“El cuerpo que habitamos, el cuerpo que mueve el mundo”

“El cuerpo que habitamos, el cuerpo que mueve el mundo” Escribimos el mundo

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La mirada de Laura Contrera sobre Nosotras movemos el mundo

En el marco de la propuesta Escribimos el mundo, que adelanta las crónicas escritas a partir de las experiencias vividas durante las jornadas multidisciplinarias Nosotras movemos el mundo, se ofrece a continuación un texto de la filósofa y abogada Laura Contrera, que nos recuerda que los espacios públicos albergan historias familiares y descubre, en su primera visita al Centro Cultural Kirchner, las huellas de la construcción de una cultura política.

El cuerpo que habitamos, el cuerpo que mueve al mundo

Los territorios/cuerpos se habitan y los espacios públicos, como el Centro Cultural Kirchner, generan tramas que ponen en juego historias personales, procesos político culturales y militancia.  En esta crónica, Laura Contrera nos cuenta como en la semana del 8M pudo juntar todo en un mismo puño, y como todavía se mueve en ella lo vibrante de la experiencia compartida.

(Para Juanita Emilia, que cosía y cocinaba)

Escribo esto en un mientras tanto que recordaremos siempre, imagino. Me refiero al aislamiento social, preventivo y obligatorio dispuesto por el Gobierno nacional debido a la pandemia global del COVID-19. No quiero que esta sensación que fluctúa entre la ansiedad y la angustia por la vida de todes y la preocupación por las tareas cotidianas de producción y (re) producción de mi vida tomen este breve texto que acepté escribir con tanto entusiasmo. No sé si lo lograré, no puedo prometerlo. Pero hay algo en la invitación a escribir que me conmueve: “nosotras seguimos moviendo el mundo, aún en estos momentos en que pareciera estar quieto”, dice el correo electrónico. La frase me recuerda un poco al convite para participar del evento y la promesa de hablar de cuerpos junto a otras personas activistas. Quiero retener esas sensaciones, así tal vez me resulte más fácil llevar estas palabras hasta su destino.

Lo confieso: cuando te invitan a un evento, además de qué importa quiénes y a dónde te invitan, una siempre mira el título de la convocatoria, como buscando ahí una clave y una guía para la participación. La invitación provenía de compañeras del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación y era para la semana que conmemoraría el 8M en el Centro Cultural Kirchner: movemos el mundo con nuestros intercambios, decía. ¿Y sobre qué íbamos a intercambiar ideas un puñado de activistas de la diversidad funcional, corporal y sexo-genérica? Sobre el cuerpo que habitamos. Había ahí una poética interesante: pensé en el cuerpo que habito, como primer territorio, y, a continuación, pensé el cuerpo que habitamos, en plural. Por supuesto que dije que sí, casi de inmediato. Aunque la cita fuera el 7 de marzo. Dije que sí al debate, aunque fuera a dos días de la eclosión feminista en las calles.

La semana del 8M siempre es agitada para mí. Desde hace algunos años, participo con parte del colectivo que integro, el Taller Hacer la Vista Gorda, de las asambleas preparatorias del paro y movilización. Febrero y marzo se caracterizan desde entonces por un sinfín de reuniones, mensajes en grupos de WhatsApp y cadenas interminables de mails con documentos de texto de varias páginas. Es como un vértigo constante, un vórtice que te empuja –no sin discusiones, debates interminables sobre consignas y pasiones encendidas– a ese punto cúlmine que es la marcha, el encuentro y celebración de los cuerpos en la calle. El lugar adónde nos lleva el deseo es también donde ratificamos que sí, en efecto, somos quienes movemos al mundo, como dicen las consignas feministas.

Vuelvo al relato. Dije que sí y el día llegó antes de lo pensado. Me recibió la bella monumentalidad del Centro Cultural Kirchner, al que entraba por primera vez, lleno a más no poder de público, de libros, de fanzines, de activistas, de amistades, de obras de arte en todos los formatos posibles. El bullicio y la sensación de que estaba todo bien aun dentro de esa masividad me pareció una previa excelente para la marcha que se haría el día 9. Me detuve especialmente en la Feria del Libro Feminista: había tantas editoriales y publicaciones amigas que no me alcanza el texto para nombrarlas a todas. Sólo diré que me quedé charlando con la gente de Alcohol y Fotocopias, Profundo, Madreselva, Puntos suspensivos, Hekht, entre otras, comprando materiales y planeando mil cosas, políticas feministas, queer y punks para amanecer en un mundo nuevo cada día. Después fuimos con Nicolás Cuello a exorcizar el temor escénico en la muestra “Políticas del deseo: para todes, tode”, donde también había obras de amigas y afines. Pero el tiempo se agotaba. Había que hacer fotos y una breve entrevista también.

Casi lloro cuando entré para sacarme las fotos a la sala que Eva Duarte ocupó, para trabajar con su Fundación, en 1946: mi abuela Juanita hubiera estado orgullosa de mí, además de apreciar el mobiliario histórico que allí se conserva. De estar aún en este plano, seguramente hubiera hablado de los modelitos de Paco Jamandreu –que admiraba como buena costurera que supo ser– y hubiera vuelto a contar cómo mi abuelo le escribió a la Fundación para pedirle un techo para su familia ampliada con los cuatro hermanitos menores de ella, recientemente huérfanos. Y que esa casa fue nuestra casa en Ciudad Evita, La Matanza, el barrio obrero modelo que Evita no alcanzó a terminar y al que los militares le cambiaron varias veces el nombre.  Con todas las contradicciones posibles y esperables, el peronismo se trama en mi historia familiar de un modo tal que no puedo hacerle justicia a quien soy sin dar cuenta de la máquina de coser de la Fundación que proveyó de ropa a mi papá y a sus siete hermanes en Laferrere, del tío materno que detesta llamarse Juan Domingo o del orgullo que significó para mi abuela Juanita (una adolescente que vino de Entre Ríos a trabajar “cama adentro” a la Capital), tener una hija abogada: mi mamá, que se casó con ese marroncito de Lafe que también devino abogado, laboralista para más datos. Con el tiempo aprendí a conjugar la justicia social de distintos modos y que la historia del movimiento obrero peronista o del derecho del trabajo no puede entenderse sin el anarquismo o el socialismo previos. Bueno, más del anarquismo, pero esa es otra historia.

