Archivo Independencia

Archivo Independencia Aniversario del 9 de julio de 1816

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Una reflexión en el Día de la Independencia

En ocasión de la conmemoración de la Declaración de la Independencia del 9 de julio de 1816, el Centro Cultural Kirchner y el Archivo General de la Nación presentan el análisis del historiador Fabio Wasserman y los ejemplares del Acta de la Independencia en castellano, quechua y aymará. Las actas se presentan no como piezas de museo, sino como fragmentos desde donde interpelar al presente.




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El día de la Independencia, por Fabio Wasserman

En general, los argentinos consideramos que el 9 de julio se declaró la independencia de la Nación argentina y que esto habría venido a completar la revolución iniciada en mayo de 1810 que, por distintas razones, hasta ese momento no había podido proclamar esa independencia. Esta interpretación sin embargo tiene dos problemas, o al menos tiene dos problemas que han sido planteados por distintas historiadoras e historiadores en las últimas décadas.
 
El primero es que al iniciarse la revolución, no era tan claro que su propósito fuera declarar la independencia, es decir, que sobre este punto sus principales protagonistas tenían distintas posiciones. Estas iban desde declarar efectivamente la independencia, hasta crear un gobierno que mantuviera un control sobre la población, el territorio y los recursos con mayor autonomía pero dentro de la monarquía hispánica.
 
Pero quisiera detenerme en el segundo problema, que atañe mucho más aún al Congreso de Tucumán: el hecho de que en el mismo no estaba representada la Nación Argentina, sino alguno de los pueblos que habían formado parte del Virreinato del Río de la Plata. Esto se puede advertir en el hecho de que sus diputados proclamaron la independencia, no de la Nación Argentina o de la República Argentina sino de las Provincias Unidas de Sudamérica. Esto implica en realidad algo que es sencillo de decir, pero no lo es tanto de admitir: en ese entonces no existía la Nación Argentina y tampoco estaba destinada a constituirse como tal. No se trata tan sólo de que tenía otro nombre, o de que su territorio no se correspondía con el actual, sino de una diferencia radical en la forma de concebir a las comunidades políticas, pues todavía no se había formulado el principio de las nacionalidades, según el cual las naciones serían la expresión política de pueblos que poseen rasgos distintivos, una historia en común, un territorio específico. En realidad los sujetos políticos, por lo menos en el caso hispanoamericano y en el rioplatense, eran los pueblos, es decir las ciudades o las provincias, que se consideraban soberanas, libres e independientes. Por ello podían acordar, o no, su integración a una nación según su voluntad e interés.
 
Ahora bien, ¿Cómo se llegó entonces a la declaración de la independencia? ¿Quién la declaró? ¿Qué objetivos tenían quienes la declararon?

Para poder entender esto, tenemos que retroceder un poquito, no tanto, situarnos a mediados de 1815 para ver qué es lo que estaba aconteciendo tanto en el Río de la Plata, como en América, como en Europa. En ese entonces la revolución estaba atravesando una situación verdaderamente crítica en esos tres planos:

En Europa, la derrota de Napoleón había dado lugar a una restauración conservadora y absolutista, con lo cual había muy poco margen para contar con apoyo a las revoluciones, y mucho más si se proclamaban republicanas. En el caso de España, Fernando VII había recuperado en 1814 el trono y a partir de entonces había comenzado a promover una política absolutista que, por ejemplo, desconoció la Constitución liberal de 1812 pero, sobre todo, que también apuntaba a recuperar sus territorios americanos. De hecho, para 1815, habían sido derrotados todos los focos insurgentes en América, con la excepción del área rioplatense que, de este modo, quedaba aislada. Chile y el Alto Perú habían quedado en manos de fuerzas leales a Fernando VII, Paraguay, por su parte, se había autonomizado en 1811, los pueblos del Litoral y la Banda Oriental, el actual Uruguay, se habían organizado en un sistema alternativo, que también era revolucionario pero que no reconocía al gobierno de Buenos Aires, los Pueblos Libres, liderados por Artigas. Esta era en realidad la expresión más radical del descontento de los pueblos rioplatenses frente a las políticas centralistas de Buenos Aires que provocaban el rechazo de numerosos pueblos.

