Romina Paula: episodio 1

Romina Paula: episodio 1 Diarios: narrativas desde el aislamiento

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Episodio 1: “Ami y Rosie: el díptico de nada y todo”

En el centro del confinamiento y en el centro de la habitación y en el centro del mundo hay un televisor. Todos los acontecimientos transcurren allá adentro. Romina Paula con la mirada puesta en la pantalla, recicla historias, consume intimidades ajenas y las convierte en relato donde ya no se sabe quién mira y de quién es la mirada.

En la casa de mi madre en la que pasamos la cuarentena ocupamos la habitación más grande de las de niños. En esta habitación que habitamos hay una pequeña televisión de tubo de fines de los años noventa, a lo sumo del dos mil. Varias veces mi mamá habló de venderla o regalarla o darla. Me la ofreció para que me la llevara, nunca quise tenerla en mi casa porque me gusta ver la televisión. Cosa que ahora confirmo. Y no quería esa tentación cerca. Desde que estamos acá casi que no consumí streaming en la computadora porque, claro, miro la televisión. Los canales que más vemos son los infantiles, Discovery Channel y Animal Planet. Tengo que sintonizar la programación con un niño de cinco años casi todo el tiempo, así que manejo la grilla de dibujitos y de esos dos canales de cable.


Salir

Los lunes a la noche en Discovery Channel dan Alaska: Hombres primitivos; los lunes a la noche dan maratón de Alaska. Pero, como su nombre no lo indica, en el programa también hay tres mujeres, integrantes de la familia. Los hombres primitivos de Alaska a los que alude el título son en realidad una familia de nueve integrantes: padre, madre y nueve hijxs que viven en el bosque en una isla en Alaska. Como con todo, empiezo a ver la serie y asumo que esto está sucediendo en el presente y recién googleo cuando empiezo a escribir esto y ahí me entero de que la serie se estrenó hace seis años ya y que eso que estoy viendo es el pasado. Algo similar me sucedió cuando leí Rayuela por primera vez en la adolescencia, sin tener claro que Cortázar había muerto y cuando di con la foto de una tumba entre las primeras páginas, casi me descompongo: eso que leía había sido escrito por un hombre muerto.

