Martín Oro y Dolores Costoyas

Martín Oro y Dolores Costoyas Encuentro de Música Antigua - Domingo 2 de octubre, 18h - Sala Argentina

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Un recorrido por las “nuevas músicas” del siglo XVII

Un recorrido por las “nuevas músicas” del siglo XVII europeo, escritas para ser cantadas en lengua romance, capaces de expresar emociones auténticas. El programa “Romances” incluye obras de Monteverdi, Caccini, Marques Lésbio, Piccinini, Ferrari y Kapsberger, entre otros.

Programa

Romances
        
Anónimos del Cancionero musical de Elvas: Que he o que vejo y Pues quexar sé
António Marques Lésbio (1639-1709): Ay dolor, quão mal me tratas
Giulio Caccini (ca.1550-1618): Tu ch'hai le penne amore
Claudio Monteverdi (1567-1643): Oblivion soave
Alessandro Piccinini (1566 – 1638): Corrente XI
Claudio Monteverdi: Si dolce è il tormento
Benedetto Ferrari (ca.1597-1681): Quando prendon riposo
                                    Amor, io mi ribello
                                    Deggio amarvi
Girolamo Kapsberger (c. 1580-1651): Toccata n° 2
Giulio Caccini: Dolcissimo sospiro
Juan Hidalgo (1600-1685): ¿Quién es amor?
J. Ch. De la Barre (1633-1678): Si c’est un bien que l’espérance
Charles Mouton (1626-1710): Sarabande
J. Ch. De la Barre: Quand on vous dit, que l'on vous ayme

Martín Oro (contratenor)
Dolores Costoyas (guitarra barroca - archilaúd)

Acerca del programa

Hacia finales del siglo XVI y principios del XVII, algunos ciudadanos y nobles de la ciudad de Florencia intentaron, a través de elaboradas ideas y numerosas palabras conservadas en gran cantidad de escritos, reconquistar un papel que en realidad la música nunca había perdido y que ya la había caracterizado en la antigua Grecia de Homero, Aristóteles o Platón: mover los afectos. Para los nobles e intelectuales florentinos que fueron apañados por el conde Bardi, la música de su tiempo carecía de esta primordial cualidad. Palabra y concepto ocupaban un lugar secundario en la creación musical. Un fastuoso camino de polifonías y contrapuntos, cada vez más complejo, estaba haciendo que esta música elitista fuese cada vez menos capaz de emocionar.

Uno de los principios más sagrados del grupo de intelectuales de Florencia fue recuperar la capacidad de mover los afectos con suavidad, violencia y sorpresa, utilizando una mínima cantidad de medios sonoros: un instrumento y una sola voz. Otro fue hacer que la palabra se impusiera ante la melodía y la armonía, pasando estas de ser señoras a sirvientas. Con las Nuove Musiche de Caccini (Florencia 1601) se abriría un camino que haría que los corazones de los ciudadanos y nobles de finales del Cinquecento y comienzos del Seicento se emocionaran cuando menos lo esperaban, con los medios más sencillos.

Los compañeros de Giulio Caccini probablemente sabían que en muchos lugares del mundo había alguien cantando al aire sus penas de amor con el único acompañamiento de un laúd o una guitarra, logrando conmover como Orfeo las rocas que tenemos en el lugar del corazón. Catedrales en las que, en medio de fastuosísimas liturgias, surgía el canto de un tono humano en el tablado preparado para la comedia. Reuniones improvisadas en palacios, en las que un cantante, acompañado por sí mismo, acariciaba las almas de los invitados con una nueva poesía entonada, siguiendo la premisa de hablar cantando que Caccini instauró en su innovador libro. Fastuosas celebraciones multitudinarias, nacimientos de reyes, batallas, santos patrones en las que de repente se hacía el silencio y surgía un cantante interpretando un aria virtuosa desde un carro triunfal.

En las calles, corrales, coches de viaje, hospedajes, tiendas de campos de batalla… partiendo desde Italia, las nuevas músicas se extendieron por toda Europa y América como la pólvora, la misma que destruía los sueños que la música contribuía a alimentar. Llegarían así las obras de Claudio Monteverdi, Benedetto Ferrari, Juan Hidalgo, De la Barre, y de tantos otros, para ser interpretadas con uno o varios instrumentos en infinidad de combinaciones. Entre ellos prevalieron siempre los mágicos instrumentos de cuerda pulsada, el laúd, la guitarra, la tiorba o el archilaúd, capaces de acompañar, susurrar, hablar, adornar, emocionar, callar y atravesar junto con el canto, nuestras barricadas construidas para protegernos del arquero más cruel.

Martín Oro y Dolores Costoyas nos llevan por las nuevas músicas del siglo XVII, presentes a lo largo de este programa, a través de las principales lenguas romances que supieron cantar los poetas de esta revolucionaria era, aprovechando las similitudes y contrastes de sus variadas inflexiones reflejadas en música y poesía. La italiana, rápida, adornada, demoníaca o angelical, y no tan alejada de la española, directa, certera, extrovertida, asesina o sanadora. La francesa, lenta, cruel, de extremo refinamiento, torturadora o placentera. La portuguesa, dulce y triste, cariñosa y contemplativa. Quizás sean estos tópicos poco precisos, pero que tienen mucho de real. Así, el exquisito estilo de Caccini o Ferrari nos enfrenta a lo más profundo de nuestro sentimiento. Monteverdi nos habla de nosotros mismos como nadie lo había hecho antes. Hidalgo nos ofrece sus fogosos cantos acompañados por la guitarra, fiel arma de tormento de amor. Desconocidos poetas portugueses nos colman de sencilla melancolía y De la Barre se nos acerca en forma íntima para hablarnos de Esperanza, la única salvación posible de las profundas heridas del niño gigante, leal traidor.

Hoy podemos intentar recuperar la música más emotiva, la que mueve los afectos, la que nos habla cantando de nosotros mismos, como quisieron hacer los miembros de la Camerata Fiorentina tratando de remedar la de los griegos. A diferencia de ellos, disponemos de muchas de las partituras del siglo de las Nuevas Músicas. Poesía con música, que como toda poesía, es atemporal. El canto, sirviéndose de la palabra, parte de lo más íntimo, de la comprensión de la forma y del concepto, para tocar, acompañado del archilaúd y de la guitarra, nuestro punto más vulnerable. Los preludios improvisados y las piezas de Kapsberger, Mouton y Piccinini son también inspiraciones poéticas en las que los conceptos sólo se  despliegan en la intimidad del intérprete y del oyente.

El concierto propone una de las muchas versiones que estos romances en lengua romance ofrecen. La línea de bajo continuo está realizada a partir de los principios básicos del acompañamiento, pero también de acuerdo con las múltiples posibilidades que la notable intérprete conoce y decide realizar. Melodías, palabras, colores, arpegios, armonías, ritmo, cortejan el registro de contralto masculino, quizás el más apreciado por su belleza.

(Texto incluido en el programa de "Romances", del Dúo Oro-Costoyas)

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