Episodio 2: “Libido”, por Agostina Mileo

Segunda entrega de su Diario "Duelo en tiempo de duelo. El escepticismo también tiene corazón"

Diarios, Pensamiento

Episodio 2: “Libido”, por Agostina Mileo

Segunda entrega de su Diario "Duelo en tiempo de duelo. El escepticismo también tiene corazón"

Episodio 2: "Libido" por Agostina Mileo

¿Dónde ha quedado el deseo? ¿Quién lo tiene? ¿Será que volveremos a reconocer las señales que lo distinguen de la necesidad y del deber? En la historia de los cuerpos, late una respuesta.  

 

Al principio del aislamiento, mi mejor amigo me mandó un texto que decía algo que me encantó. Que la pandemia nos había demostrado que tenemos un cuerpo muy antiguo. Que nos pasamos todos estos años hablando de que somos cyborgs, del cuerpo farmacobiopornográfico y no sé cuánta cosa mas y al final vino un virus y nos tuvimos que quedar encerrados como en todas las pandemias de nuestra historia.

 

Mi papá vivía su cuerpo como las tecnologías superadoras de todo que le encantaba imaginar. Eso que su papá no tuvo y que a él le posibilitó existir como si no estuviera enfermo. Decía que quería vivir hasta los 85, una edad en la que sentía que podría hallar satisfecha su voluntad deseante y evitar la decrepitud. Pero al final su cuerpo era tan antiguo como el de sus ancestros. Tenía su edad y la de su papá juntas.

 

Una vez, en Mar del Plata, le pregunté si le tenía miedo a algo. Él estaba sentado en el borde de la pileta. Yo adentro, en la parte honda. Le pedí que se metiera. Me dijo que no porque no sabía flotar parado, que era lo que estaba haciendo yo para poder charlar. Le pregunté si no sabía nadar porque le daba miedo. Me dijo que no. Y ahí le pregunté.

 

Me contestó que tenía miedo de morirse mientras nosotras fuéramos chicas. Me contó que había calculado la edad exacta que tenía su papá cuando se murió, con meses y días, y lo había sumado al día de su nacimiento. Vivió 16 años más.

 

En la época de Mar del Plata mi papá tenía más o menos la misma edad que yo ahora. Mi cuerpo infantil se cobijaba en su cuerpo joven. Era robusto mi papá, invencible. Yo me parezco mucho a él. En estos meses, mi cuerpo se está haciendo antiguo. Lo macizo se volvió fláccido y se me notan los huesos de pajarito. Me sigo pareciendo a mi papá, pero al que había empezado a envejecer y se estaba encogiendo.

 

La quietud de mi cuerpo pandémico es también la parsimonia del duelo. Dicen que los duelos son el lapso en el que se te pasa, lo que tarda una muerte en no aparecer cuando te preguntan cómo andás. Para mí, son el tiempo en el que acomodás la ausencia para que te acompañe sin irrumpir. “Todo bien” no es una respuesta posible si mi papá está muerto. Ya nunca va a estar todo bien, aunque yo vaya a estar del todo bien. Por momentos, incluso, lo estoy ahora.

 

Me pregunto si realmente las cosas en algún momento pasan, si se disuelven. No es una pregunta muy sagaz, está claro que la pandemia se hizo más larga de lo que creíamos, que sigue acá. Lo que no tengo tan claro es si es un duelo ¿será que terminó la vida como la conocíamos? ¿Será que volveremos a conocer la vida? Como “todo bien” tampoco es una respuesta posible en pandemia, a veces siento que más que el duelo estoy atravesando la época.

 

Cuando estás duelando mucha gente te dice que está ahí “para lo que necesites”. Esos son los que no te quieren. Los que te quieren se ponen a disposición del deseo. Te dicen “si tenés ganas de hacer algo avisa” o “si te pinta, ahora que abrieron los bares podemos ir a ese que hace los Old Fashioned bien pulentas». También te preguntan cuál es la mejor forma de acompañarte. Y así, te hacen tomar alguna decisión, te hacen preferir algo, te invitan a desear.

 

Los que se ponen del lado de la necesidad, en cambio, se quedan estancados en el deber. Te hacen saber que no están ahí a menos que no puedas resolver algo sola. Y que la disponibilidad no es para vos, es para los quehaceres de la muerte. Las necesidades son de los seres vivos, los deseos, en cambio, son de las personas.

 

En definitiva, para los que están a disposición de tu necesidad sos la hija del muerto, los que se exponen a tu deseo te reconocen a través del suyo. Hay gente que quiere ser buena y otra que quiere estar con vos. Y al muerto ya no le importa la diferencia. Además, en una pandemia que nos impone la necesidad de sobrevivir ¿qué se puede necesitar si no desear? “Ciencia”. Eso contestan los medios últimamente. Que en una pandemia necesitamos ciencia. La gente que hace ciencia es como bendita, porque desea hacer lo necesario. Tiene una vocación divina de servicio al prójimo.

