Laura Vilte

Laura Vilte Pensando en las infancias: Aprendido y enseñado

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De la memoria a la construcción de la identidad

En el marco de Pensando en las infancias: Aprendido y enseñado, propuesta del Centro Cultural Kirchner en la que figuras de todo el país con trayectoria en el campo de la pedagogía revisitan su propia niñez, Laura Vilte (Jujuy), docente y licenciada en Psicología, trae a la memoria imágenes y vivencias de su infancia y las une a reflexiones sobre esa etapa fundamental de la vida y la construcción de la identidad.

Laura Vilte

Relatos de recuerdos de una infancia en Purmamarca, provincia de Jujuy

Pensar mi infancia me trae una mezcla de recuerdos hermosos que aúnan vivencias colores, olores y sensaciones. Hoy mirarla a la distancia después de tantos años me moviliza mucho.

El pueblo de Purmamarca, provincia de Jujuy, hace 65 años -cuando tenía 5 años- era muy diferente al de hoy. La vida transcurría tranquila y muy conectada a la naturaleza. Nuestros juegos, aspecto muy importante en la niñez, se desarrollaban en ese marco.

Quisiera graficar juegos que ya no se hacen por el ejemplo la “payana” que se jugaba entre dos o tres participantes. Recolectábamos piedritas del mismo tamaño tirábamos una hacia arriba y en ese ínterin debíamos recoger primero dos piedras, luego ir aumentando tres, cuatro etc. hasta que terminábamos el montoncito. Perdíamos cuando la piedra caía fuera de la mano antes de recoger las del montón. Se hacía entre dos o tres chicos o chicas. Había variantes de este juego. Analizando ahora desarrollaba destrezas motoras, de pensamiento para calcular los tiempos y de respeto por el otro.

En mi casa me podían comprar muñecas y pero en el pueblo la mayoría de las niñas no las tenían. Por supuesto ese era el estereotipo de juguete para las mujercitas. Yo prefería jugar con las chicas con las “muñecas de choclo”. Las mazorcas de maíz, a veces, desarrollan en la chala (cubierta del choclo) una formación de hojas compacta las sacábamos y eso se convertían en nuestras muñecas, les dibujábamos caritas, las vestíamos.

Lo más lindo era jugar con los corderitos y cabritos, entrar al corral para tocarlos y mirar sus ojos mansos. Cuando una hembra moría había que alimentarlos con mamaderas improvisadas con un dedo de guante de goma en una botella, esa era una gran responsabilidad. Los mayores aconsejaban no encariñarse con ellos, sabíamos que al crecer serían faenados para el sustento familiar.

Otros juegos los de “aventura” era subir al “Porito” uno de los cerros más bajos del lugar, buscábamos un hormiguero y sobre él hacíamos casitas para las hormigas con piedritas, luego subíamos regularmente a llevarles miguitas y hojitas. Nos fascinaba ver cómo trabajaban y llevaban las hojitas al hormiguero. Podíamos pasar horas mirándolas. En varios terrenos crecen unas plantas que las llaman “bobos” cuando están crecidas se unen por arriba y se forman especies de túneles. Esos túneles nos servían para jugar a las escondidas y a “la casita”. Llevábamos lo que podíamos sacar de nuestros hogares tazas y platos viejos, improvisábamos bancos con piedras grandes. Era nuestro lugar secreto y no temíamos a los insectos que podía haber.

Pero el desafío más fuerte era escalar las montañas, subir al cerro de 7 colores que tiene laderas de arena y bajar sentadas gritando de susto y alegría. Cruzar “filitos” peligrosos en las montañas con miedo, pero así adquiríamos habilidad para escalar. Los colores de nuestros cerros me llenaban de alegría eran parte de mí. Teníamos una pariente que nos introdujo en visitar los “antigales” lugares donde se encuentra rastros de civilizaciones prehispánicas. En general estos sitios se encuentran en lugares altos nos llevaba horas llegar y teníamos muchas fantasías, imaginando a nuestros ancestros andando por ahí…era muy fuerte. En ese momento no comprendíamos profundamente el significado de estos lugares, pero adquirió relevancia más adelante pues fue conformando nuestra identidad.

