“Desde lejos sí se escucha”

“Desde lejos sí se escucha” Escribimos el mundo

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Laura Pensa reflexiona sobre la charla abierta de Lucrecia Martel

Escribimos el mundo, el adelanto de las crónicas escritas a partir de las experiencias vividas durante las jornadas interdisciplinarias Nosotras movemos el mundo, presenta un texto de la antropóloga Laura Pensa sobre la charla abierta que la directora y guionista de cine Lucrecia Martel ofreció en la Sala Argentina el 7 de marzo.

Desde lejos sí se escucha
 
El ánimo de participar no conoce de distancias. Lucrecia Martel plantea un cambio de eje en el proceso de pensar el material necesario para hacer cine, y en total consonancia Laura Pensa cuenta desde Michigan (E.E.U.U.) como fue escuchando y poniendo acentos en una de las charlas más concurridas del encuentro en el Centro Cultural Kirchner en conmemoración de la mujer trabajadora en este 8M.
 
Nunca estuve en el Centro Cultural Kirchner. Antes no tenía tiempo, y luego ya no tuve cómo. Casi diez mil kilómetros de distancia existen entre el viejo edificio del correo y el pueblito al norte de los Estados Unidos desde donde escribo. Todo lo grandioso de ese lugar me es ajeno, pero lo imagino. La experiencia de pasar los umbrales y sentirse chiquita, darle a la vista un recorrido circular, escuchar los propios pasos, no saber quizás por dónde empezar. En mi departamento mucho menos espectacular tampoco sabía muy bien por dónde. Sólo había visto videitos en Instagram del más hermoso evento de poesía (ya!). Le pasé el link de la charla a mi cuñado vía Whatsapp, en San Telmo y Michigan dos termos y mates listos para arrancar. La diferencia horaria me confunde, pero puedo decir que la charla se hizo esperar unos veinte minutos. También, que valió la pena la espera.
 
Cuando entró Lucrecia al escenario, yo iba por el segundo estante de libros en pleno proceso de selección dolorosa: lo imprescindible para terminar la tesis a la valija, lo reemplazable a las cajas. Tenía un incierto entre las manos cuando apareció por la derecha de mi pantalla. Impecable. Chaqueta y pantalón negros, sus anteojos, zapatos rojos. Yo, en pijama, sin saberlo anticipándome al look ahora general. Lo primero que hizo fue decir que ese día –7 de Marzo–  algunas de nosotras festejábamos algo. Le aplaudí a mi mesita ratona, un aplauso ridículo que se unió a muchos otros en la Sala Argentina. El día de la visibilidad lésbica –recuerdo de la Pepa Gaitán y celebración de nuestras existencias lesbianas– no significa nada en el país en que resido pero recordarlo en la distancia me hace sentir en casa.
 
Sé muy poco de cine, soy antropóloga pero de alguna manera como ella, escribo historias. Por eso cuando marcó la cancha diciendo que nuestra manera –occidental, moderna, blanca, etc– de percibir el tiempo define todas las experiencias de la práctica humana, y mencionó a la nación Aymará, que contempla su pasado hacia adelante y el futuro desconocido hacia atrás, supe que todo lo demás iba a ser igual de bueno. Es posible que en ese momento haya estado guardando los libros de tierras altas, una modesta colección de estudios contemporáneos e históricos sobre personas que han pensado y piensan todo de otra manera. Es posible que haya armado esa escena en mi mente después, siguiendo con la teoría de Martel acerca del montaje afectivo de los recuerdos.
 