La serie está llena de manipulaciones de guion, por supuesto, pero no me importa, en este encierro decido consumir la vida de las Brown como si se tratara de la realidad real emergiendo de estas catorce pulgadas de pantalla redondeada. También, la familia es lo suficientemente pintoresca y sus integrantes lo suficientemente particulares e histriónicos como para armarle una serie a casi cualquiera. Uno de los personajes que me fueron creciendo a lo largo de los capítulos es el de la mamá del grupo, Amora, Ami. Las tres mujeres de la familia, de buenas a primeras, tienen una presencia más pasiva en el programa, porque son menos histriónicas y porque la mayoría de las tareas que realizan en el bosque son de fuerza, “de hombres”. Ami, inicialmente, resulta muy frágil, muy bonita y silenciosa. Es igual a su hija menor Rainy; la otra hija, Bird, está más alineada con los muchachos, en casi todos los sentidos: sale de caza, levanta cosas pesadas, dispara. A Ami le faltan muchos dientes, en uno de los capítulos le hacen una extracción y hay algo de la mitad de su boca vacía cuando habla que captura mucho la atención. Ami nunca levanta la voz pero cuando habla todos la miran en silencio, movilizados, como si hablara una deidad. Ella y su marido Billy están juntos desde siempre, ella dejó su casa a los quince años para irse a vivir con él. Ella le enseña a sus hijxs a leer y a escribir. Ellos manejan bastantes conocimientos en general, no sé de dónde sacaron la información, pero la tienen; tampoco es que lean ni escriban tanto. La isla en la que viven está a una hora de barco del pueblo más cercano que se llama Hoonah, que es a donde van a hacer las diligencias. En los capítulos que veo, los Brown llegan a esa isla para asentarse, aún no sé si el terreno les corresponde, si se los asignaron o sencillamente lo ocuparon. Primero se los ve construir un campamento provisorio que es ya bastante sofisticado. Su intención es construir una gran casa de madera para todos en ese bosque. Vemos cómo son sus días hasta que consiguen hacerlo, y construyen entre todos y con sus propias manos un caserón de madera de árbol de ese bosque en medio de la nada. Ilusa, creo que ahí se acaba la serie, con ese dron que se aleja de la casa de a poco, hacia el cielo, pero no: esto recién comienza. Un día llegan unos policías hasta el pueblo Brown, como lo llaman ellos, para citar a Ami porque el alguacil de Hoonah necesita hablar con ella. Le pide expresamente que el encuentro sea sin su marido Billy y sin las cámaras de televisión. Vemos a Ami preocuparse, la vemos repetir que ella no hizo nada en contra de la ley. El día de la cita acude acompañada por su hija mayor Snowbird. Los del documental han puesto cámaras espía en la pizzería de la reunión. Llega el alguacil. Habla con ella. Le dice que su madre la ha visto en la televisión, por supuesto que en este programa de los Bushmen, y que se mostró muy preocupada. Que llamó a la policía de Hoonah para que ellos averiguaran si su hija está bien, si está ahí por su voluntad y si no está siendo violentada por su marido y sus hijos varones, que no la reconocieron cuando la vieron en la TV y que no está siendo ella misma, que no la reconocen. Ami se queda de una pieza. Dice que no ve a su familia desde hace cuarenta años, el policía le dice que solo está haciendo su trabajo y le vuelve a preguntar, más abiertamente, si es o fue abusada de algún modo por su marido o alguno de sus hijos y ella que no, que claro que no, que es la vida que eligió para sí misma hace cuarenta años atrás. Ami no se sobresalta, no se sulfura, pero la vemos implotar. Billy pasa a buscarla por la puerta de la pizzería cuando el encuentro termina. Su hija Snow está siempre a su lado, pero no emite palabra. Se la ve abatida también. Billy quiere saber de qué se la acusa. Ella le cuenta. Él no puede creerlo. Ella dice que irónicamente fue él quien no se cansó de decirle que llamara a su madre para reconciliarse, todos estos años, y no puede creer que su familia pensara algo tan espantoso de él. Ni qué decir de los muchachos que, es cierto, alcanza con ver un rato para darse cuenta de que son más buenos que el pan. Buenos o ingenuos o lo que sea pero incapaces de hacerle daño a nadie, y menos a su mamá.

Ami regresa a la casa Brown en el barco, acompañada por Billy y Snowbird; los otros seis están expectantes, quieren saber qué necesitaba la policía de su mamá. Se sienten entonces heridos al oír que la sospecha recaía en parte sobre ellos; ellos, que aman tanto a mamá. Alguien del pasado de esa mujer que es ahora para ellos, antes que cualquier otra cosa, su mamá, la ve en la televisión y dice que no, que así no, que esa no es la vida correcta para Amora, que debe haber habido un error. Consternados y pensativos callan frente al fuego, todos los Brown.


Entrar

De la vereda de enfrente de la alienación, el canal de al lado da un programa sobre acumuladores compulsivos. Ahora, desde nuestro confinamiento, todo toma otro color: la fuga hacia afuera de Ami; esta, hacia adentro o hacia la nada de Rosie.

