Dani Umpi: episodio 1

Dani Umpi: episodio 1 Diarios: narrativas desde el aislamiento

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Episodio 1: “La soga mística de Las Distintas”

¿Dónde ha quedado la alegría gay? La sonrisa que flameó históricamente como bandera de la resistencia de Las Distintas hoy está en pausa. Dani Umpi se atreve en este texto oscuro y a la vez candoroso a explorar el pozo de la angustia. El balance de lo vivido, lo que falta, la edad y las fases de la depresión conforman este literario descenso al aislamiento y a la tristeza.

No me ha florecido el optimismo que tenemos Las Distintas, algo por lo que durante décadas he ejercitado y supo ser el único recurso a mano, certero, aceptable, barato y bien visto para circular con dignidad. Es algo que generalmente hacemos Las Distintas, tener guardada una semilla de optimismo aunque sea en el fondo de nuestra cara amarga. Lo sé porque soy de Las Distintas Darks que sonríen bien. Hay que sonreír siempre, así se puede soportar la vida. No lo aprendí en la iglesia, donde decían que la vida era una larga prueba. Me lo enseñaron Las Distintas que desde chicas ya lo saben pero no lo dicen porque puede ser que sea algo errado y, a la vez, “el que sabe, no habla”. Ja.

Tengo cuarentamil años y estoy dioso. Cuando alguna otra Distinta me comenta que los de nuestra generación están hechos mierda salvo nosotras, asiento como si nada, hago chistes, digo “lo único que hay que hacer es ser gay, no tener hijos, no comer harina y no tomar alcohol, ja”. Generalmente se ríen. La gente es mala. La gente es miedosa. Las Distintas lo sabemos pero no nos sirve de mucho.

En la cuarentena se me desapareció el optimismo y volvieron mis fantasmas más viejos, esos que ahora no los puedo contar en voz alta porque hay que tener consciencia de todo, principalmente Las Distintas. Mis miedos fueron siempre los mismos: la locura y la indigencia. Como si fuesen definibles y precisos, sin grises, excepcionales. En esa ceguera de privilegios, diría ahora, la muerte era una solución fantasiosa, infantil: ¿y si pasa tal cosa? Me mato. “Me mato” como solución a todo. Terrible y gracioso. Muro y motor. Sobre todo motor porque siempre fui pobre, estuve sola y sin nada que perder, como todas Las Distintas, así que si algo fallaba, ¿qué podía hacer? No sé, me mato. Ese era mi razonamiento. ¿Y ahora? ¿Llegó el momento de matarme? ¿Puedo retomarlo como excusa para seguir, para volver a sentirme adolescente?

Vivo con tres amigos en una casa hermosa. Los tres somos gays y soy el más viejo. Como tengo mi taller en Once y, generalmente, me quedaba a dormir en casa de mi novio, durante los últimos años no había estado tanto tiempo en este hábitat acarreado en el que estoy ahora. Siempre quise tener el taller fuera de mi casa, inventarme un horario, pasármela allí y volver a dormir a un sitio donde no haya nada de laburo. Siempre quise vivir del arte, que coleccionistas que no conociera compraran mis obras, hacer muestras, ferias, viajar. Pensaba que era imposible y, no, se pudo, finalmente fui un freelancer precarizado. Somos millones, haciendo lo que podemos con nuestros celulares de mierda, esperando comprar un monoambiente. Es uno de los destinos más comunes entre Las Distintas. Y, de repente estoy con la cama tan cerca y el ánimo tan horizontal que ni me sirve el tratamiento más común del mundo: citalopram y clonazepam. Nada. Me puedo deprimir como en mis mejores épocas, quedar en el aire, verme de cerca y de lejos, mientras la espalda traspasa la sábana y el piso.

¿Y qué veo? Que vivo como un viejo. Tengo una biblioteca, un sillón, una lámpara de pie, un escritorio, una silla, una bata, té, más o menos la misma ropa hace diez años y una cama espectacular, peligrosa, que si caigo en ella no salgo más. Le dicen “estabilidad”. Y ahí la voy llevando. O sea, inconscientemente me armé un bunker como el de Cloverfield 2 pero sin latas de comida. Eso lo había hecho en mi último depto de Montevideo. Tenía muchísimas latas de comida. Ahora sólo tengo un gran surtido de jabón, pasta dental, ansiolíticos, antidepresivos y papel higiénico.