Finalmente, incluso dentro de la dirigencia revolucionaria, había grandes divisiones en facciones. Podría sintetizarse de este modo, en 1815 la revolución estaba desgastada, por un lado por las divisiones ideológicas y regionales, y además tenía que afrontar un marco internacional sumamente desfavorable. Fue entonces, en esas circunstancias tan difíciles que la dirigencia revolucionaria decidió convocar un Congreso. También decidió algo muy importante, a diferencia de lo que había ocurrido pocos años antes en la Asamblea del año XIII, esa reunión no debería realizarse en Buenos Aires, sino en Tucumán. Esta decisión obedecía al hecho de alejar cualquier prevención sobre la influencia que podría haber en la ciudad capital sobre los diputados del interior.

El Congreso tenía dos objetivos. Uno, el que hoy se recuerda y el más evidente, declarar la independencia. El otro objetivo, no menos importante, era declarar la Constitución. Tanto la declaración de la independencia como la de la Constitución apuntaban a un mismo fin: la consolidación de un nuevo orden al que procuraba dotar de legitimidad. Eso implicaba que fuera reconocido y aceptado por los pueblos que integrarían ese orden político, pero también por las otras naciones. En ese marco se discutió el carácter que adoptaría el nuevo sistema político, republicano o monárquico, centralista o federal. En ese sentido es conocida la intervención de Manuel Belgrano, que no era diputado pero fue invitado a exponer su proyecto de monarquía. Belgrano había estado en Europa el año anterior, en una misión diplomática y se había percatado del nuevo clima de restauración monárquica, que haría muy difícil la aceptación de una república independiente en América.

Tenemos que tener en cuenta que el proyecto de monarquía que se estaba discutiendo no era el de una monarquía absoluta como la de Fernando VII, sino una similar a la parlamentaria, en la que la sociedad contaría con alguna forma de representación. Esto no sería todo porque Belgrano también propiciaba una monarquía cuyo rey fuera un descendiente de los incas. En esto recibió el apoyo de otros dirigentes como San Martín y Güemes, y el rechazo de muchos otros, que veían con malos ojos esta posibilidad.

Hay que tener en cuenta dos cuestiones. Por un lado, una dimensión pragmática: lo que estaba buscando Belgrano era contar con el apoyo de los pueblos originarios en el vasto territorio que abarcaba todo el Alto Perú y al menos todo el sur de Perú. Y por otro lado, una cuestión ideológica, sentida y genuina: para muchos revolucionarios la revolución se hacía también para que los pueblos oprimidos recuperaran sus derechos. En ese sentido, es muy interesante que la Declaración de Independencia, a la cual me voy a referir ahora, se decidiera publicarla en castellano, en quechua y en aymara. De ese modo, lo que se procuraba era también que fuera más difundida, y que, en los territorios que estaban siendo ocupados por las fuerzas contrarrevolucionarias se concitara apoyo en favor de la revolución.

El Congreso había comenzado a sesionar en marzo de 1816. Cuando se declaró la independencia el 9 de julio de ese año, en él estaban representados los pueblos de Buenos Aires, Córdoba, Catamarca, San Luis, San Juan, Mendoza, La Rioja, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy y también de tres ciudades del Alto Perú que formaban parte del actual territorio boliviano, Mizque, Chichas y Charcas.