Cantábamos canciones infantiles que ya se perdieron como “La farolera”, “El puente de Aviñón” (nunca nadie nos explicó dónde quedaba ese lugar) ,“El Antón pirulero”, “El Martín Pescador” y otros. Estos cantos los aprendíamos de mi madre, maestra en la escuela del pueblo, que no era nativa del lugar y venía con otra cultura.

Pocos juegos compartíamos entre varones y mujeres en general solo estos últimos de aventuras. Envidiábamos el juego del “trompo” pocas veces nos lo prestaban y nos costaba manejarlo. Los niños no tenían pelotas improvisaban con pelotas de trapo pero las niñas no participábamos en el peloteo.

Las noches eran mágicas, no teníamos luz eléctrica, usábamos sol de noche, lámparas a kerosene y velas. La red eléctrica llegó muchos años después.  Las chicas y chicos mayores se reunían a contar cuentos de miedo. Yo me sentaba en el medio tenía mucho miedo pero no me iba, me apasionaba escuchar. Así se sucedían los relatos “el jinete sin cabeza” “los aparecidos” “el duende”. Señalaban los lugares por donde solían verlos por ejemplo decían que en el sauce de la plaza aparecía un cura sin cabeza que se podía llevar las personas. El duende era un hombrecito chiquito con sombrero grande que aparecía atrás de la iglesia. Según contaban los mayores, que muchos años antes, allí se enterraban los niños sin bautizar, ellos se convertían en duendes. Los vecinos decían que por las noches no los dejaban dormir. Que los duendes corrían por los techos, las cosas de los patios se caían sin razón alguna. Los duendes se acercaban a los niños y niñas a jugar, ganaban su confianza y se los llevaban. Llegaba el atardecer y temíamos que esos duendes vinieran por nosotros. La oscuridad de la noche daba a estos relatos una fuerte impronta. No quería ir a dormir sola pedía que mis hermanas mayores me llevaran con ellas.

También recuerdo los cuentos de mi padre sobre el Coquena, el ser fantasmagórico que cuida los rebaños de vicuñas y castiga a los cazadores que las matan con armas de fuego. Él relataba que una vez fue a cazar, estaban en una lomada y vieron una manada de vicuñas en un arroyo tomando agua, ellos se arrastraban muy despacio para no ser detectados cuando se sintieron un silbido muy fuerte que las espantó “era Coquena que les advertía”. Mi viejo creía en su existencia. Me contaba de las cantoras del Bobal. Es un lugar donde hay un ojo de agua donde aparece la Salamanca, una fiesta dirigida por el diablo. Unas mujeres iban a cantar allí. Cuando se reunían de día, en los carnavales, nadie las igualaba en cantar. El que más me fascinaba era el cuento del Ucumar, una especie de Yeti que se llevaba a las mujeres y atacaba a los hombres. Cuando se producía una muerte el velorio era casi vedado para los niños, pero espiábamos desde la puerta los rituales que allí se realizaban. Esa noche el miedo a “las almas” era muy fuerte. O sea que nuestros miedos giraban alrededor de seres mágicos presentes en los relatos de la Comunidad.

Merece mencionar la Fiesta Patronal del pueblo en honor a Santa Rosa de Lima. Era un regalo para los oídos y ojos las campanas tañendo, las bombas de estruendo, la música. Venían personas de “los cerros” lugares alejados de la localidad y la plaza se colmaba de gente. La procesión era con todos los Santos de la iglesia, los más chicos llevábamos al Niñito Dios. Estaban presentes los sikuris, banda de varones tocando el sikus, instrumento de viento hecho con cañas, interpretando melodías muy antiguas y la danza de los suris, hombres vestidos con las plumas del ñandú (acá se lo conoce como suri). Se trata de una expresión ancestral que en épocas prehispánicas se bailaba para que haya lluvias y por el sincretismo (asimilación de una cultura por otras o amalgama de dos o más tradiciones culturales) se danza hoy en honor a los santos. Era y es fascinante verlos danzar con tanta fe. Tradicionalmente estos grupos estaban integrados solo por varones, en la actualidad las mujeres empezaron a integrar bandas de sikuris y suris. Signo del empoderamiento de las mujeres que van buscando ocupar otros lugares. También llegaban feriantes vendiendo ropa, dulces, carne y verduras. Ese día nos daban moneditas para que compremos dulces. Otro aspecto fue la adoración en los pesebres de Navidad, todos asistíamos. Con el sonido de quenas, sikus y bombos saltábamos suavemente adorando al Niño. En realidad es una danza propia de la Quebrada de Humahuaca. Entonábamos villancicos muy antiguos. La presencia de la religión es muy fuerte en esta zona matizada con expresiones de los pueblos originarios por lo cual adheríamos con más sentimientos. También explica las posiciones conservadoras que hay sobre temáticas actuales como el aborto y la educación sexual.