De que está quebrada no cabe duda alguna. Lo que sorprende es cuán resistente puede ser el cuerpo aún sin motivo aparente. Eso no deja de sorprenderme: de lo resistente que —de repente— puede resultar un cuerpo. ¿En qué momento puso ella el primer papel sobre el otro? ¿En qué momento la pila de papeles y objetos fue demasiado grande para la mesa y los muebles y comenzó a tomar también el espacio por debajo del mueble? ¿Cómo es que en ese momento nadie dijo: esto pasó de castaño a oscuro? ¿Cómo es que la heladera dejó de tener electricidad pero nadie pensó en dejar de usarla como refrigerador? ¿Cómo es que la hija recién se alarmó cuando en la heladera sin luz junto al pote de dulce había una ardilla muerta? Asumo que para haber llegado a la ardilla pasaron antes por las pilas de objetos por doquier y las bolsas de plástico colgando de los candelabros conteniendo productos comestibles colgados ahí para quedar fuera del alcance de las ratas pero que las ratas alcanzaron igual muriendo a veces dentro y pasando a ser parte del patrimonio ornamentador. Algo tiene que haber habido antes del chorreado marrón sobre el horno, en la heladera, desde las repisas. Cuando le preguntan por la montaña de cáscaras frente a una ventana, la señora responde que debajo de esa repisa está la calefacción, y que puso ahí esas cáscaras de cítricos para aromatizar. El hombre que pretende ahora ayudar a sanar a la mujer quebrada desde hace tanto le pregunta en tono suave qué porcentaje de esa montaña está dispuesta a sacrificar y ella susurra “veinticinco por ciento” y él le pregunta “veinticinco por ciento es lo que se queda” y ella que no, que es veinticinco por ciento lo que está dispuesta a resignar. Las mismas personas filosofan frente a una lata vacía que el hombre encontró en la cocina. Es una lata de gaseosa que seleccionó de entre las toneladas de basura de dentro de la casa. La sostiene en la mano con delicadeza, se la presenta a la mujer rota. La mujer rota la mira, admite que no está dispuesta a deshacerse de la lata, dice que ve en ella mucho potencial. Potencial de qué, de convertirse en otra cosa. Qué cosa, una flor por ejemplo. Una flor de hojalata. La mujer es pintora o artesana o hizo alguna de todas esas cosas antes de quebrarse. A veces se la veía haciendo tejidos con ramas, tejidos que podían ser estructuras de lámparas o trampas o vaya uno a saber qué, bajo toda la basura había también, acá y allá, cuadros, pinturas que supo hacer. Dice que ve en esa lata más potencial que en ella misma. Lo dice en serio. A su lado la hija rompe en llantos, dice que ya no puede soportar escuchar. La hija cuenta que su madre se rompió hace mucho, que se fue rompiendo de a poquito, que fue su padre quien la rompió, de a poquito y con certeza. Que la convenció de ser una holgazana, una inútil, que la alejó de amigos y mundo. Y la mujer no se dio cuenta y se rompió. El marido en algún momento tuvo la dignidad de morirse pero ella no, ella para nada y mucho menos la liberó esa desaparición física del victimario, sino todo lo contrario. Ella sigue viviendo en esa casa tapiada de basura y rota, viendo potencial en latas y aroma agradable en montañas de cáscaras secas y juzgando apetecible un desecho momificado, pero lo curioso es que aunque las palabras que usa para definir las cosas siguen siendo bellas todo a su alrededor es horror y ella ni siquiera puede nombrarlo, ni mucho menos morir. Rodeado de basura y peste, su cuerpo resiste, aferrado a vaya uno a saber qué, tapiado de cosas que no puede dejar ir, por su potencial, el potencial. La última imagen que tengo de ella es girando sobre sí misma en el ambiente cocina, preguntándose por lo bajo acerca de un almanaque, un almanaque con el que no logra dar, no consigue encontrar, que dónde lo habrán dejado, dónde lo han puesto, al almanaque tal.

Acerca de Romina Paula

Romina Paula nació en Buenos Aires en 1979. Es autora, directora e intérprete. Es egresada de la Carrera de Dramaturgia de la UNA. Se formó como actriz y actuó en varias películas, entre ellas El estudiante de Santiago Mitre, La princesa de Francia de Matías Piñeiro y El cielo del centauro de Hugo Santiago. Escribió y dirigió las obras Algo de ruido hace, El tiempo todo entero, Fauna, Cimarrón, Reinos, entre otras. Editorial Entropía publicó sus novelas ¿Vos me querés a mí?, Agosto y Acá todavía y un volumen con sus obras de teatro. En 2019 estrenó De nuevo otra vez, su primera película como autora y directora.

Acerca de Diarios

Diarios es un registro colectivo, literario y documental producido en situación de pandemia. Escritores y escritoras convocados por el Centro Cultural Kirchner producen durante cuatro semanas textos en torno a un asunto, un personaje, una preocupación real o alucinada. En esta segunda entrega, entre mayo y junio, escriben de viernes a martes Ariana Harwicz, Juan Diego Incardona, Dolores Reyes, Romina Paula y Dani Umpi.

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