Episodio 4: “Queloides”, por Elian Chali

Cuarta y última entrega de su Diario “¿Cómo funcionan todas esas cosas que me mantienen con vida?”

Diarios, Pensamiento

Episodio 4: “Queloides”, por Elian Chali

Cuarta y última entrega de su Diario “¿Cómo funcionan todas esas cosas que me mantienen con vida?”

Se denomina con esa palabra a aquello que no cura bien, la marca que sigue presente, lo que no se olvida. En sentido estricto, los queloides son lesiones dérmicas causadas por el crecimiento exagerado de una cicatriz mal tratada. ¿Se puede aplicar a nuestra experiencia de pandemia? Este último texto habla de un deseo, un sueño para ese futuro post vacuna.

 

No me interesa el futuro. Existe un hoy tan insoportable que no me deja. No me interesa como problema ontológico. Tampoco como horizonte. Incluso hasta el antro de la utopía cerró hace rato. Admito que las políticas prefigurativas suenan tentadoras para no desistir de lo colectivo. De hecho, el pequeño deseo que aún resiste para no claudicar es la imaginación de otro mundo posible, materializado en cosas chiquitas, efímeras como una caricia Aquellas que intervienen el presente devastado de nuestras subjetividades inoculadas. El futuro es un lugar desolador.

Mi resignación con el futuro tiene que ver con la impregnación de la muerte en mi pobre psiquis infantil fiscalizada por el sistema médico. Nunca pararon las amenazas: a tal edad iba a perder el andar, la expectativa de vida era tal, siempre un segmento.

Algo que empieza, termina. Claro que sí, la vida. Pero a pesar de la horrible culturización tóxica que estrangula nuestra pobre aorta inventiva, creo que todos deberíamos tener la posibilidad de confeccionar nuestra propia noción sobre la muerte. No hablo de derechos. No hablo de justicia. Mucho menos de creencias. Me refiero a escribir nuestra ficción somática respecto al final. Porque si existe una hiperinflación de la vida, claramente está sujeta al valor de mercado de la muerte. Incluso, tampoco creo que debería estar atravesada por asuntos administrativos, me parece un hecho insignificante qué es lo que se debe hacer con lo material y lo simbólico de las personas que mueren. No hablo de la muerte como otro lugar, como pantallas de un videogame epiléptico. A la posteridad como signo triunfal la desecho dentro de la misma bolsa policial que las expectativas y la trascendencia. Demasiados eslóganes para metabolizar lo que está ahí, tirado en los rincones de los días. Demasiado espíritu dedicado a lo que se cree que dejamos en este plano. Esa idea espasmosa de las religiones sobre una supuesta misión-legado.

De lo que hablo es de recuperar nuestra fuerza de elaboración del sentido de la vida en función a la muerte. Intuir qué camino transitar aún sin tener un objetivo claro. Microrreivindicaciones del menor movimiento posible. Desistir del gran monumento de la revolución. Un gesto molecular.

Con el brote del virus comenzaron a aparecer también las promesas de vacunas. Y justo por detrás, como cola de novia arrastrando en su pálida organza la mugre hacia el altar, las expectativas respecto a un posible fin de la pandemia. De algún modo eso configuró una suerte de horizonte para un mañana sujeto a la voluntad farmacéutica. El futuro es un mecanismo externo de regulación química, y nosotros no integramos ese laboratorio.

Como estrategia para transitar la insoportable cotidianidad del ser en cuarentena, muchas personas se largaron a escribir rapsódicas listas de objetivos a realizar una vez que acabe todo esto. Conocer tal lugar, reencontrarse con alguna persona en particular, hacer algún cambio radical respecto a la alimentación. Cositas no tan pretenciosas, pero que sostienen la pesadumbre avinagrada de los extensos tiempos excepcionales que estamos viviendo. Muy parecido a lo que se fabula durante todo el año respecto a esas escuetas tardes en verano. 351 mañanas repitiendo como un mantra oracular la palabra vacaciones.

Hoy, a 7 meses y 24 días de aquel 19 de marzo, escribí por primera vez en mi lista personal:

No suelo escribir en papel. Tuve una insólita necesidad manual: elaborar un statement en la presión del lápiz, como queriendo tatuar en mi cuaderno vacío algo que no quisiera olvidar. Chocarme con la grafología singular de mi afán, verme abrasivamente reflejado en esa caligrafía teratológica. Una declaración de principios más cerca de un dibujo que de una carta política. Quería hacer de esa escritura un hecho carnal, traduciendo el deseo en una materialidad urgente.

Escribirlo de puño y letra fue un embate a la virtualidad. Por un instante, creí desalienarme y ese soplo quedó suspendido en el aire, de modo tal que el tiempo desaceleró su devoración.