A los seis años me llevaron a la ciudad a la escuela porque mi madre, maestra, ya no trabajaba en Purmamarca. Podría decir que eran dos mundos diferentes pero mis raíces eran profundas y anhelaba siempre regresar al pueblo en las vacaciones, algún fin de semana o en las Fiestas Patronales. Cuando regresaba al pueblo y veía asomar en el camino los primeros cerros de colores latía fuerte mi corazón, bajaba del camión de mi padre, corría a buscar a mis amigas y sentía que mi esencia volvía.

El recuerdo más fuerte de la ciudad era cuando, en la escuela, recibí la muñeca que mandó Evita. Era una negrita hermosa con ropa con lunares y pañuelito en la cabeza. Fue en primer grado (1952).  Muchos años después vi una foto en Internet, me emocioné, luego me enteré de que una cuñada la tiene aún guardada como un tesoro. Lamenté no haberla cuidado. Los varones recibieron autitos, camiones y pelotas.

Mis hermanas y yo en la ciudad estábamos al cuidado de un tío que era profesor, a su lado pasamos parte nuestra infancia leyendo. Ninguna de nosotras aprendió a tejer ni a bordar, solo leer. Eso contradecía los mandatos familiares tradicionales de la época pero nuestra madre nos apoyaba, era puro amor. Solíamos subir a los techos de mi casa y de casas vecinas, teníamos allí algún escondite o se convertía en nuestra casita. Sin duda así rememoraba cuando escalaba mis montañas. Otro juego en la ciudad era ser maestra tenía un pizarrón chiquito y escribíamos lo que estábamos aprendiendo. Me encantaba y anunciaba mi vocación futura.
 
Lo más importante de mi infancia fue crecer en un hogar donde la música y las tradiciones eran muy fuertes. Mi padre era originario de la tierra y practicaba costumbres ancestrales. En agosto honrábamos a la Pachamama, la Madre Tierra, ofrendándole los frutos que recibimos de ella es el tiempo de preparación de las tierras para la siembra. Se agradece a la Pacha por lo que nos brinda y se le pide que proteja a sus hijos, que la siembra de frutos, que no falte alimento y agua. Es una ceremonia que se hace con mucho respeto y pone de manifiesto la unión de nuestro pueblo con la naturaleza. 

En febrero vivíamos los carnavales intensamente. No había salas de bailes en el pueblo, mi padre hacía 300 litros de chicha, nuestra bebida ancestral, para convidar a la gente que llegaba todas las noches y un día a la mañana cuando invitaba la familia. La chicha es una bebida hecha con harina de maíz que lleva varios días de trabajo y que se hacía desde épocas anteriores a la colonización. Tenemos un patio amplio allí se reunían las ruedas de copleras y copleros. Desde muy chica escuchaba cantar las coplas. Me contó una coplera, que ya nos dejó, que me tomaba de la mano y me acercaba a la rueda, así aprendí a cantar. La copla viene de España pero fue tomada por los pueblos aborígenes que le dieron sus propias características e instrumentos. Nadie nos enseñó que eran esos cuartetos rimados que entonábamos. Nadie nos explicó que las cantoras y cantores eran verdaderos poetas cuando improvisaban. El sonido de las cajas que acompaña las coplas, instrumento de pueblos originarios, parecido al tambor, retumbaba en el patio y en otros lugares que visitábamos. Mi padre los acompañaba tocando su erquencho (instrumento de viento hecho de cuernos de vaca). En el salón de la casa bailaban él tocaba la mandolina, la guitarra y el bandoneón que aprendió de “oído” no había profesores de música. También toda mi familia cantaba zambas, cuecas y gatos.

Otro recuerdo importante de estas fiestas eran las comidas que hacían mi madre y sus ayudantes para brindar en esas ocasiones. Cocinaban asado de cordero con choclos y papas, la chanfaina una comida que se realiza con los menudos del cordero, papines hervidos con queso de cabra, picante de mondongo y maíz, el mote de maíz que es maíz seco desgranado y hervido. Invitaban a todo el pueblo, sin distinción alguna, con total generosidad en el momento de compartir. En ese medio crecí, con la música, las voces y los aromas de las cocinas.

