Episodio 4: “De pantalla en pantalla”, por Verónica Gago

Cuarta y última entrega de su Diario de pandemia

Diarios, Pensamiento

Episodio 4: “De pantalla en pantalla”, por Verónica Gago

Cuarta y última entrega de su Diario de pandemia

De la fantasía de la desconexión al terror de quedar desconectadxs.

Cada vez más personas me confiesan su fantasía de “irse” de las redes. Es un termómetro de la saturación visual y anímica de la pandemia que registro cada vez más cerca. Hartazgo del scrolleo, del intento mecánico y compulsivo de conexión y fuga al mismo tiempo, que con el encierro ha tomado el control de muchas horas de nuestro tiempo. ¿Pero cómo irnos justo cuando más cosas nos llegan por ahí? Cuando veo ese reporte semanal del celular que indica cuántas horas pasé en la pantalla me aterra. Diario de pandemia: fijada y empantallada.

Pero incluso quienes por ejemplo logran irse de la ciudad (que sería a veces correlato de una fantasía más densa de irse de las redes) y buscar refugio en paisajes de otro tipo, no quedan exiliadxs de los tentáculos virtuales. Suben otras temáticas de contenidos, pero no dejan de señalizar presencia. La cuestión no es tanto irse en un sentido literal, sino abstenerse de comunicar(lo). Nos podríamos ir sin movernos a ningún lado, pero habría que hacer el gesto radical de no decir nada al respecto. Pero si nadie se entera, ¿será que igual nos vamos? Pienso eso cuando veo que varias personas anuncian que dejan las redes por un tiempo, que se despiden (siempre temporalmente), que se van. ¿Para qué se avisa?

¿Para no dar un portazo? ¿Para volver a leer si esa declamación ha conseguido likes? ¿Ante quién se hace el anuncio? ¿Se espía, a pesar de haberse ido, los efectos de esa última publicación? Las redes parecen gestionar más el miedo a que nuestra ausencia pase desapercibida (hay un reemplazo de otros perfiles y noticias al instante) que a perdernos cosas de lo que ahí acontece, se informa, se cuenta.

Me pregunto si es posible y saludable sustraerse a ese flujo de imágenes, de noticias, que entran como intravenosa al cerebro cada día. La conexión es adictiva porque, aun más en el encierro pandémico, es la oración profana de pertenencia hacia algún tipo de afuera. Simulacro, como todo, pero real. Algunos le rezan a Dios, otrxs hacemos nuestra oración colectiva hacia el mundo leyendo diarios decía un viejo filósofo alemán. Pero para muchxs, también me lo confiesan amigues muy diversos en usos y costumbres en la infoesfera, no leen ya casi diarios sino las noticias que circulan en las redes.

Para muchxs de nosotres, comunicar es también parte de los trabajos que hacemos y cada vez deviene parte más importante: no sólo, por ejemplo, trabajamos de escribir un artículo, investigar o hacer una actividad, sino que es nuestra responsabilidad comunicarla, compartirla y difundirla. ¿Desde cuándo? Desde que la sustancia llamada comunicación comanda la producción, dicen quienes estudian el tema hace rato. Si no circula, no se realiza el valor diría algún clásico.

Pero más acá de la actualización del modo de producir, de las relaciones de cooperación en las que nos inscribimos y en las que generamos valor aportando datos, es difícil dejar de lado el deseo de ser partícipe de alguna manera de los estados de ánimo que nos rodean, de lo que se exhibe y se conversa, del hacer del mundo, al fin y al cabo, aun cuando toma la forma etérea de comunicación.

Tal vez existan un par de trucos todavía. Tretas de sustracción. Cuando no entendemos de qué se habla y nos aburrimos (a mí en general me pasa con twitter que no lo sé usar al ritmo que requiere) o cuando estamos con gente que nos convoca mucho la atención. Son dos momentos que, por improductivos, llevan a otra parte. La vía del aburrimiento o la vía de una demanda más conmovedora. Pero lo mismo pasa cuando leemos en papel porque es una ceremonia visual que nos conecta con usos ancestrales y demorados del tiempo.