En esa ensoñación fortuita, un día me llega una invitación a una fiesta para celebrar. Las aclaraciones de esa invitación son más bien escuetas y están enunciadas dentro de los códigos del cuidado mutuo: no se toleran actitudes homolesbotransodiantes; no está permitido hacer fotos, vídeos o cualquier registro que exponga a otrx; no se puede invitar a más personas.

Me entusiasma. Adhiero a las consignas aunque me parezcan un poco trilladas. Me atraviesa el cuerpo una sutil sensación dramática que altera mi sistema respiratorio y sacude, algunas horas, el transitar. Un miedo vigorizante. Toda mi geografía personal estaba produciendo sentido desde lo poco que había disponible. La piel disminuida de su potencia receptiva se empezaba a cuartear como elástico avejentado. No es un simple asunto genital ni mucho menos. De hecho, ni siquiera creo que tenga que ver con la economía libidinal.

La emoción estaba marcada por la posibilidad de reprogramar la eroticidad negada. De reterritorializar las zonas erógenas digitalizadas por el encierro. Alterar la regularización corriente de nuestros cuerpos, tirar bien fuerte del mantel de la moral. Correr el riesgo de afectarse, de tomar la responsabilidad de saber cómo cuidarnos mutuamente aún sin certezas de ese futuro inmunizado. Apagar por un rato el enlazamiento vigilado por el intelecto. Arrojarnos al trance de amucharnos.

Despertar ansioso el día del evento, establecer una rutina que me prepare para lo que viene, pensar cómo vestirme, qué llevar. Aunque todos sean conocidos, deducir quién puede ir y quién no. Contar las horas. Imaginar cómo se reorganizará el tacto y los roces. Decretar ciertos límites que considero fundamentales para el autocuidado. Dosificar la droga para ponerla a disposición amablemente.

Esa noche sin luna, el viento traía un clima ajeno. Imaginé la llegada a esa casa con dos o tres personas más. Mientras aviso que estamos en la puerta, un temblor en las rodillas me sumerge en una meta-experiencia. Veo llegar a la fiesta a mis fantasmas con sus cuerpos prolijamente proporcionales. Encarnan rostros familiares. El índice de belleza es el aceptado conforme a la economía de la deseabilidad. Me siento inmovil, tieso, apelmazado. Mis especulaciones sobre el amor libre resuenan demasiado lejos, las percibo como un imperativo de la época. ¿Y sí la responsabilidad afectiva es una nueva forma de policiamiento? Se encienden las alarmas en las que mi corporalidad maltrecha que han oficiado de sensor de movimiento a lo largo de mi vida. Dudo si quedarme o irme.

El sonido de las llaves penetrando la cerradura me desechó nuevamente a la realidad del barrio Alberdi. Decido afrontar con ánimo la ventolera de desprecio. No era nada nuevo. Estoy dispuesto a bailar solo. A celebrar desde mi danza mutante la okupación de mis movimientos enmohecidos. Me niego a que una fiesta sea un nuevo teatro de la crueldad que enclaustre el destino de mi pulso vital. Si mi cuerpo no es merecedor de afecto, reivindicaré la intensidad de mis deseos para romper el gualicho del encierro desde lo más pequeño.

Cuando la puerta se abre, oímos música de lejos. Una masa de oscuridad anticipa la atmósfera que se avecina. En la piel siento el mismo calor de una pileta climatizada sin cloro. Un perfume seco y perforante indica que el alcohol en gel sigue destilando su omnipresencia. Al fondo se distinguen algunas luces. Camino unos metros del pasillo apagado. Mis pies sienten el cambio de temperatura por haberme descalzado.

Llego al final. Están mis amigos sentados en el piso. Nos reímos y abrazamos. Desiste la tensión paranoica de mi musculatura corrugada. Me vuelve el calor. Se disipa la sospecha.

Gira un porrito como flujo de confianza. Hablamos de la vida como si nada pasara. Se hace de día y afuera los lapachos florecidos respiran cenizas. Arde todo.

Una declaración erótica antes de que se acabe el mundo.
Un cariñito piquetero que queme el caucho de nuestros días.
Un cuerpo que no sea solo anticuerpo.
Una tecnología precaria llamada placer.
Una canción que le guste a todos.
Un gran sentimiento.
Un gerundio.
Un amor que derrita el deber ser de la época.
Una noche helada que invita a acoplarnos.
Una nueva gramática afectiva.
Un obsequio inesperado.
Un software emocional llamado amistad.
Un beso cauterizador.
Una red tejida por la obstinación y la fantasía.
Un baile incongruente.
Un devenir juntos que deforme nuestros límites regulares.
Un algoritmo llamado confianza política.
Un fluido llamado rabia.

Un mundo nuevo en nuestros corazones”.

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