Otra cuestión era el ejemplo que permanentemente bridaban con la cultura del trabajo. Sembrar, cuidar los animales, vender o intercambiar productos era práctica cotidiana y asumida por todo el pueblo.

Sin duda algunos aspectos no eran tan agradables, las cualidades de mi padre se empañaban por su machismo. Nunca llegó a la violencia física, pero para él y para esa sociedad la mujer tenía que estar al servicio de los hombres. Todas trabajábamos mucho para poder atender a la gente que siempre visitaba nuestra casa. Eso se tornaba en una carga a veces. Su palabra era ley en la familia. Quizá por reacción, en adultas, las tres hermanas asumimos posiciones feministas como como práctica aún antes que este término se socializara.

Le debo a mi infancia el crecer con un padre y una madre que reafirmaron mi identidad y me dieron mucho amor. Nunca me avergoncé de mis raíces. Vivir con orgullo de ser coya, de saber de dónde vengo me hizo fuerte. Cuando fui a estudiar a Córdoba me discriminaron bastante, en un Colegio Mayor donde estuve los primeros tiempos me sentía diferente y así me hacían sentir las otras jóvenes residentes, mi refugio era el estudio así me aislaba de ese medio. En otra pensión una mujer que vivía cerca les decía a las vecinas “tengan cuidado éstas del Norte pueden ser peligrosas”. Yo era muy lectora y buena estudiante así me hice respetar y pude recibirme de psicóloga enfrentando situaciones muy duras. Mis raíces siempre estaban presentes, cantaba coplas y zambas frecuentemente en las peñas y fiestas.  Incluso las canté en las puertas de las fábricas tomadas en la Córdoba de los 70. También aprendí lo que es solidaridad de ellos, que siempre estaban dispuestos a dar una mano y acoger en la mesa a toda persona que lo necesitare.

Repienso mi infancia y comprendo lo importante que es para un niña o niño tener en claro su identidad, crecer en un ambiente estimulante y rodeados de amor. Esta visión de la infancia inevitablemente la hago desde mi experiencia docente.

Cuando tuve que volver a Jujuy por la desaparición de mi hermana Marina Leticia Vilte, dirigente de la Asociación de Educadores provinciales de Jujuy (ADEP) y Secretaria Adjunta de CTERA estaba muy mal emocionalmente. No pude ejercer mi profesión en la psicología clínica. Así que opté por la docencia. En el Profesorado y Secundario hice Psicología Educativa. Trabajaba también en el nivel primario. En los primeros años nos asombraba escuchar en los recreos que el insulto preferido entre los chicos era “sos un coya de mierda” “salí, sos un boliviano” lo decían niños que eran descendientes de pueblos originarios. Nos costó mucho que entendieran que ser coyas era un orgullo y ser boliviano no era algo que mereciera desprecio. En esa época sucedió algo que significó un antes y un después en nuestra práctica docente. Pedí un día las carpetas de séptimo grado para ver que estaba enseñando el docente. Había un papel doblado que creí parte de una tarea, en realidad era una cartita de una alumna que decía “Virgencita del Carmen te pido que me hagas más blanca”. Fue motivo de conversaciones con los docentes ¿que estábamos haciendo para que una nena se avergonzara tanto de su color de piel?

Paralelamente en el Profesorado de Tilcara realizábamos investigaciones sobre la rica historia, las variedades lingüísticas y la geografía de la Quebrada Humahuaca. La historia por ejemplo no aparecía en ningún programa de aula ni institucional. La Comunidad se preguntaba por qué estudiaban sus hijos otras historias y la más cercana era desconocida. Responder a estos requerimientos nos llevó años de trabajo. Iniciábamos un camino para trabajar por la identidad de nuestros pueblos.

Con ese marco teórico en Purmamarca empezamos a estudiar la historia local, el período prehispánico, las culturas expresadas en los antigales, esos que había visitado de niña. La historia del pueblo, sus instituciones, sus tradiciones, sus fiestas, sus ambientes naturales, pájaros, las plantas, las plantas medicinales. Convocamos a personas de la comunidad para que compartieran con los niños sus saberes. Resignificamos las enseñanzas de los abuelos. Era un desafío para que los chicos y chicas valoraran lo suyo, a sus mayores y sus raíces. Después de dos años en ese camino, en un evento que invitaron a la Escuela de Purmamarca uno de los niños empezó la exposición diciendo “soy coya y vengo a contar nuestra historia”. Se nos cayeron las lágrimas de emoción, eso no estaba en el libreto ¡habíamos avanzado!