Una amiga me alerta que aunque miremos poco y rápido, con solo el pasar inocente del dedo bajando pantalla, como se hace una ojeada de revista en un consultorio a la espera de pasar el tiempo, las imágenes quedan titilando en nuestro cerebro, capturando energía, más allá de que hayan sido pocos segundos. Como si se nos quedaran pegadas, no sólo en las retinas modulando el decorado imaginario de la jornada e inclinando nuestros hábitos, sino sobre todo en el estado anímico. Sería muy difícil cada vez desentrañar qué conjunto de vistas, colores, rostros, nombres y acontecimientos conforman ese engrudo que nos alegra o nos entristece, que nos resulta angustioso o simplemente nos afirma en lo que ya creemos que somos. Igual lo importante es que nos dé ganas de más. Que al rato volvamos como si fuera por primera vez a actualizar el catálogo de novedades. Técnicamente se llama economía de la atención: la nueva cantera de la rentabilidad, de donde se cosechan ganancias mediadas por plataformas que se suponen gratuitas. Tiene mucho, creo, de explotar nuestra genuina curiosidad por el mundo y por lxs otrxs (lo cual por supuesto ya está tabulado maquínicamente y se expresa en qué stories aparecen más rápido y muchas otras microseñales para calcular recurrencias y cercanías, lo cual no deja de ser una señal de que algo también nos presta atención también a nosotres).

Lo charlo una y otra vez con amigues porque el tema me atormenta. Mi hijo, que aun considero pequeño, ya usa redes y me parecen insondables sus efectos aunque, sobre todo por ahora, la mayor atracción sean youtubers que hacen una suerte de monólogo sin fin.

Pero sigo haciendo encuesta casera con lxs de mi edad y a muchos les pasa lo mismo: para descansar del trabajo en pantalla (hagamos lo que hagamos ahí), se salta a mirar redes (es decir, a otra pantalla) como si fuese verdaderamente una actividad otra, diferente.

La indistinción entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio de la que tan bien se beneficia internet, encuentra en la planicie de la pantalla su deslizamiento más sencillo, su conexión más orgánica, su ruta fácil. No sabemos por qué nos descansaría si la actividad sustancialmente es la misma (mirar pantalla). Lo que sí impide o por ahora parece descartado, pienso, es un movimiento luddista contra las máquinas: si son las mismas con las que jugamos, nos relacionamos y creamos: ¿por qué querríamos destruirlas? Encima, a diferencia de las máquinas de fábrica que simbolizaban la patronal, las que usamos en general no tienen otros propietarixs que nosotrxs mismos, haciendo aún más difícil que concentren nuestro odio (¡además son fruto de nuestro esfuerzo, pagadas y mantenidas por nosotres!).

A mí las redes no me agobian, pero sí de lo que me siento prisionera es del correo electrónico. Más bien de la bandeja de entrada en la cual me caigo como en un abismo en el que siempre hay pendientes, olvidos, retrasos (ahora más señalados y recordados por esa función que avisa que ya pasaron tantos días y ese mail no fue respondido). Una suerte de correa hace que siempre algo me esté aguardando ahí, inconcluso, incumplido, interminable. Descubrí la función de “tareas pendientes” dentro del gmail, lo cual me permite por lo menos discriminar algunas, hacer una lista corta y sobre todo marcarlas como realizadas o tirarlas al tacho virtual.

En clave reivindicación laboral, el derecho a la desconexión plantea ese terreno como de batalla: una vez más, se trata de las economías del tiempo. Pero aun desconectadxs de la jornada formal de trabajo quienes la tienen, las redes siguen administrando usos de las horas tabulados para ocio, consumo, citas, bajo el ininterrumpido trabajo silencioso que producen nuestros datos. Más allá de los contornos del jefe visible o identificable, una suerte de patrón oculto o, mejor dicho, invisibilizado parece estar excitando nuestro deseo de conectividad para las más variadas actividades y transacciones, que no dejan de emitir señales e información para engordar al algoritmo. Sabemos que las hipótesis conspirativas ya se quedan cortas. Si hablamos de algo, al rato nos aparece como oferta casual; si mencionamos la añoranza de algún lugar, más tarde se nos ofrece como destino turístico; ni decir si hacemos una búsqueda ramplona de algún objeto, a partir de la cual sobrevendrá una ráfaga de productos similares para ampliar nuestro abanico de opciones.

No puedo dormir y me arden los ojos. Retorno a la pantalla. Hay una película muy buena que encuentro de casualidad en Netflix para poner fin a un día de puro zoom. Es una distopía en una Polonia ochentosa que, como intentan las imaginaciones de la matrix, representa de modo tosco eso que es cada vez más abstracto: el control. Acá muestran un enorme galpón que se parece a un call center donde hay cientos de jóvenes escuchando las conversaciones de celular de toda la población. Tienen que tener una atención flotante pero lo único que deben denunciar es si alguien dice la palabra revolución. La imagen parece ingenua. ¿Quién diría eso hablando por teléfono?

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