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En memoria de Horacio González (1944-2021)

Pensamiento

Como homenaje a Horacio González –sociólogo, escritor, docente y exdirector de la Biblioteca Nacional–, fallecido el 22 de junio, Javier Trímboli retrata en el texto que se reproduce a continuación a uno de los intelectuales argentinos más comprometidos con el pensamiento.

 

La obra de Horacio González –su vida es parte de ella, quizás incluso una de sus piezas más preciosas– habló y seguirá hablando con quienes sospechan, con no poca tozudez, que es posible que en las palabras, y en las imágenes que estas componen, se articulen sentidos que hagan más plena y justa la vida de miles. Poco le dice, poco le dirá, a quienes son indiferentes a semejantes preocupaciones, conformes con sus negocios, con sus papers o abrazados a retóricas huecas, que no conocen la vacilación ni el tartamudeo. Más o menos conformes, por lo tanto, con la andadura espantosa del mundo.

Las revistas, las aulas y la calle fueron espacios principalísimos de su pasión. Envido, Unidos, El ojo mocho y otras tantas con las que colaboró asiduamente –El Porteño, Crisis, Fin de Siglo, Lezama, etc.– llevaron indeleble la marca exigente y brillante de su escritura, que era tal porque, contra lo que supone la época y sus facilismos, el sentido hace mucho nos ha dejado y aproximarnos a él es tarea exigente, que brilla cuando lo roza. Cada una de estas revistas era la cifra de una apuesta crítica, política y cultural, siempre colectiva, que muy poco o nada tenía que ver con una cuestión de “marcas” a instalar. Se trataba –¿cómo no lamentar esta conjugación del verbo?– de alimentar y continuar una conversación.

Las aulas fueron las de Ciencias Sociales de la UBA, también las de Humanidades en Rosario y las cientos que lo recibieron en todo el país, requerido para dictar un seminario, ofrecer una charla, presentar un libro. La inteligencia y el cuerpo de Horacio González se exponían en el intento, que siempre bordea la desesperación, de transmitir, de tornar perceptible y, entonces, de volver común por un instante, la impresión de que en la telaraña de la cultura, en su textura vieja y que se quiso hacer conformista, hay fragmentos que, activados, son imprescindibles para alcanzar una vida no tan minúscula ni miedosa como a la que se busca acostumbrarnos. Por tal motivo, en las aulas no solo hablaba de Cooke, de Walsh, de Sartre o de Viñas, sino también de aquellos que ligados a otra tradición –Sarmiento, Ramos Mejía, Martínez Estrada, Borges o Halperin Donghi– fueron abandonados, postergadas sus vetas filosas por sus supuestos cultores que apenas los emprolijan. Dijimos “dictar” –un seminario–, pero nunca “dictaba” Horacio González: cada vez que tomaba la palabra era él quien asumía el riesgo de una ejecución que nunca era la misma. Entre la asamblea, la misa profana y el teatro.

En días oscuros y cansados como estos, y en días vibrantes y multitudinarios, la calle reavivaba el enigma, proveía la electricidad que se volcaba en sus palabras. Porque, si revistas y aulas componen circuitos más o menos cerrados, minoritarios, acá era el reencuentro con la escena primera y última, la de la felicidad más exigente, la pública, la popular. Las calles belicosas de los años sesenta y, claro está, las que signaron a los años kirchneristas que adquirieron vigor propio porque no interrumpieron las demandas masivas de los postergados. Pero, agreguemos, también se sumó Horacio González a las movilizaciones reencendidas de 2001, en las que adivinó una chance emancipatoria que volvía a abrirse.

Cuando Néstor Kirchner lo convocó para que se sumara a la dirección de la Biblioteca Nacional, Horacio González desembarcó en las oficinas del Estado con una experiencia que era muy distinta a la que se aprieta en un curriculum vitae, muy dislocada en relación con lo que se espera de un disciplinado funcionario estatal. Hizo “política cultural” asistido por esa potencia acumulada durante décadas y muy por fuera de esas oficinas. De otra manera, poco o nada se hubiera producido. Era la oportunidad de activar y desviar al Estado de lo que habían sido sus carriles más usuales; lo que aportaba Horacio González era principal para ese desvío.

Hay algo de excepcional en la obra –y en la vida– de Horacio González. El dolor que produjo y seguirá produciendo su muerte se imbrica también con la sospecha de su condición de “último”. Y si esto es así es porque su vida no era solo suya. Muy cerca del mexicano Alfonso Reyes, que lo hacía respecto de su padre, nos preguntamos por su “preciosa arquitectura”, por cómo alcanzó esa forma. Sin dudas, en el nombre de Horacio González se condensaba y se seguirá condensando la riqueza y el drama de la segunda mitad del siglo XX argentino y de estas últimas décadas, porque ofreció su inteligencia y su cuerpo para que fuera así. Y lo hizo permitiendo también que reverberara en su propia obra lo que venía de muy atrás, lo que se creía liquidado. Pasado, presente y futuro en asamblea permanente, sin quitarle lugar al desacuerdo. Los “socavones” de la cultura argentina a los que refería son también los suyos. De allí procede.

A mediados de 2006, cuando se cumplían los 40 años de la “Noche de los bastones largos” y en un contexto en el que las memorias se abrían a lo que las había acechado por largos años, el filósofo e historiador Oscar Terán evocó aquella jornada. Recordó que él, y tantos otros estudiantes y profesores, estaban cercados esa noche del 29 de julio de 1966 en el edificio de la Facultad de Filosofía y Letras; que la Policía amenazaba, que ya nada tenían que hacer. Así hasta que, cuenta Terán, “me asomé de todos modos por el parapeto y vi, sobre la calle Urquiza, a dos conocidos, a dos compañeros, a dos amigos en fin, que arrojaban piedras a la policía”. Horacio González fue un lector siempre atento de la obra de Terán, con quien mantenía cantidad de diferencias pero también la vibración de esos años. “Aquí emerge la única imagen bella de esa noche, quizás embellecida por el recuerdo y la ternura, una imagen celosamente guardada durante largos años en un rincón de mi cerebro”. Se trata de esos “dos compañeros” que “arrojaban piedras, vanas piedras, en fin, pero con unos giros que lucían como pasos de bailarines, como un gesto de rebeldía más estética y surrealista que política, o quizás todo eso a la vez”. La memoria de Terán no quiere reconciliarse del todo con esa imagen que, para nosotros, hoy cuando despedimos a Horacio González, es fundamental. Porque esas piedras no fueron “vanas”, porque estética y política no pueden sino ir de la mano, es ese el intento que vale. Sobre el final de su exposición, Terán aclara que uno de esos dos “que danzaban arrojando piedras” –conocidos, compañeros, amigos– era Horacio González.

Fotografía de portada: Mauro Rico / Ministerio de Cultura de la Nación

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