“Variaciones sobre la sinfonía doméstica”, de Martín Kohan

“Variaciones sobre la sinfonía doméstica”, de Martín Kohan Diarios: un registro textual de los tiempos que corren

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El escritor reflexiona sobre la casa y sus habitantes

Diarios: registro textual de los tiempos que corren. Cinco escritores: Martín KohanMariana Enriquez, Gabriela Cabezón CámaraCamila Sosa Villada y Pedro Saborido. Este proyecto del Centro Cultural Kirchner es una forma de resistencia: el pensamiento no se detiene. La pandemia coloca a la humanidad en una situación extraña, un estado de alta velocidad y de estancamiento a la vez que amenaza con superar la capacidad de acción y de reflexión. El aislamiento de los cuerpos no nos deja en soledad.

Martín Kohan recorre la casa con el pensamiento, en su tercera entrega. El espacio obligatorio a revisitar en tiempos de pandemia. Animales domésticos, violencia doméstica y empleadas domésticas cobran otra dimensión, ahora que no podemos salir de este lugar sagrado que es un refugio y que es una jaula.

Episodio 3: Variaciones sobre la sinfonía doméstica

Introito
 
Estamos metidos en casa, es decir, en lo doméstico. Y lo doméstico, vuelto un todo, como todo lo que se vuelve un todo, cambia progresivamente de aspecto, se enrarece y nos enrarece, hasta revelarnos algunos aspectos que en la vida que llevábamos antes, en la vida que llevamos siempre, podían no resultarnos tan evidentes. Nada que no supiéramos, probablemente. Pero la casa, vuelta absoluta, ya mundo entero, lo deja ver más claramente, como cuando alguien repite algo pero lo repite en voz más alta.
 
Primera variación. La casa, lo doméstico, los animales domésticos
 
La casa, lo doméstico. Los animales domésticos. Se han quedado (pienso en mis gatos, pienso en los perros) sin una de las escenas que más felicidad les procuraba: la de salir a recibirnos. Correr hacia la puerta, dar saltos o echarse de panza, en la dicha de sentir que llegamos, en la dicha de vernos entrar. Se han quedado, los pobres, sin eso, pues nos tienen todo el día ahí. Todo el día, de la mañana a la noche. Y es así que comprendemos que son ellos los que están siempre el día entero aquí en casa, y nosotros los que vamos y venimos; son ellos los permanentes y nosotros los eventuales. Es decir, con otras palabras, que son ellos los anfitriones y nosotros las visitas. Es por eso que cuando recibimos, a nuestra vez, visitas, ellos deciden competir con nosotros (saltan hacia ellas o se les suben encima, las lamen o se anidan en sus faldas) o bien directamente retirarse a sus aposentos, menos por ofendimiento que para no deschavar nuestra usurpación.
 
Dice Mario Levrero (yo creo que en La ciudad luminosa) que, en el momento de darle de comer a su perro, advirtió que la actitud del animal no era de espera, como parecía a simple vista, sino más bien de vigilancia. Que su perro lo que hacía era supervisar qué tan bien le servía su comida, es decir, qué tan buen servidor suyo era. Porque estaba claro en esa situación quién era el servidor (literalmente, el que servía) y quién el amo. El perro era, en efecto, el amo. Los animales domésticos son, en efecto, los dueños de casa. Son domésticos en ese sentido.
 
Segunda variación. La casa, lo doméstico, la violencia doméstica
 
La casa, lo doméstico. También la violencia doméstica. La que ocurre entre paredes, la que no siempre se ve desde afuera. Estamos ahora encerrados en casa, por la cuarentena, y eso puede tornar más palpable la idea misma de la casa como encierro. No en el mismo sentido de ahora, sino en otro no poder salir: en el no poder salir de quien no tiene adónde ir. La casa así se vuelve jaula. Porque en la convención (en la convención burguesa), la casa siempre supone un refugio. Ahora mismo está funcionando así. Ahora bien, ¿qué es lo que pasa cuando, en vez de ser un refugio, es el propio lugar del peligro? Entonces es preciso crear refugios. Refugios adonde puedan ir, refugios a los que puedan salir, las víctimas de la violencia doméstica.
 