Estoy atrapado en mi cama con mis miedos, la gran trampa, viendo en redes como las otras Distintas logran coordinarse y poner en práctica esta mise-en-scène de salvación ante la pérdida de autonomía, aferradas a un paquete de fideos.

Cada depresión que tuve fue igual y diferente, como una obra de Gran Arte que interpela a cada nueva generación de espectadores, sugiriendo nuevas respuestas e incógnitas. De todas zafé como una buena Distinta, con estrategias interesantes e incluso en algunas di un salto. La depresión veinteañera fue la mejor, la más cinematográfica, porque pacté con el Diablo. Ja. Estaba muy pobre, me llevaba horrible con una especie de novio, trabajaba en una casa de cambio sin posibilidad de ascender y no veía ningún tipo de futuro. No me servía para nada haber estudiado con buenas notas que ni les interesaban a mis padres. Sentía que me moría ahí mismo. Así que me fijé en Internet, hice una ceremonia muy emotiva y dije, bueno, ya está, de ahora en más todo va a ser en nombre de Papi. Y fui la más distinta de todas. A veces lo llaman “crecimiento personal” a eso. Nunca se sabe cuánto tiempo dura. Siempre está la posibilidad de volver a la regulación por la vía rápida de mirar series, programas de cocina o participar en alguno.

Mis compañeros de casa. Uno es diseñador de indumentaria, da clases, tiene clientas, alumnas, amigos, transmite por Instagram, borda, cose, escucha música, cocina bárbaro, se ejercita subiendo y bajando escaleras, limpia, lo llaman al celu todo el tiempo, en fin, dioso. El otro es un twink millennial muy brillante y curioso, que me pone al tanto de todos los temas y discusiones en los que andan Las Distintas de ahora, así que me entero al segundo de todes les que recientemente han sido cancelades, más lo que hacen Oriana Junco, Samantha Hudson, 100 gecs, Rico Nasty, Isabella Lovestory, Fecal Matters, Mabel, Dorian Electra, Jefree Star, Dyhzy, Ofelia, Allie X, Bad Bunny, Kim Petras, Contrapoints, James Charles, los líos de los traperos, las influencers y youtubers, la alianza de Leonor Silvestri con Cañete, el hyperpop... en fin, como que me hace sentir actual, hacer lives en Instagram, enriquecer las teorías de que Grimes dio a luz al Anticristo, cosas por el estilo 2020. Descubrí que mi casa es súper efervescente. Optimista. Sólo tengo que abrir la puerta del dormitorio.

Ellos no saben que estoy muy deprimido en mi cama ni que en mi juventud hice un pacto con el Diablo. Lo tengo guardado en mi habitación. Un amigo me dice “no estés tan en la rosca”. Mi abuela, por teléfono, desde Tacuarembó, donde no llegó el Corona, opina “no pienses tanto”. Dejar de pensar que estoy mal y verlo como que me la paso tirado en mi cama calentita regodeándome en lo que se me antoja, sin teletrabajar. Miedo. Las Distintas lo enfrentamos pero está el problemita de ahogarse en las emociones. Se me perdió el plan y somos demasiadas en la misma, tratando de improvisar en la inmovilidad.

Hablo por teléfono con Marina Fages y me da consejos: levantarse, hacer la cama, calzarse. Es increíble que no pueda hacer eso cuando siempre fui una Distinta que podía ir de acá para allá, viendo qué pinta, sino otra cosa, sino, bueno, me mato. La indigencia seguro llega. ¿Y la locura? En la iglesia aprendí que el pecado es una locura transitoria, una desconexión con nuestro propósito. ¿Fue en la iglesia o con Las Distintas?

