Episodio 3: “Hipoacusia”, por Elian Chali

Tercera entrega de su Diario “¿Cómo funcionan todas esas cosas que me mantienen con vida?”

Diarios, Pensamiento

Episodio 3: “Hipoacusia”, por Elian Chali

Tercera entrega de su Diario “¿Cómo funcionan todas esas cosas que me mantienen con vida?”

Hipoacusia es lo que no se escucha, lo que se ignora, lo postergado. La hipoacusia como  diagnóstico es la pérdida total o parcial de la capacidad auditiva. En este texto, el artista cordobés, Elian Chali relata su experiencia con la aparición de síntomas. El momento del hisopado y lo que siguió después. El sistema de salud siempre ha estado allí, con su atención desatenta, intermitente, burocrática.

 

Algunos días posteriores al inicio del confinamiento estricto, el dedito señalador de cutícula prolija, comenzaba a perder la calma. Necesitaba castigar a algún sujeto o grupo por la privación de su libertinaje porque dimensionar la gravedad de la pandemia no era una posibilidad. La clase social cordobesa a la que se le adjudicaba la importación del virus -hasta entonces extranjero- supo activar su metodología socarrona de marginación para transferir culpa a las trabajadoras sexuales, a los vendedores ambulantes, a esta variopinta fauna humana que habitamos el centro de la ciudad. Siempre desechando de arriba para abajo.

Una de las frases estereotipadas que resonaron sobre este agente infeccioso era que no hacía distinción de clase. Esto adoptó un carácter democratizante para la paranoia colectiva, sosegó la estratificación del problema por un rato. Sin embargo, la embestida no tardó en manifestarse: el virus como fenómeno biológico aislado no tiene criterio, pero el contexto que lo replica y cultiva, sí. Otra vez nos enfrentábamos a ese sordo intento del humano por la dominación. La fragmentación del tejido vivo en el que nos acompasamos con los hongos, las plantas, las piedras, el cosmos, la historia, las bacterias y otros animales, como técnicas actualizadas de organización de la vida, solo puede advertirnos de la obsesión supremacista que tenemos como especie. Claro está que el germen no tiene la capacidad de discernir en qué individuo se instalará, pero las condiciones para que eso se dé, y por lo tanto, cómo se enfrentará, no son siempre iguales.Toda afectación es política.

Dos meses pasaron de aquel cordón sanitario en el Mercado Norte. La “nueva normalidad” estaba pasando de moda, y como efecto residual instauró un estado de caos supervisado por el aparato clínico geopolítico que teñían el cotidiano global de incertidumbre y angustia. Luego de no sé cuántos picos de contagio, la curva iba en alza con toda tranquilidad, acorralando sin pausa. MIentras disminuía la capacidad de asombro respecto a un conocido contaminado, aumentaba la amenaza para ciertas biografías. 

Escoltados por la jauría policial, las cámaras de los medios amarillentos registraban con saña el tumulto, queriendo justificar la crueldad de su imagen rancia con el amontonamiento urgente de la pobreza, en la que la distancia física es imposible. Se dijo que las putas eran vectores de contagio, que los puesteros llevaban y traían el bicho por todos lados. No faltaron comentarios televisados sobre las condiciones higiénicas y claro, el siempre latente desprecio a lo popular en el pecho derechoso, orgulloso de humillar.

Con los protocolos desbordados de hartazgo y algún que otro resbalón en el autocuidado, me tocó a mí. Empecé a sentirme mal. Intenté reconstruir con quién me había visto, qué había hecho, dónde me había metido. En qué momento me habré expuesto, como si repasar el trayecto de mis últimos días hubiera podido localizar el dónde y el cuándo. 

Por un lado me resonaba una moral civil punitiva, y por otro, erupcionaba el miedo de mi volcán intimo. No quería decir nada a mis cercanos para no alarmarlos, pero el susto comenzaba a adiestrarme.