En ese marco, los diputados que representaban a estos pueblos, declararon la independencia, pero no de la Nación Argentina y ni siquiera de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sino la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica. Este nombre se debía a dos razones. Por un lado era una expresión de la identidad americana, que había cobrado mucha fuerza en esos años, en el marco de las guerras de la independencia. Por el otro, expresaba la posibilidad de que en un futuro se incorporaran a ese orden político otros pueblos: los altoperuanos, que en ese momento estaban bajo dominio realista, pero que formaban parte del territorio del Virreinato del Río de la Plata; el Paraguay, que se había autonomizado pero también formaba parte de ese territorio; Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe, las Misiones y la Banda Oriental, actual Uruguay, que integraban la Liga de los Pueblos Libres, liderados por Artigas; y también, por qué no, Chile (hay que considerar que San Martín estaba próximo a lanzar su campaña, cruzaría en pocos meses los Andes) y también el sur de Perú. Lo que importa es que la idea de cómo se construyen las comunidades políticas no responde al principio de las nacionalidades, sino que tenía que ver con la voluntad de los pueblos, que, acorde a sus intereses o voluntad, decidieran integrarse a un cuerpo político. Ahora bien, como es notorio, esto no ocurrió o solo ocurrió parcialmente. Ni Chile o Perú se integrarían en una misma comunidad política con los pueblos rioplatenses, e incluso los pueblos rioplatenses tampoco se unirían del todo en una misma comunidad, ya que tras años de enfrentamientos y de acuerdos acabarían constituyéndose cuatro naciones independientes en lo que había sido el territorio del Virreinato del Río de la Plata: Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay.

Ahora bien, esto es muy importante: contra lo que muchas veces se sostiene, este desenlace no fue consecuencia de una conspiración destinada a separar y debilitar a los pueblos del sur, ni un robo de territorios que supuestamente le pertenecerían a la Nación Argentina que no existía como tal, ni fue obra de la providencia esa delimitación. Ella fue producto de proceso históricos que podrían haber tenido otros desenlaces, podrían haberse producido otras configuraciones político-territoriales. Así como Uruguay es hoy una nación independiente podría no haberlo sido, así como la Argentina terminó constituyéndose con los pueblos que actualmente la forman, podría incluido algunos menos, o algunos más. Podría no haber existido Argentina también.

Esta conflictividad, la existencia de distintos intereses, de distintas ideas y de distintos proyectos, explica en buena medida también por qué el Congreso no pudo cumplir con su segundo objetivo, que era sancionar una Constitución que fuera aceptada y reconocida. Para que ello sucediera primero tendría que haber intereses en común y acuerdos entre las dirigencias. El Congreso se trasladó de Tucumán a Buenos Aires en 1817, y recién sancionaría una constitución en 1819, pero esa constitución ya no sería reconocida por los pueblos, dado que tenía un carácter muy centralista y era muy aristocrática. Si bien el Congreso de Tucumán no pudo cumplir con éxito su segundo objetivo, no logró sancionar una constitución que sirviera de marco a una nueva comunidad política, no debemos desconocer la importancia que tuvo en el proceso político rioplatense y americano en general, porque implicó un punto de quiebre, y también significó la posibilidad de que a partir de ese entonces se pudieran imaginar distintos futuros. Uno de ellos es el que terminaría siendo la conformación de la Nación Argentina. 

En ese sentido, y para ir cerrando, quisiera recordar un poema de Borges que escribió en 1966, se llama Oda escrita en 1966, que apareció en el diario La Nación el 9 de julio de ese año, para conmemorar el 150 aniversario. Tengamos en cuenta lo complicado de esta fecha al ser unos días después del golpe de Estado de Onganía. Dice: 

“Nadie es la patria, pero todos debemos 
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar”

Como habrán podido apreciar, el poema de Borges es muy interesante, los invito a que lo busquen y lo lean. Quisiera retomar algo de lo que allí plantea, nosotros somos el resultado de una historia pero también somos el resultado de lo que decidimos hacer con esa historia. Si seguimos conmemorando al 9 de julio como una fecha muy importante de nuestra historia, sea por lo que eso significa para nosotros hoy en día, un momento clave en el cual un grupo de personas que representaba distintos pueblos, decidió que iban a ser independientes, y no simplemente por ser una rutina institucional o escolar.

Acerca de Fabio Wasserman

Fabio Wasserman nació en Buenos Aires en 1968. Es Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como Investigador del Conicet en el Instituto Ravignani y como docente de grado y de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de San Martín. Su área de especialización es la Historia política y cultural Argentina e Iberoamericana (siglos XVIII y XIX). Entre sus publicaciones recientes se encuentran El mundo en movimiento. El concepto de revolución en Iberoamérica y el Atlántico norte (siglos XVII-XX) (2019) y Tiempos críticos. Historia, revolución y temporalidad en el mundo iberoamericano (siglos XVIII y XIX) (2020).



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