Mis crisis siempre juntaron algo existencial con algo económico. Por eso recuerdo lo del pacto. Aquella acción contrainiciática me dio mucha fuerza. ¿La armonía es equilibrio? Pensar la muerte más simbólicamente, como ese lugar donde, si no hay nada, hay todo. Porque Lucifer es la luz en la oscuridad. Porque siempre hay oscuridad. Porque no se puede controlar la oscuridad ni perder el miedo enfrentándola. Porque lo más real es lo que existe sin luz que ponga claroscuros, perspectivas. Porque hay que meterse y un paso ya es camino. Porque los santos no se mueven: contemplan, esperan esperando en la seguridad de haber sido elegidos. Porque Las Distintas siempre se la rebuscan. Porque el primer hijo debe escapar de la familia. Porque inventamos razones para vivir. Porque la soledad es una escucha insoportable de mí mismo prisionero en el pensamiento. Porque afuera hay un sistema más grande, en proceso, todo mezclado. Porque la depresión es un estado de alerta que no puede volverse crónico. Porque hay que salir de la cama, hay que salir del cuarto, de lo literal. Porque el nido forma al pájaro. Porque mi abuela tiene razón.

Mi territorio. Mi pandemia. Mi dolor. Mis reglas. El problema es que es un dolor difuso, no tan puntual. Y si el dolor protege o ensordece la parte dañada mientras se busca una cura, estar encerrado y no saber exactamente de dónde viene el dolor no deja ver los caminos, las salidas, las posibles estrategias, las posibles semillas de optimismo en el piso. Sin embargo el recuerdo del pacto de estos días no fue casual porque generalmente se pacta en una intersección, en los cruces de caminos, en las dudas. Unas brujas suecas usan un ritual muy hermoso: desarman un reloj y en la ceremonia tiran sus piezas por ahí. Lo rígido se quiebra y hay que hacer una nueva combinación, en este caso con elementos nuevos (por ejemplo un virus). ¿No es eso lo que siempre hicimos Las Distintas?

El cambio puede que sea lo único estable, pero encerrado y en la cama es difícil hacer una cartografía de lo que viene, seguir un ritmo, más aún, inventar una nueva narrativa. Puede que el futuro ya tenga un nuevo orden narrativo, que ya haya comenzado hace tiempo y ahora simplemente se acelera. Puede que estemos en medio de un salto. ¡Qué fuerte esta generación mía que pasó por tantos estados y, aunque siga acarreando hábitos analógicos, podemos seguir con un tapabocas! Es el optimismo de Las Distintas que le enseña al resto. Sonriendo, regias con nuestros fantasmas viejos, con nuestros libros de papel y nuestros silloncitos. Indigentes y locas. Así que ya sé de qué hablar la próxima vez que otra Distinta me saque el temita de lo hecho mierda que está el resto. Porque el daño físico se regenera, el emocional se rehabilita, el espiritual se rescata. ¿Llegó el momento de matarme?

Acerca de Dani Umpi

Dani Umpi es un artista uruguayo nacido en 1974. Reside entre Montevideo y Buenos Aires, y su creación se manifiesta en diferentes soportes, con especial hincapié en las tradiciones de la cultura queer. Como músico editó los discos Perfecto, Dramática (junto al guitarrista Adrián Soiza), Mormazo y Dani Umpi Piano. Vol I – Vol II (junto al pianista Álvaro Sánchez), Hijo único (junto a Sofía Oportot e Ignacio Redard y Lechiguanas. En el ámbito de la literatura es autor de las novelas Aún soltera, Miss Tacuarembó (llevada al cine por Martín Sastre en el 2010), Solo te quiero como amigo y Un poquito tarada; los libros de cuentos Niño rico con problemas y ¿A quién quiero engañar?; el libro de poemas La vueltita ridícula y el libro infantil El vestido de mamá, junto al ilustrador Rodrigo Moraes). Como artista visual cuenta con una obra presentada regularmente en Latinoamérica y Europa, y participó en la Bienal de São Paulo 2010 y en la Bienal de Montevideo en 2012.

Acerca de Diarios

Diarios es un registro colectivo, literario y documental producido en situación de pandemia. Escritores y escritoras convocados por el Centro Cultural Kirchner producen durante cuatro semanas textos en torno a un asunto, un personaje, una preocupación real o alucinada. En esta segunda entrega, entre mayo y junio, escriben de viernes a martes Ariana Harwicz, Juan Diego Incardona, Dolores Reyes, Romina Paula y Dani Umpi.

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