Episodio 2: “Emily. ‘Ahí arriba es la semana pasada’”, Por Romina Paula

Diarios - Mayo/Junio 2020 - Literatura y pantalla

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Episodio 2: “Emily. ‘Ahí arriba es la semana pasada’”, Por Romina Paula

Diarios - Mayo/Junio 2020 - Literatura y pantalla

¿Cómo es leer en cuarentena? En el cuarto de su infancia, donde Romina Paula se ha instalado con su hijo para atravesar la pandemia, se instalan también las hermanas Brontë. En Gravity Falls se incendia una cabaña y un señor de Oberá pregunta por los ascensores como si preguntara por una montaña. Tal vez el tiempo en que habita cada uno siempre haya estado dislocado, pero ahora está entero y todo junto dentro de una habitación.

 

El año pasado estuve en Lima y descubrí en una librería una novela de una inglesa sobre las Brontë, es decir, una novela basada en la vida de ellas. Entendí en ese momento que acaso fuera una lectura muy accesoria. Ya habíamos leído Infernales de Laura Ramos para una obra que hicimos con el eje en mujeres escribiendo desde la naturaleza o en contacto con ella, y en materia biográfica sobre las Brontë estábamos cubiertas. No sé si alguna vez pensé que realmente iba a leerlo, es un libro de 600 páginas de una autora a la que nunca había oído nombrar, más bien pensé que no lo leería, pero me parecía un lindo recuerdo-objeto de Lima y de mi momento de cercanía con las Brontë.

Es el primer libro que agarré cuando comenzó la cuarentena y nos mudamos a lo de mi mamá. Y el cuarto en mi línea de lectura que no guarda demasiada relación por ahora con los anteriores, más allá del capricho. Recién ahora que salté a Señora Dalloway, por lo menos sigo el patrón mujer inglesa.

Uno de los momentos en los que leo estos días El sabor de las penas, la novela de Jude Morgan, es de noche cuando nos vamos a nuestra habitación con Ramón y miramos la televisión. Casi siempre la programación la elige él y no siempre me interesa, entonces me acostumbré bastante a tener el plano libro por delante del plano televisión. El otro día, a raíz de esto, recordaba lo quisquillosa que era para leer cuando jovencita y vivía en esta misma casa pero como hija, con madre, padre y hermanaje adentro. Si había una radio, me molestaba, si alguien hablaba por teléfono, me molestaba, y todo me hacía refunfuñar. Me atrevía incluso a sugerir que bajaran la radio, o le cerraba la puerta a quien estuviera al teléfono. Realmente sentía que las palabras del otro se metían en mi cabeza imprimiéndose y no me dejaban ni pensar. Ridículo ahora que puedo leer con un televisor encendido y aun así me puedo concentrar. Supongo que en estos últimos años todos adquirimos ¿el don? de la multitarea, con tanta pantalla por doquier, y con tanta pantalla dentro de la pantalla, a su vez, no sé. O quizá sea algo de la maternidad también, del plano paralelo constante, de la pantalla superpuesta y el cerebro en vela. Y tampoco es del todo desagradable la dramaturgia espontánea que surge, cada tanto, con lo que pasa en el libro y en la televisión. Por ejemplo, se incendia la cabaña de Gravity Falls en la pantalla y en mi novela en papel se me incendia el único hijo varón de las Brontë. En mi libro, se empieza a prender fuego borracho el pobre de Branwell, porque se quedó dormido con la vela encendida, lo apagan entre las hermanas, y él solo atina a vomitar. Lo que también me hace pensar que qué suerte que ya no haya que leer a la luz de velas, con lo peligroso de esa combinación: leer de noche hasta caer rendida justo justo junto a una vela que uno puede no recordar apagar. No me sorprende que la gente fuera fóbica a las cortinas o gótica en esa época, si que la casa se incendiara era de lo más normal. Temerles a las cortinas, tenerles pánico. A cualquier tela de más. Cualquier tela superflua es una invitación al fuego, al crimen, y a perderlo todo así. La casa, la vida. Lo que uno puede leer como almas atormentadas que se metaforizan en casas que arden no eran más que almas atormentadas porque las casas ardían, con bastante más frecuencia, porque se usaban las velas para ver de noche, para iluminar.

Las hermanas Brontë eran seis, inicialmente: cinco mujeres y un varón. Eran Mary, Elizabeth, Charlotte, Branwell, Emily y Anne, en ese orden. Mary y Elizabeth murieron de tuberculosis de niñas, a los once y diez años respectivamente; Branwell, Emily y Anne mueren todos alrededor de los treinta, con meses de diferencia. Cuentan que Branwell atosigaba a Charlotte, que quería considerarse la del medio, alegando que en una familia de seis nunca se puede ser del todo la del medio, que no hay compensación. Charlotte terminó siendo algo así como la narradora de toda su familia o por lo menos, la sobreviviente. Aunque el más sobreviviente de todos a decir verdad haya sido el padre, que enterró a su mujer, a todos sus hijos y murió recién años después.

En todo lo que se ve o se lee de ellas siempre tuvo más protagonismo Charlotte, de algún modo, que aparentemente también es quien llevó adelante la idea de publicar. O, más que la idea, la que lo llevó a la acción. Fue ella la que seleccionó las hojas, las envió por correo, escribió las cartas de intención. Fue ella quien las convirtió en Currer, Ellis y Acton, los nombres andróginos que eligieron para que las publicaran como hombres.

