Episodio 2: “Distintas en fuga”, por Dani Umpi

Diarios - Mayo/Junio 2020 - Las Distintas en fuga

Diarios, Pensamiento

Episodio 2: “Distintas en fuga”, por Dani Umpi

Diarios - Mayo/Junio 2020 - Las Distintas en fuga

¿Acaso será verdad aquello de que de los laberintos se sale por arriba? Dani Umpi sale del pozo existencial que exploró la semana pasada subiéndose al barco que lo lleva a Uruguay, la tierra donde nació. Allá lo espera otra versión de la pandemia: compatriotas Distintas y Distintas en fuga y una almohada nueva para que responda a las preguntas que vuelven.

 

Salió un barco de Buquebús con repatriados uruguayos. Después de tantas semanas adherido a mi cama, pasando por los estados mentales que pasé, rodando la cabeza en cualquier cosa, recordando pensamientos suicidas y pactos con el diablo adolescente, encaré un plan con varias patas para volver a Montevideo y, literalmente, ver qué onda. Mi amigo del alma, mi Amigo A, no es estrictamente una Distinta pero está destinado a vincularse con el colectivo, como un catalizador. Somos varias las Distintas que nos hemos alojado en su cuarto de huéspedes y ya es hora de que entre a cobrar. La cuarentena en Montevideo era un misterio para mí, leía las noticias y era como si no las entendiera. “La gente es inconsciente”, pensé al ver que la gente seguía paseando por la rambla de Montevideo como si tal cosa. Preparé valijas. Pasaje de ida.

Quedé en encontrarme al lado de los baños con mi compatriota Lulo, una ultra Distinta, con la que tenía planeado viajar pero no pudimos porque, apenas llegué, ingresé en un sistema de colas de estricto distanciamiento social. Ni bien entrabas en la Terminal alguien con mameluco blanco te daba un papel, una declaración jurada de no haber tenido tales y tales síntomas. Después te tomaban la temperatura con esos disparadores cinematográficos y pasabas a un escritorio donde otra persona, volvía a preguntarte lo de los síntomas y sellaba la declaración para que pasaras al check in. Ahí te enterabas de que no se despachaban valijas y pasabas a otra cola para ir a la Aduana. Me sentí cargadísimo pero me tranquilicé al ver que había varias Distintas en la vuelta y otras personas con perros, mochilas, bicicletas dobladas, esas cosas para hacer yoga y niños. Me sacaron dos tijeras. A continuación, más alcohol en gel y cubrepiés. Ingresamos de a pocos en el barco, controladísimos. Lulo no pudo ingresar porque tenía 37 de fiebre. Quedó encerrado en una pieza tipo película y entré en una especie de desesperación de mensajes.

La tripulación indicaba dónde sentarse, más amablemente que de costumbre. Absolutamente todos filmaban y aún había señal wi fi. Un coro de ringotnes, de todos los volúmenes posibles, nos mantenía en una nube. Pude identificar cómo se distribuían las Distintas en la distancia. A mi lado había un asiento tapiado con nylon amarillo para contar caminos que decía PARE. Un poco más allá muchas señoras y más señoras, probablemente todas Distintas. Una vez que el buque zarpó y mandé mi último mensaje de lamento a Lulo que, aunque ya había bajado de temperatura no lo dejaron subir, la conexión se fue y comenzó una suerte de coreografía verbal absurda hasta formar una charla totalmente random, alborotada, flotando intermitentemente por algunas horas. Me hizo bien escuchar la palabra “cerrazón”. Para ir al baño había que levantar la mano.

La mamá y el hijo de al lado, los únicos a los que yo podía ver sin disimulo, sudaban de nervios porque habían perdido “los documentos”. Abrían y cerraban mochilas, bolsos, bolsas del free shop que me parecieron muy raras porque estaba cerrado. Estuvieron en esa un buen rato hasta que los encontraron y comenzaron a reírse a carcajadas, pasándose una botella de Gatorade gigante, como de dos litros. Yo también me reí un segundo antes de ver sobre el nylon de PARE mi mochila repleta de papeles al pedo que cargo siempre y que, con suerte, están en algunos de mis folios de “documentos” que nunca reviso y llevo, por las dudas, incluyendo mi carnet de vacunación, recetas verdes, pasajes viejos, agenda del año pasado y demás excusas para tener pequeños dramas analógicos y no pelearme conmigo mismo en la cabeza. También llevé el libro Para salir de lo postmoderno de Henri Meschonnic.

El ensayo arranca bastante intrincado contando el embrollo del cronologismo del supuesto fin de la Historia, en la inteligibilidad del presente, donde lo postmoderno es algo casi que reaccionario y ¡buó! En fin, que era el tipo de ensayo que me gusta leer, en tono de bloggero cascarrabias, muy actual, teniendo en cuenta que fue escrito hace como diez años. Me hizo acordar a una forma de estudiar que tuve mucho tiempo y que consistía en leer todo como si estuviese aguantándole la cabeza a duro en un after. Subrayé un montón. Lo más loco es que las señoras estaban en el mismo tono que Henri. Fui armando el mapa y anotando frases que escuchaba. La primera fue: “No hay que dejarse llevar por el momento ni pensar que se tiene la carrera ganada”. Lo dijo la voz de una señora utra Distinta que venía desde atrás. Había algo en su tono con el que empaticé de entrada y durante el resto del viaje esperé ansioso sus intervenciones en la conversación general de nuestra zona de asientos, entre las que elogiaban la buena organización y las que se quejaban de que no daban ni un vaso de agua. ¿Un vaso de agua? ¡Buó! Levanté la mano para ir al baño y al regresar identifiqué a La Distinta, pero fue tan rapidito que no vi nada de particular en su cara, entre su pelo revuelto y el barbijo estándar. Ni siquiera pude calcular su edad.