Por esa época llegó a las escuelas una encuesta, uno de los rubros pedía consignar la cantidad de alumnos pertenecientes a culturas aborígenes. Eso se discutió en todos lados, parecía que en Jujuy no teníamos niños aborígenes tal era la negación de la población en general. Ser aborigen era un estigma. Un colega en una escuela cercana les preguntó a los niños “quien de ustedes practica el ritual de la Pachamama” todos reconocieron que lo hacían. Así consignó que eran originarios, fueron las dos primeras escuelas de la Quebrada que mayoritariamente respondieron que tenían niños aborígenes.

El tema de la identidad atraviesa toda la enseñanza y es central en el crecimiento de los niños y niñas. Siempre nos preguntábamos por qué los niños no hablaban en clase. Al entrar al Jardín llegaban contando su cotidianidad con fuertes y emotivas imágenes, poco a poco se volvían parcos en su expresión. Consideramos que su lengua materna no era abordada seriamente por los docentes, no la reconocían y desvalorizaban. ¿Cómo afecta en la imagen que tiene un niño de sí mismo, en su autoestima, que lo avergüencen por su habla? Opta por decir poco y pobremente. En el transcurso de la escolaridad al no tener en claro que la lengua oral va por un camino y la escritura por otro crecen con un habla híbrida que los sigue discriminando. Esto no solo se da en poblaciones aborígenes la expresión oral, la consideración de las variedades lingüísticas no son parte de la currícula de formación docente, por lo tanto no están capacitados para enfrentar esta problemática. Lo terrible es que a veces maestras y maestros se frustran y brindan poca empatía a los chicos. Cuento una situación que refleja esta situación. Una maestra me dijo que tenía rechazo con unos alumnos porque no conseguía que “aprendieran” Se trataba de niños que venían caminando tres kilómetros, en invierno llegaban con sus caritas pasmadas, sus mocos cayendo. Sin duda percibían el rechazo de la maestra y se bloqueaban. Hablamos mucho le agradecí su sinceridad pero nos dimos una estrategia, compramos cremas para sus caras y manos, los rodeamos de afecto. Poco a poco el clima áulico mejoró y avanzaron en su aprendizaje. Su autoestima se estaba recuperando.

Nos dimos cuenta cómo desde los libros, las láminas que se usaban mostraban una realidad tan diferente a nuestras regiones. Aprendían la palabra mamá con una lámina de una mujer rubia de ojos celestes. Esa imagen nada tenía que ver con nuestras madres de piel morena curtida por el sol y el trabajo. Quizá los chicos miraban luego a sus madres con algo de vergüenza. Todo afecta la identidad en la infancia limita el poder crecer fuertes, plenos de alegría y estimados. Se nos imponía empezar a regionalizar contenidos y materiales.

Hace 17 años se declaró a la Quebrada de Humahuaca Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad. Esto acarreó consecuencias positivas y negativas para el territorio. Trajo algo de desahogo económico por el incremento de la actividad turística, casi toda la población se abocó a la venta de artículos regionales. Pero los beneficios mayores fueron para los grandes capitales que instalaron hoteles que cotizan en dólares, para posibilitarlo se vendieron terrenos de valor incalculable desde lo patrimonial, por lo que significa la tierra. El espíritu comercial se instaló fuertemente en el modo de vida de la comunidad. Poco a poco se empezaron a perder valores que teníamos como originarios, como la solidaridad, el compartir, la cooperación. El individualismo primó. Pocas personas quieren participar de la Cooperadora, de los Centros comunitarios “no hay tiempo”, aducen. Los niños ya no son atendidos suficientemente por sus familias que están en la venta en la plaza y locales desde las 7 de la mañana hasta las 8 de la noche. Desde entonces el insulto de un niño a otro es burlarse porque no tiene un cero kilómetro. Las repercusiones de esto es que estos niños al estar tan desatendidos al llegar a la adolescencia no respetan la autoridad de los padres, madres y docentes. La llegada de muchas personas de otros lados fue cambiando la población.  Muchos alumnos vienen de otras culturas, la diversidad en un aula enriquecería los procesos educativos pero los procesos educativos están tomando otros derroteros. La educación basada en cartillas ajenas a lo nuestro, el internet no encauzado ya no incluye rescatar valores preexistentes. Los niños y jóvenes quieren parecerse al rubio y blanco que llegó o los modelos que le venden los medios televisivos Ese conflicto en su identidad los pone en inferioridad de condiciones y no encuentran el norte en sus vidas. La droga y el alcoholismo cunden. Los docentes, padres y autoridades se preguntan por qué esta situación. Nuevamente el tema de la identidad está sobre el tapete quizá su resquebrajamiento lo explicaría, sería un campo interesante a investigar.