Ella le hablaba a los amantes del cine, no sé si puedo incluirme en esa categoría, el cine es una cosa muy grande, a mí más que nada me gustan sus películas. Lo que me gusta es cómo mira, cómo hace florecer una historia entre las grietas, cómo el tiempo corre distinto cuando lo administra, cómo la gente toda es habitante de sus mundos y no sólo unos pocos. Lucrecia mira desde el margen. Un hotel de provincia, una quinta allá lejos, una ciudad olvidada por el virreinato. Podría hablar días acerca de la belleza inaudita de algunas escenas de Zama, de su imaginación histórica, de su sensibilidad etnográfica, pero prefiero saltar al final, más propositivo. Esta es mi teoría: Lucrecia Martel es antropóloga pero no lo sabe. Como evidencia primaria me regaló esta sentencia, recibida desde la comodidad de mi alfombra: “Para acercarse al cine no es necesario tener una cámara, sino ponerse un poco a observar el mundo y a pensar qué piensa uno de las cosas que hemos aprendido tan alegremente”. Dicho en un oración, es más o menos todo lo que hay que saber acerca del método etnográfico. Con eso y numerosos llamados a “desnaturalizar” lo que damos por cierto, me atrevo a darle una bienvenida al gremio que no me pidió y tampoco necesita.
 
Los cuadernos de notas de campo se quedan en Michigan, decidí con bastante pesar. Años de experiencias en el norte de Formosa, conversaciones, observaciones, dibujitos y pensamientos en una pila compacta de colores varios. Lucrecia Martel, mientras tanto, sigue hablando de esto mismo. De cómo si fuéramos a grabar una situación de alimentación en un departamento en capital todo sería mucho más rápido, aséptico y conveniente que si la grabáramos en un contexto de pobreza, ya sea una villa o una comunidad rural. Es algo que supe la primera mañana que desperté en Formosa, el tiempo de prender el fuego, el tiempo de traer el agua que puede variar mucho dependiendo de la época del año, el tiempo de amasar y freír o tostar. El tiempo, dice Martel, es más requerido por el sonido que por la imagen. Necesitamos de más tiempo para obtener información del sonido, y con ello resignamos algo del poder que nos otorga la mirada dominante. La escucha es la columna vertebral de la tarea del etnógrafo, y son los sonidos los que primero llegan a mi mente cuando evoco ese recuerdo ya distante.
 
Tengo claro que mi percepción de esta charla está sesgada por quién soy y qué hago, por lo que aprendí y lo que tuve que desaprender en el camino. Lucrecia dedica buena parte de su exposición a pensar un cine que nos permita develar nuestros puntos ciegos, corrernos aunque sea por un momento de un espacio privilegiado donde los otros son pocos. No le haría justicia haciendo un resumen, los alentaría a que vayan a verla, está disponible para nuestra escucha renovada. La belleza reside en el cuidado que Martel dispone para la imaginación de otros mundos posibles. Además de una renuncia a cualquier tipo de agenda obligatoria marcada por los eventos de moda, nos ofrece una máxima válida para el cine pero también para cualquier otra manipulación del lenguaje: lo que es preciso es ampliar los sujetos productores de narrativa, sólo de esa manera podremos incorporar otras voces a una conversación cuyos interlocutores cambian poco.
 
Al final de la charla y mi embalaje, Martel reflexiona sobre el espinoso asunto de la identidad, casi dándole un sello de oro a mi teoría secreta. La cineasta más antropóloga con la que me gustaría discutir algunas de esas ideas termina una charla de cine con una reivindicación a las auto percepciones identitarias que no necesitan de credenciales específicas o “grandes inversiones”. Un abanico de identidades disponibles al alcance de todes, en las que reine la invención, la pura fiesta y la afirmación propia. Con un coro de aplausos cerró la escena y mi última caja. Un comentario después de los créditos: El mundo de los hechos suspendió la mudanza en un tiempo incierto, demorado como el universo de sonidos de Lucrecia, en el que vuelvo a escucharla. No puedo de momento volver a casa, pero puedo volver al Kirchner, donde nunca estuve, y encontrarla.

Acerca de Laura Pensa

Nacida en un pueblo del oeste bonaerense en 1989, Laura Pensa es antropóloga y doctoranda en literatura. Algunos de sus días reside en Michigan, Estados Unidos, y otros en San Telmo.

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