Esa violencia ocurre en la opacidad de los interiores. Que sea doméstica la vuelve más siniestra. Convoca en otro grado y convoca de otra manera la cuestión de la indefensión. Que es terrible en todos los casos, pero que encuentra en el caso de los niños un punto extremo de fragilidad. Porque hay padres que golpean a sus hijos. Porque hay madres que golpean a sus hijos. Y esos chicos, a veces muy chicos, están por completo a su merced. Detectar esa clase de violencia doméstica es dramáticamente imperioso desde cualquier exterior que se pueda. Pues están atrapados en sus casas.
 
Tercera variación. La casa, lo doméstico, las empleadas domésticas
 
La casa, lo doméstico. También las empleadas domésticas. La ficción (ficción burguesa) es que son parte de la familia, pero esa ficción (ficción burguesa) funciona de hecho con los animales también. ¿Parte de la familia? ¿Están ahí porque son de la familia? Conviene esa ficción, porque ayuda a escabullir la realidad de la relación laboral. Es decir, a no pagar cargas sociales, ni aguinaldo, ni vacaciones; y a no indemnizar si llega a haber un despido (porque a esta “parte de la familia” de pronto se la desprende y así sin más deja de serlo).
 
Ahora mismo, en la cuarentena, trascendió que existen casos en los que, remitidas a sus casas, las empleadas domésticas dejaron de percibir la remuneración que les corresponde. Como se van, no les pagan. Están también, y lo hemos visto, las que se quedan. Hemos visto el caso extremo de la empleada-bártulo, esa a la que el patroncito metió adentro del baúl del auto, para luego meterla a su vez en el country. El adentro del adentro del adentro: el baúl, el auto, el country. Para llegar por fin a la casa: la empleada doméstica en el espacio doméstico.
 
Hemos visto también a Juanita, la empleada de Catherine Fulop. Que entró en cuadro por error en el glamour de una filmación casera. De tal modo que repentinamente quedaron, cara a cara, frente a frente, Juanita y el glamour. Entonces Cathy, arrebatada, urgida por la emisión en vivo, forzando risas, la invitó a pasar: le hizo un lugarcito en el glamour, en el cuerpo al sol y al aire libre, para que Juanita, ya que estaba (ya que estaba ahí) se arrimara. Pero Juanita entonces retrocedió (yo creo que hacia la cocina) y pronunció una frase lapidaria, inolvidable: “Yo soy negra”. Juanita se quedó en lo de la señora Cathy, a trabajar la cuarentena entera.
 
Si se raspa, capa tras capa, en el trabajo asalariado del capitalismo, ya se sabe qué se encuentra debajo. Eso otro: la esclavitud. Si se atraviesa la palabra mucama, del castellano al portugués y del portugués al angoleño, ya se sabe qué palabra se encuentra. Se encuentra la palabra esclava. Las capas a veces son más, las capas a veces son menos. A veces hay que cavar más hondo, a veces no tanto.
 
Finale
 
El lenguaje asocia, y entonces uno también. Enclaustrado, evoco los claustros. Y en aquellos claustros, los de mi colegio, ineludiblemente el latín.
 
Domus, domus (femenino de cuarta). De ahí vienen, más previsiblemente, doméstico, domesticar, domesticado. De ahí viene también otra palabra: dominación. Esa palabra: dominación.

Acerca de Martín Kohan

Profesor de Literatura, escritor y crítico literario, Martín Kohan enseña Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde se doctoró con una tesis sobre la representación narrativa de los héroes nacionales; y de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la Patagonia. Ha publicado las novelas La pérdida de Laura (1993), El informe (1997), Los cautivos (2000), Dos veces junio (2002), Museo de la revolución (2007), y Ciencias Morales (2007) por la cual ha obtenido el Premio Herralde de Novela. También ha publicado los libros de cuentos Muero contento (1994), Una pena extraordinaria (1998), y Segundos afuera (2005); y los libros de ensayo Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política (1998) (en colaboración) y Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin (2004). Habitualmente publica artículos sobre literatura en medios académicos y periodísticos.

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