Cuando hablamos de identidades nos preguntamos y reflexionamos qué relación tiene esta problemática con la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo por recuperar nietas, nietos y devolverles su identidad. Todos los niños y niñas tienen derecho de conocer su identidad, cuáles son sus orígenes. A ellos les fue negada por el poder militar que los apropió. Adherimos y valoramos a esas valientes mujeres que levantaron las banderas de la identidad como derecho. En el caso de los pueblos aborígenes en algunas comunidades la violencia es fuerte están muriendo porque pierden su tierra, por que mueren por hambre, porque se contaminan sus aguas y por supuesto su identidad es desvalorizada y despreciada. En otras comunidades, como la nuestra, la apropiación es casi intangible, es una violencia no visible es negar la cultura e ir borrando su existencia de alguna manera.

En el Profesorado intentamos establecer puentes entre estas luchas para que los futuros docentes entren en las aulas con otra mirada. En nuestro caso incidir para que la rica identidad cultural no se pierda. Procurar que niños y jóvenes no se avergüencen de sus padres campesinos, de sus padres copleros, de sus padres pastores. Crecer fuertes les posibilitará enfrentarse a las adversidades y defender sus derechos.

Por supuesto que hablar de identidad alude a un espectro muy amplio, identidad cultural, identidad familiar, identidad sexual. En lo que hace a la identidad sexual desde siempre nos encontrábamos con niñas y niños “diferentes” y pocos docentes podían, desde una mirada seria, abordar la problemática, evitar la discriminación y burla entre los alumnos. A lo sumo contenían desde el afecto y lo humano. Por eso valoramos que hoy se implemente, en casi todo el país, la ESI. En Jujuy no se pudo implementar, las autoridades educativas cajonearon los materiales debido a concepciones muy conservadoras.

La infancia es una etapa crucial en el crecimiento. Es donde se construyen los cimientos para la futura personalidad. Si esos cimientos son sólidos, si les chicos son respetados, si se afianza su identidad, si el amor les rodea, tendremos jóvenes y adultos más estables. Debemos soñar un mundo donde la infancia tenga el lugar preferencial en las políticas de Estado que garantice todos sus derechos, derecho a la alimentación, a la educación, a la salud y sobre todo a jugar.


Laura Beatriz Vilte

Acerca de Laura Vilte

Laura Vilte nació en 1947. Es Maestra Normal Nacional y licenciada en Psicología. Se desempeñó como directora de EGB 1 y EGB 2 en la Escuela Nº 21 “Pedro Goyena”, profesora en el Instituto de Formación Docente N°2 y profesora de Psicología General en el Bachillerato N° 18 (Jujuy). Participó del Programa de Intercambio de Directivos de Escuelas primarias y Secundarias “Liderazgo Educativo y Cooperación: un espacio de intercambio sin fronteras” en Estados Unidos de Norteamérica (Ministerio de Educación de la Nación), integró el Seminario de Organización de las “Primeras Jornadas Provinciales de Educación Intercultural en Jujuy”, fue coordinadora del Departamento de Capacitación del I.F.D.C. Nº 2 de Tilcara. Su ponencia realizada en el Seminario Internacional sobre políticas de Formación docente fue incluida en el libro editado por FLACSO La formación docente. Cultura, escuela y política. Debates y experiencias (Troquel, 1998). Fue en dos oportunidades panelista en la Feria Internacional Del Libro de Buenos Aires (en 2004 con “El derecho a la educación como derecho público” y en 2006 con “La Diversidad cultural en un Proyecto Institucional”).

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