De repente el señor de adelante decidió intervenir. Comenzó con nos breves comentarios con destellos de sentido común hasta tirar opiniones rarísimas, como cuando anunciaron en altavoces que una pasajera tenía fiebre. “Tomó paracetamol para camuflar la fiebre”, aseguró, y todas se sumaron a la narrativa. Una contó que tenía artrosis y, no sé cómo, terminamos enterándonos de que él era chef, que volvía a Uruguay después de vivir tres años en Buenos Aires y que iba a abrir una empresa de delivery. A todos les pareció una decisión genial. Una señora le preguntó de qué barrio era para comprarle ”online” pero el señor vivía en Maldonado.

Mi Distinta preferida en un momento como que se hartó y dijo “todo esto es para controlarnos y tenernos encerrados, como una dictadura del miedo, donde la gente está chocha de que la controlen, peleándose en las redes y hasta que no haya un milico por persona no van parar”. “Exacto”, dije yo. Mi única intervención del viaje. A continuación apareció un silencio eterno.

La que tenía fiebre era una niña y, desde la manga de vidrio por la que bajábamos al puerto, mucha gente filmó con el celular cuando entraba la ambulancia del SEMMT a llevarla. Nuevamente nos tomaron la temperatura. El señor de adelante cargaba más valijas que yo y unas bolsas transparentes con sábanas y toallas, totalmente desesperado, haciendo señas y gestos mudos a gente que lo esperaba afuera, al lado de las cámaras de televisión. Las madres y el hijo tenían todos los documentos a mano. Yo también.

Pasé la valija por los rayos y esta vez no me quitaron nada pero me preguntaron si traía alfajores. No. “¿Y qué son esas cosas redondas?”. Jabones. Porque en la locura de venirme traje cosas rarísimas, de supermercado, como tres paquetes de jabones, pasta dental y queso rallado. Nuevamente me di cuenta de que soy una persona loca, como casi toda la gente esperando sus familiares en la puerta de arribo, con tapabocas pero cero distanciamiento social. Perdí a todas las Distintas de vista y también se me fue la depresión, estaba excitadísimo, muy estimulado, caminando con mis valijas por las calles de Montevideo con miedo a que me robaran. Mi Amigo A me encontró bárbaro, más rellenito.

Lo primero que hicimos fue ir a ver el subsuelo del edificio porque mi Amigo A entró en esa de hacer pan con masa madre pero, en lugar de hacerlo en su horno, lo hacía en el de la calefacción central. El pan se hace en veinte minutos. Lo pone ahí y mira cómo va creciendo, escuchando música o leyendo. Dijo que le da mucha paz. Dije “genial, te puedo acompañar la próxima vez que vengas, es justo lo que necesito”. El sótano es increíble, enorme, lleno de leña, una escalera que va a ninguna parte y agujeritos por donde se puede ver el patio de la fábrica de pastas de al lado.

Me instalo en su habitación de huéspedes, trato de dormir pero me despierto a las cinco de la mañana. Pienso “huir es siempre una solución”, como dice Paul Preciado. Mi celular anuncia que la nueva actualización de ajustes de operador de software está lista para ejecutarse, así que reinicio el aparato recordando todas las personas que me advirtieron que nunca lo hiciera porque con cada actualización la tecnología se va poniendo obsoleta hasta autodestruirse. En la pantalla queda una ruedita girando y girando más de lo habitual. Pienso, bueno, voy a ver si duermo un poco, con los ojos más abiertos que nunca. Voy al baño, vuelvo. Tomo una decisión. Voy a ir a pasar la cuarentena en la casa de mi Amigo B.

En la mañana me compré una almohada nueva para tener pensamientos nuevos. Mi Amigo B vive en una playa cercana, con otras Distintas. Así que, de momento, me la voy a pasar con ellas, juntando leña del monte para la estufa, mientras hacen sus teletrabajos y me invento un futuro. Voy a estar en un balneario entre árboles y casas de madera, perros enormes y cariñosos a la tercera vez que te atacan. Nada puede fallar con todo lo que tengo en mis valijas.

Pasaron a buscarme en una camioneta y fuimos hasta mi nuevo destino por la rambla. Paramos en una estación de servicio a comprar algo frío. Hacía 28 grados. Faltaba para el atardecer. Pregunté si estaban en la movida del pan de masa madre pero no. Continué mi rutina de anotar frases. Mi Amigo B dijo que mientras estaba haciendo un drenaje linfático en piernas se dio cuenta que su compañero de trabajo es muy diferente porque, en lugar de que las clientas le cuenten sus vidas, él le cuenta la suya.

La gente en la rambla estaba como de vacaciones. Chongos haciendo ejercicio sin remera y con barbijo, adolescentes paseando perros entre las rocas, salpicados por el río. Una pareja tomando mate, cortando una torta con un cuchillo. Un grupo de pibes con una botella de cerveza, otros en rollers. Estaba como de vacaciones, un spring break, shorcitos y tapabocas ATR. Muchísimas señoras. Me saqué el buzo de lana mientras mis amigos cantaban la canción “Te quiero tanto” de Sergio Denis pero en versión “Dale, Ingrid, dale, cerrame la ventana, prendeme el aire, comprame una botella de soda grande” y, mirando el paisaje poblado de lentes negros, pensé “la gente es inconsciente”.

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