 

En estos meses, mi vocación se encauzó en un trabajo nuevo. Es un newsletter que sale los lunes. Una curaduría de novedades científicas. Una necesidad surgida de la pandemia. Mi gran desafío es volverla deseable.

 

Me pregunté mucho cómo hacer que un resumen de noticias interpele la sensualidad. Cómo transmitir la excitación de un cuerpo vigorizado ante una nueva propuesta de quietud. Una tarea de horas-silla es también una misión lujuriosa. Lo antiguo que muta de restrictivo a catalizador, el estímulo es que el mundo sea mundo.

 

Pasé muchos años viendo a mis amigos artistas hacer el camino inverso, justificar que los objetos de deseo que producen son también necesarios. Que la necesidad no es solo aquello que garantiza que sigamos vivos, porque por algo aún existiendo el verbo vivir hubo que inventar el verbo sobrevivir.

 

La última vez que lo vi a mi papá le llevé unas berenjenas en escabeche que me cambió por un whisky. Salimos a caminar y le dije que el aislamiento me había hecho pensar que quería dedicar mis energías a mi soporte vital y no a mi proyecto de vida. Que había descubierto que no tengo nada más importante que hacer que hacerme de comer, que sostener mi práctica de yoga. Que el proyecto de vida es la resignación del bienestar bajo la promesa de un estatus. Que acepté que soy tan antigua como mi cuerpo y mis necesidades son primales.

 

Es como si me contradijera ¿no? Hacerse de comer parece algo más ligado a sobrevivir que a vivir deseante. Pero no. Como yo lo veo, la pandemia me hizo apreciar la intimidad, ese espacio que no es soledad sino mi propia compañía. Y la intimidad no distingue entre deseo y necesidad, desea lo necesario. Mientras que el proyecto de vida se ampara en lo inalcanzable de la felicidad y la plenitud, el soporte vital se basa en priorizar lo accesible de la diversión y el goce. Cuando el disfrute es cotidiano y no algo que va a llegar sacrificando el bienestar presente se puede aceptar su intermitencia y no vivirla como la evidencia de que aún no hicimos lo suficiente

 

Pocos días después de que se murió, me contaron que mi papá siempre decía “¡cómo me divierto con Agostina!”. Si me preguntaban antes, seguro que quería que dijera que estaba orgulloso, que pensaba que soy muy inteligente. Pero cuando hablaba de mí hablaba de estar juntos, de lo mucho que nos quisimos sin necesitarnos y de cómo eso nos hacía completamente imprescindibles. De lo único que se puede compartir, que es la antigüedad de haber sido y seguir siendo.

 

Para vivenciar el deseo, hay que preguntarse qué se quiere querer. El gran desafío es cómo hacer para efectivamente quererlo, porque querer es un acto. Yo quiero hablar sobre ciencia desde lo libidinal, desde un deseo profundo de conversar. Y lo quiero porque lo hago.

 

Mi papá era el mejor conversando, nunca pudimos comer juntos en menos de dos horas. La ciencia tenía un lugar raro en sus argumentos. Siempre estaba ligada al deseo, era la ilusión de poder hacer lo que quisiera. Cada vez que yo le decía algo sobre la necesidad de modificar las estructuras productivas porque el daño ambiental está borrando la posibilidad de un futuro deseable, me contestaba cosas como “bueno pero no sabes si en el futuro van a inventar un método barato de desalinización del agua”.

 

Yo nunca le contestaba que aunque así fuera eso no reparaba el daño acumulado o que los métodos de extracción de agua de mar probablemente tuvieran impacto en la fauna oceánica. A veces me enojaba y lo acusaba de discípulo de Pinker. Pero en general me ponía a imaginar con él las cosas que nos gustaría que se inventaran. Lo que deseábamos, en realidad, era que la antigüedad no nos condenara.

 

Siempre creí que pensaba así porque era un economista bastante neoclásico, muy de la teoría de mercado, aunque con prioridades keynesianas. Un muchacho peronista. Ahora lo veo de otra manera. La ciencia médica, que siempre se piensa como un instrumento ante la necesidad de evitar la muerte más que ante el deseo de sostener la vida, a él le alargó la vida más que lo que le demoró la muerte. La antigüedad no está en el pasado de nuestros cuerpos, sino en la posibilidad de que sean continuidades.

 

Entre su primer episodio cardíaco y el último pasaron 12 años. Y en ese tiempo deseó todo lo necesario, incluso morirse de viejo.

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