Platón: la alegoría de la caverna

Platón: la alegoría de la caverna Ficciones de la filosofía - Jueves 21 de septiembre, 19h - Auditorio 511

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Diálogo con Pablo Capanna

En el primero de los encuentros del ciclo Ficciones de la filosofía, que propone una aproximación a la filosofía a partir de sus metáforas, el filósofo y ensayista Pablo Capanna dialoga con el público sobre la importancia de la alegoría platónica de la caverna y su presencia en el cine y en la ciencia ficción.

La actividad es gratuita y requiere reserva previa, que puede realizarse a partir del martes 19 de septiembre a las 12 a través de esta página y hasta agotar la capacidad de la sala.

Cueva de las manos (Río Pinturas, Santa Cruz, ca. 7350 aC.)
Atmosphere, de Camille Flammarion (1888)

En la República, Platón compara nuestra vida sin educación filosófica con el vivir prisioneros en una caverna, encadenados e imposibilitados de movernos. Si se liberara a un prisionero –imagina Platón--, éste se resistiría: le dolerían los ojos, se encandilaría, querría volver a las tinieblas familiares y tranquilizadoras. Pero si se lo arrastrara, pasado un tiempo, podría reconocer lo verdaderamente real y sentiría pena por sus antiguos compañeros de cautiverio, que creen que lo único real son ciertas sombras que se proyectan en el fondo de la caverna. Sin embargo, si el prisionero liberado volviera a contarles lo que ha visto, lo tomarían por loco, se burlarían de él y, si pudieran, lo matarían.

La metáfora tuvo una perdurabilidad inmensa en la historia de las ideas, antiguas y modernas, pero también en la imaginación pictórica (los bocetos de Cornelius van Haarlem, de 1602, son un ejemplo), en obras de teatro (como revelan la Winnie de Los días felices, de Beckett, y diversos textos de Luigi Pirandello y Friedrich Dürrenmatt) y, por supuesto, en cine (muchos han visto en la trama de Matrix, de hecho, el núcleo de la alegoría platónica). Cada época ha diseñado su propia “alegoría de la caverna”.

El encuentro busca reflexionar sobre el sentido de la imagen platónica y ponerla en comparación con algunas de sus reformulaciones posteriores: en Aristóteles, Gregorio de Nisa, Giordano Bruno, Francis Bacon y Hans Blumenberg en el siglo XX. Para esto, una versión abreviada del texto de Platón está disponible en esta misma página. En la segunda parte del encuentro, junto al filósofo erudito, escritor y especialista en literatura de ciencia ficción Pablo Capanna, se buscarán los puntos de contacto entre la ficción imaginada por Platón y la trama de algunas grandes obras del cine del siglo XX: desde Andréi Tarkovski a Wim Wenders.

Acerca de Pablo Capanna

Pablo Capanna nació en Florencia (Italia) en 1939, y desembarcó en Buenos Aires como inmigrante cuando tenía diez años. Pasó su adolescencia en Ramos Mejía. Estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires, mientras trabajaba en el Ferrocarril Belgrano y en 1964 obtuvo su título de Profesor de Filosofía. Fue profesor polirrubro en la Escuela Técnica de Ford en General Pacheco y profesor universitario en la UTN, donde dictó Integración Cultural de 1967 a 2004. Todas sus investigaciones las realizó, sin embargo, de manera independiente.

Entre 1971 y 2001 integró el Consejo de Redacción de la revista Criterio. En los años 80 fue columnista en las recordadas revistas de Marcial Souto El Péndulo y Minotauro. Más tarde escribió en Clarín, La Nación y El País de Montevideo. Durante quince años, entre 1998 a 2014, fue columnista del suplemento Futuro de Página 12.

Publicó, entre otros libros insoslayables, El sentido de la ciencia ficción (1966), La tentación de la magia (1995), El ícono y la pantalla. Andrei Tarkovski (2003), Idios Kosmos. Claves para la biografía de Philip K. Dick (2005) y Conspiraciones. Guía de delirios posmodernos (2009).

El texto

Platón, República VII, 514a-517a (traducción de Conrado Eggers Lan)

“—Compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar por encima del biombo. (…) Imagínate ahora que del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.
—Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
—Pero son como nosotros. (…)
—Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, que pasaría naturalmente si les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente volver el cuello y marchar mirando a la luz y, al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado de tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora? (…) Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?
—Así es.
—Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos? (…) Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. (…) Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo cómo es en sí y por sí, en su propio ámbito. (…) Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los años y que es lo que produce las estaciones y los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto. (…) Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus antiguos compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería? (…) Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más honrados y poderosos entre aquéllos? ¿0 más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y «preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre» o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida? (…)  Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol? (…) Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena Intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacía la luz, ¿no lo matarían, sí pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?”

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