Celebrando al Perú en el Bicentenario de su Independencia

Proyectos Especiales

Con motivo de los 200 años de la Independencia del Perú, el Ministerio de Cultura de la Nación, en articulación con la Embajada del Perú en Argentina, presenta entre el 28 y 31 de julio una serie de propuestas culturales y producciones originales.

Las salas del Centro Cultural Kirchner y sus plataformas digitales serán el punto de encuentro para una serie de actividades multidisciplinarias –conciertos, talleres y actividades literarias y contenidos audiovisuales– que pondrán en valor el vínculo histórico, cultural y político entre ambos países.

La agenda comprende un acto de inauguración y un concierto en el Auditorio Nacional con música del Perú y la participación de grandes figuras –ambos transmitidos en vivo a través de las redes del Centro Cultural Kirchner–, más una serie de actividades virtuales: tres charlas destinadas a rescatar la obra de escritorxs peruanxs, su legado, sus reverberaciones en Argentina y su centralidad en las letras latinoamericanas, y tres paneles en torno a figuras históricas y culturales de ese país, con la participación de reconocidxs intelectuales.

Acerca de la fecha, por Javier Trímboli

El historiador peruano Alberto Flores Galindo iniciaba la presentación de uno de sus libros, La crisis de la Independencia: El Perú y Latinoamérica, subrayando una perspectiva que entendemos fundamental: “La Independencia, en sentido estricto, no fue un acontecimiento político nacional sino continental”. Sin dudas es esta misma perspectiva la que llevó al Centro Cultural Kirchner y al Ministerio de Cultura de la Argentina a idear y a poner en marcha, junto con la Embajada de Perú, una serie de eventos –paneles, charlas, un concierto– que celebren el Bicentenario de la Independencia del Perú. Un hecho como este no debería revestir carácter excepcional; sin embargo algo de ese tono adquiere porque bastante más poderosas han sido las narraciones que, aquí y allá, pretendieron considerar a la lucha independentista como a un suceso de orden nacional, con fronteras e idiosincrasias propias, deslindado –en el pasado y en el presente– de la suerte del conjunto del continente latinoamericano. Aunque sobren evidencias de que esto no fue así, y en el caso del Perú como en pocos esto es hasta fácil de constatar, nada permite asegurar que esa otra mirada dejará de ejercer importante influencia sobre las memorias de nuestras sociedades.

Entendida de este modo, no es desinteresada la invitación a reflexionar sobre la Independencia del Perú y también a reparar y –por qué no– a gozar con algunos pasajes de su cultura. Al hacerlo estaremos al mismo tiempo mirando con otros lentes al proceso independentista del Río de la Plata, enriqueciéndolo en sus significados; calibraremos posibilidades que no estuvieron lejos nuestro pero que no llegaron a madurar y se quedaron en atisbos. La historia y los espejos: más de una vez se ha acudido a esta relación, pero es el escritor mexicano Carlos Fuentes quien encontró una imagen que hoy se nos ocurre especialmente valiosa, la del espejo enterrado. La recoge de costumbres de pueblos prehispánicos y, desviándola apenas del uso que él le da, ofrece una pista de lo que podríamos obtener si nos abocáramos a pensar la experiencia del conjunto de los países americanos. Ellos nos ofrecen un reflejo, una imagen que es y no es al mismo tiempo rigurosamente la nuestra. El problema, en nada menor, es que ese espejo está escondido, no lo tenemos a mano. ¿Cómo lograr desenterrar esos espejos? Por un lado, claro, contamos con el socorro de artistas, historiadores e intelectuales de primer orden, pero para que instituciones públicas, ligadas estrechamente a poderes ejecutivos nacionales, hagan propia esta tarea de exhumación se precisa de un contexto social, político, cultural que ponga nuevamente en el tapete la relevancia de América Latina, su destino que tiende a unirla. La celebración de los bicentenarios que se inició en Bolivia en 2009 fue una coyuntura de estas características, coyuntura que bregamos porque no se cierre.

Se ha discutido mucho alrededor del componente revolucionario que asistió al proceso independentista en el Perú, si existió tal cosa. Algo de esto incluso resonará en estos días, en estas conversaciones a las que invitamos. Lima, la otrora ciudad de los reyes, sus elites por supuesto, se mantuvieron hasta último momento fieles al poder español. El glorioso pasado colonial, que habían empezado a advertir desdibujado con las reformas borbónicas, era su único programa. Añade el historiador Flores Galindo: “cuenta también el temor que su clase alta tenía a los negros y a los indios, los escasos lazos entre la aristocracia mercantil y el país. En el Perú la Independencia tuvo un capítulo prematuro: la revolución de Tupac Amaru”. Es decir, el Virreinato del Perú suministró todo tipo de ayuda para sofocar la lucha independentista que venía del sur y también de los convulsionados llanos venezolanos, porque sus clases dominantes sabían que esas luchas, que conmovían estructuras sociales de siglos, las arrastraban a su derrota. Tupac Amaru, en esta versión que hacemos nuestra, está en los orígenes de las revoluciones latinoamericanas, es mucho más que un antecedente, es ella misma. Si la Independencia que se celebra el 28 de julio precisó de San Martín y de tropas que antes habían cruzado los Andes para batirse en Chacabuco y Maipú, así como luego de Bolívar y su ejército de llaneros vencedores de Boyacá, fue porque en el Perú se libró la gran batalla, una que se demoró porque ya había tenido lugar en 1780.

Tan cerca como en 2019 era mucho lo que indicaba que América Latina se había introducido en una coyuntura que, como pocas veces, anunciaba enormes transformaciones. La pandemia de COVID-19 nos colocó en una nueva escena, de cosmopolítica podríamos decir con Bruno Latour, en la que la vida se encuentra en un tembladeral. Se propone, se piensa que estamos ante una “intrusión de Gaia”. Pero, una vez más, no hay rayo sobre cielo sereno: la nueva y poderosa crisis es producto de lógicas económicas y de poder muy concretas, las del mismo capitalismo y su voracidad, que tal como explotó sin límites a la población originaria de nuestro continente, lo hizo y lo sigue haciendo con la naturaleza. En una situación presente que amenaza dejarnos sin Tierra, es precioso abrevar en las experiencias emancipadoras que en los hechos y en las letras supieron conmover a América, para así ensayar formas más justas y libres de vida en común.


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