Me fui por las ramas, lo sé: quiero contarles lo que pasó en la charla antes de que se termine la página. “Cambiar la forma de mirar, de juzgar, de desear. Cambiar las publicidades, los patrones y los modelos hegemónicos. Resistencias, debates y desafíos para cambiar la norma y no los cuerpos”: esa era la propuesta. La sala estaba tan llena que muchas personas se sentaron en el suelo. Me dio alegría encontrar rostros amigos y de otres activistas en primera fila (Leo y Vero de Madreselva, Juan de Ruidos en el fondo, Flor Lico, Fran de Orgullo Loco, Rocío del Taller Hacer la Vista Gorda, entre otres). Nos presentó Mavi Aguilar y hablamos en orden Andrea Rosa Grassia, yo, Nicolás Cuello y Florencia Chistik.

Reviso mis apuntes de ese día y recuerdo que al principio planteé la paradoja de hacer legible este cuerpo gordo que habito en términos de derechos: derechos negados, que no me son reconocidos o que son menoscabados. Tanto hablar de derechos y reconocimiento que perdemos el cuerpo, esa es la paradoja. Aunque parezca imposible perder de vista este cuerpo gordo violentado, patologizado, discriminado, estigmatizado, menospreciado, entendido como fallido, abyecto, enfermo, a punto de morir, merecedor de la destrucción y de la desaparición como un exceso, un desborde. Hablé de los puentes que enlazan al activismo gordo con el activismo trans, intersex, diverso-funcional o de la neuro-diversidad. Describí esos activismos como una experiencia de afectación colectiva de quienes hablamos de derechos porque no podemos escapar a las marcas de la violencia que llevamos impresas en la carne. Pero que, al encontrarnos, pensamos nuestro cuerpo como un lugar posible de politización, no sólo el lugar de la herida, de la gordofobia como una experiencia individual traumática, sino como una matriz de opresión compleja e interseccional. Por suerte después de mí hablaba Nico, que pudo plantear con contundencia que, más que la gordofobia, lo preocupante es el privilegio de la delgadez y de lo magro. Recordé que quienes también provenimos del feminismo intentamos hacer esta pregunta sobre el cuerpo en términos de derechos, para hacer legibles nuestras demandas –acceso a la salud, al empleo sin discriminación, por ejemplo–, pero que no olvidamos inquirir sobre los cuerpos mismos del feminismo. No estaba inventando nada, son preguntas que cada tanto se plantean históricamente, como lo hizo al feminismo negro, chicano, lésbico y bisexual o lo hace hoy el feminismo marrón, sudaca o trans, para poner de relieve lo que se invisibiliza o no se nombra. Me emocioné mucho con la charla y propuse discutir lo que el activismo gordo tiene para decir sobre el neoliberalismo magro y sus políticas de ajuste popular o sobre inseguridad sanitaria y alimentaria. Pensaba que debemos imaginar todes juntes una justicia social y una autonomía corporal que no esté basada en la estigmatización (ni desaparición) de una variación corporal como la gordura. Y que es necesario que discutamos esto con los movimientos sociales y políticos, en vistas a la Argentina que se viene por los próximos años.

Después de la primera ronda seguimos hablando sin órdenes preestablecidos, porque no hacía falta. Se armó debate con personas que politizan e interrogan todos los días los límites de la normalidad corporal y de la salud mental. Y también con otras que, quizá, se asomaban a las discusiones activistas por primera vez. No puedo reponer acá la variedad de las intervenciones porque me quedé sin espacio: sólo voy a decir que fue tanto el entusiasmo que nos faltó más tiempo. Nos quedamos con ganas de articular más espacios de encuentro y no podíamos parar de hablar a la salida en los pasillos enormes y bulliciosos del centro cultural, donde estaban pasando tantas cosas al mismo tiempo.

El Centro Cultural Kirchner fue una fiesta toda esa semana. La marcha también fue vibrante. Conservar algo de la cadencia de esos días me sirvió para aguantarme las ganas de salir a la calle el 24 siguiente o de ver las imágenes maravillosas de la plaza estallada por el pueblo. Desde el activismo de la diversidad corporal no desconocemos lo hermoso que sucede cuando mucha gente se junta, pero sabemos que un puño que se levanta en la soledad, la postración o la enfermedad también está haciendo algo significativo. Quienes eludimos cada día el mandato de extinción neoliberal sabemos que es posible alumbrar miles de posibilidades dentro y fuera de nuestros corazones. Ojalá les haya transmitido algo de la belleza del día que me tocó vivir en el Centro Cultural Kirchner y que eso les impulse a imaginar cómo seguir moviendo hacia otras dimensiones un mundo en impasse.

Acerca de Laura Contrera

Feminista, activista por la diversidad corporal y sexo-genérica, Laura Contrera nació en 1977, en la provincia de Buenos Aires. Profesora de Filosofía, abogada y doctoranda en Estudios de Género, vive actualmente en la Ciudad de Buenos Aires.

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