceptualismos del Sur. Fue curadora de las exposiciones "Roberto Jacoby. El deseo nace del derrumbe" (2011), "Perder la forma humana" (2012), "Con la provocación de Juan Carlos Uviedo" (2016), "Oscar Masotta, la teoría como acción" (2017). Desde 2018 se desempeña como directora de Actividades Públicas del Museo Reina Sofía (Madrid).

Acerca de Diarios

Diarios es un registro colectivo, literario y documental producido en situación de pandemia. Escritores y escritoras convocados por el Centro Cultural Kirchner producen durante cuatro semanas textos en torno a un asunto, un personaje, una preocupación real o alucinada. En esta cuarta entrega, durante el mes de septiembre, escriben de viernes a martes Ana Longoni, Lorena Vega, Margarita Molfino, Silvia Gurfein y Andrea Garrote.

Fotografía de portada: Dagurke

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