Sucede que cuando los niñitos torcidos amanecemos en el mundo somos anticipados de la cristalería donde estaremos encerrados. Esa cajita edificada por el sistema de salud, la familia abatida por la diferencia y un sustrato social machacado por la biopolítica, se transforma en la geografía que impregna la vulnerabilidad en las entrañas. Signado por las demandas productivas de la época, lo que aclimata nuestras vidas es una brutal sensación de cuenta regresiva. Como si la flecha del tiempo de la historia personal se dirigiera en el itinerario inverso. No avanzamos hacia la muerte como un horizonte, sino que la vemos llegar a través de nuestro envoltorio de vidrio. En el hospital o en el hogar, la salud y sus afectos como argumento diario son parte del paisaje burocrático que cancela la posibilidad del devenir indómito. 

Tan solo imaginarme cohabitando este cuerpo laxo con el virus del momento, me trasladó a la fuerza a mi biblioteca emocional disponible. Recordé algunos hechos ineludibles de las veces en las que soy disminuido a un diagnóstico. Desde mi infancia he recorrido los hospitales como un laberinto quirúrgico del terror: el perfume inodoro de las salas de espera, la tensión expectante en la mano acalambrada de mi madre llevándome a toda prisa, los infantes llorando sin consuelo a máximo volumen, la luz blanca esteril aplastando nuestra superficie capilar, el frescor de las salas de radiología. Se ingresa con esperanza por esos largos pasillos de los que se sale desolado. La representación contextual de la enfermedad tiene características escenográficas muy particulares. 

Sabía que no podía demorarme en averiguar. Si efectivamente se había entrometido en mi persona, podía significar un riesgo notable para mi caja torácica maltrecha. Pero enfrentar un hospital suponía explotar mi economía psicológica a tal nivel que, de solo pensarlo, me abrumaba. Es que en el mercado bursátil de mi subjetividad, las dolencias físicas, las emociones, la rabia y los deseos tironean constantemente para lograr un equilibrio en esta bolsa de vitalidad endeble. 

De a poco comenzaba a entablar una relación silenciosa con esa otredad viral. Aun sin dar aviso a los míos, comencé a atender los síntomas con precisión: un dolor punzante en el pecho obstruía mi respiración. Tenía una especie de mareo extraño y algo de fiebre. El olfato había disminuido, a mi modo de ver, producto de la sugestión. Lo que cambió mi parecer fue la noche cuando comenzó este drama personal de características terráqueas, en la que algo perturbó mi sueño. No podía abandonar esa fijación que desarregla mi consciencia desde hace 32 años: despedirme. Me pasa en los aviones, me pasa con la espera de resultados médicos, me pasa cada vez que un nuevo malestar psicosomático deambula por mis adentros. Me pasa en algunos encuentros familiares, pero acá solo por un soplo de duración. Una fracción. Una grieta ínfima de tiempo. Una invocación extraña.

Dentro de estas despedidas, esbozo unas líneas con mi máquina de escribir cognitiva intentando sostener algún resto de poesía. Especulo sobre el destino de mis objetos el día que desmantelen mi casa. Sufro de antemano por algunos de los que llorarán mi partida. Intento imaginar qué potencia nueva desplegará mi obra cuando yo no esté. La muerte me parece sumamente inquietante y me atrae. Será que de chico llevo tatuado la entropía de mi integridad advertida por los médicos. Será que la salud es EL objeto de estudio para nosotros, los insalubres.