Lo cómico y trágico, entre muchas otras cosas, es que todas las fichas y la pequeña dote de la familia de un clérigo de provincias habían sido puestas sobre el hermano varón, que de tan exigido y observado, pobre, no pudo hacer más que derrochar todo, hacerse adicto al láudano y al alcohol y enloquecer rodeado de esas hermanas que -tragedia y comedia otra vez- tuvieron que firmar como varonas para poder publicar. El único retrato que circula de las hermanas sobrevivientes juntas es uno hecho por Branwell. El trazo no es muy realista y se las ve bastante parecidas entre sí a las tres pero lo más fantasmagórico es que, cuando se lo observa con más detenimiento, aparece una cuarta figura en el medio, la de Branwell mismo, que era parte del cuadro y que por alguna razón decidió despintarse, quitarse del cuadro en algún momento después. Es una imagen demoledora, considerando el curso de todo.

Volviendo a las escritoras, hay una escena hermosa que es cuando, ya después de ser famosas con sus nombres falsos y sobre todo para desmentir los corrillos de que en realidad eran uno solo y alguno que otro más, Charlotte y Anne se suben a un tren y se van a Londres a -literalmente- dar la cara. Esa vez, Emily, siempre la más parca, la más rebelde, no las acompaña. Creo que Emily sí, por lo que cuentan, sólo escribía por escribir, y por hacerlo con sus hermanas en la casa de noche también, pero ciertamente no por publicar o porque la leyera alguien más que no se apellidara Brontë. En esa ocasión Anne y Charlotte se dirigen directamente a la librería y, rodeadas de libros y personas, preguntan por su editor. Este no puede salir de su asombro cuando entiende que tiene delante a las nuevas estrellas de la casa editora, alabadas por todxs, y al mismo tiempo no se puede decir que esté del todo sorprendido.

Las Brontë se formaron en casa con su tía primero, en escuelas de niñas después y, ya casi adultas, las que sobrevivieron se desempeñaron como maestras e institutrices. Hasta que dejaron todo para escribir.

El personaje que descubro en este nuevo acercamiento a la familia Brontë es Emily, la autora de Cumbres Borrascosas, a saber mi favorita de las novelas que de ellas leí. Gótica también, en algún punto o en varios, caótica, errática, lúgubre, la novela, de esas que pueden generar hasta fastidio por momentos cuando una se le adentra pero que se imprimen y permanecen para siempre después, como paisaje junto a lo vivido soñado y leído, ese tipo de impresión. Recién avanzada la lectura descubro la rúbrica en la edición de Alianza acerca del centenario de su muerte, dice Centenario Emily Brontë 1818- 2018. Me pregunto entonces ahora si la autora de la historia novelada se habrá visto obligada por los editores a darle otra entidad al personaje de Emily en particular o no, o si ella se dejó también llevar por su propia fascinación. Como sea, el personaje de Emily descuella como la muchacha chúcara y díscola, de pocas palabras, la única que realmente nunca se interesa en publicar. Arisca como pocas al igual que fiel. Que se siente morir y se seca en vida y no emite palabra al respecto y acepta todo, imperturbable. La misma que escribe esa novela del horror, del Sturm und Drang, arrollada de pasiones, que no se puede creer. Se la describe como una flaca larguirucha y desgarbada, de pocos encantos, que nunca amó, y después va y escribe ese novelón de corazones y psiques desgarradas, de jardines y hiedras que devoran personas, de casas que arden de dolor.

En una de las situaciones que novela Jude, la inglesa que escribe sobre ellas, Emily estaba de maestra en una escuela en la que la trataban muy bien pero ella no era feliz. Cuenta que un día se va a pasear por las montañas, cerca del internado y vuelve con el ruedo del vestido lleno de nieve y barro. La regenta le pregunta si está bien, y ella le responde, refiriéndose a la nieve: “Allá arriba en la montaña todavía es la semana pasada. Esa frase me atraviesa. Me recuerda otra cosa: nunca es el mismo tiempo en ningún lugar. Sería raro pensar que sí, asumir que sí.

Hace un par de años estuve en Misiones, en el campo cerca de Oberá. Allá conocimos a un señor que había nacido en una familia numerosa y había sido criado por sus abuelos alemanes, aislado, en el monte. Ese hombre ahora tiene ¿cincuenta? ¿Sesenta años? Difícil de saber. Ese hombre habla un alemán rarísimo, el alemán de sus abuelos aislados, sin cotejar con nadie más. Su castellano tampoco es mucho mejor, no creo que necesite hablar mucho. Ese hombre, también, vive en nuestro espacio / tiempo, o nosotros en el suyo, y sin embargo nos preguntaba si nosotras las mujeres trabajamos, se sorprende al oír que sí, que si es limpiando que trabajamos y nosotras que no necesariamente, y él sorprendido y feliz. Tampoco sabe lo que es un edificio y está muy sorprendido de que vivamos uno arriba del otro, no lo puede entender. Describimos ascensores como objetos abstractos, nunca antes vistos, parece entender, por más azorado que nos mire, pregunta entonces si bajamos de esas alturas a la mañana para volver a subir a la noche, cuando termina el día, como si se tratara de árboles, supongo, o de no sé qué. En ese monte definitivamente es el siglo pasado.

A veces desplazarse en el espacio es desplazarse en el tiempo, aunque uno no se lo haya propuesto y siga tan necio aferrado a lo que cree que es.

En el dibujito que mira Ramón los viajes en el tiempo y los fenómenos paranormales son la lógica del día: en Gravity Falls no hay algo así como la normalidad. Ni el tiempo como lo conocemos. Y blandiendo mi libro de papel de árbol procesado impreso frente a esa pantalla de hace veinte años reproduciendo un dibujito de temática fractal no puedo no preguntarme si acaso este presente pandémico, esta pequeña gran tragedia colectiva, haga un corte transversal para unificar todo en este tiempo no productivo, en el que allá arriba pueda ser la semana pasada y que dé igual, porque no nos dirigimos, necesariamente, hacia ningún lugar.

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