La peor de esas cartas la escribí el año pasado antes de mi último ingreso al quirófano. Se sentía espantosamente real. En la sala de anestesiología junto a un montón de cuerpos más, organizados taxonómicamente por orden de ingreso, me encontraba bajo el candor de un foquito opalino esperando la jeringa epidural que me suspenda. En el pico máximo de mi bruxismo, se acercó una enfermera alertada por mi temblor. Me preguntó si quería una manta por el clima invernal del habitáculo. No era frío, era temor. Lamentaba no haber escrito esa carta con lápiz y papel. Tuve la sensación de que luego de tantos ensayos, esta era la última. Intentaba inútilmente disminuir la trepidación violenta de mis extremidades. El sudor gélido recorría toda mi epidermis. Como estrategia ingenua de aislamiento, desconecte el audífono, ese dispositivo que embate mi hipoacusia. Es que los sonidos maquínicos de los hospitales en combinación con los suspiros de sufrimiento que circulan como un vapor espeso matón, conforman una melodía melancólica que suena a piano de iglesia de pueblo del interior del interior. 

Aún así, no podía compilar ni un recuerdo. Esa carta en particular estaba desmembrada por el pavor de abandonar la vida. Pensaba en la persona de la que me había enamorado tan solo dos meses atrás. Pensaba en que faltaba tan poco para junio. Pensaba en la entrega ciega y desinteresada de esa persona que me cuidó siempre. Esta carta sucedía en una desproporcionada hoja en blanco neuronal con cuatro iniciales en mayúscula: C, R, F, J. 

Pensaba en todo lo que quería inventar, me rehusaba a que ese fuera el final. J estaba lejos para irme sin despedirnos. En realidad no sé si me quiero despedir de J. No podría. Luego de sobrevivir a la incorporación de tres metales pesados en mi caminar, descubrí que esta epístola mental no era más que una heurística de resistencia. 

Una vez más debía activar el software visceral de aguante. Enfrentar de nuevo la patologizante mirada hospitalaria. Ahora con una diferencia significativa: mi afección era la de todos, por primera vez en mi vida. Ese jueves amanecí con la almohada llena de caspa nerviosa y fatigado por la incógnita llegada del huésped estelar. Partí desganado y mojado de transpiración a testearme. Las conjeturas por la saturación del sistema sanitario, flotaban en el aire como chisme de siesta. En el camino, debatimos con mi hermano si iba a tener que pagar el hisopado, que no tengo obra social, que el ministerio de salud reparte solo 20 por dia para cada dispensario. Por las dudas, llevo el CUD*, mi segundo domicilio biométrico otorgado por el Estado. Es una contradicción insoportable ser discapacitado legal y ratificado por los organismos correspondientes, y no poder acceder a ninguna obra social. Ese plástico con su respectivo código alfanumérico que identifica parcialmente mi sujeto político, sirve para un montón de cosas menos para la más importante. A veces, te puede ayudar ahorrar algunas largas filas. Vamos, el CUD es una flecha india en llamas que abre los mares, es verdad que para eso es práctico. Porque todavía hay gente que obstruye las rampas, no cede su lugar, ocupa el estacionamiento reservado. Pero cuando hay un algo certificado por la justicia, brota la amabilidad como cloaca céntrica rebalsada. Esta gente le tiene más miedo a una multa que a su conciencia.

Logré ingresar sosteniendo mi pulso mortecino. Atajé las miradas de la fila que rebotaban entre bronca, lastima y escarnio. Mi turno. Mostré mi DNI y mi CUD. 

No, no tengo obra social. Sí, sí tengo síntomas. Ok, espero acá. Llama la jefa del turno. Me acerco a la recepción. Ok, ¿cuánto sale? Para acceder a un test del COE debía pasar por una consulta de la clínica que cuesta $2.500 como justificación del síntoma. Ese recorrido agresivo que hace la cadena necropolítica de la burocracia. 

Me chequean.

Me hisopan.

Me devuelven a casa.

Me acomodo en mi acordonamiento doméstico para esperar el resultado. 

Para apaciguar la desabrida angustia que le provoca a mi cuerpo incapturable el imperativo de la hegemonía. 

Para esperar a ese bicharraco del que todos hablamos y ver qué me ofrece.

No quiero ser normal, quiero obra social.

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