El trabajo del artista

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Reflexiones desde las artes escénicas

El trabajo del artista, nueva iniciativa del Centro Cultural Kirchner, propone pensar las artes escénicas en tiempos de distanciamiento social.

En este año tan excepcional, donde el trabajo para todas ha sufrido una transformación radical y parece volverse sobre nosotras con un millón de preguntas, inauguramos El trabajo del artista. Por medio de textos, entrevistas, archivos, piezas audiovisuales y piezas sonoras, abrimos un espacio para pensar desde las artes escénicas nuestras prácticas artísticas pasadas, para proponer nuevas y también, para imaginar futuras.

Acerca de “El trabajo del artista”, por Bárbara Hang y Agustina Muñoz

¿Cuál es el trabajo de la artista? Y en particular, ¿la de las artes escénicas?
 
La imposibilidad concreta de hacer lo que hacemos desde el abrupto estallido del COVID-19 que nos obliga al aislamiento y el distanciamiento social quizás nos permita reevaluar las condiciones que regían nuestro trabajo hasta el momento. Pensar desde una institución cultural el valor que tiene el trabajo del artista en una sociedad, los modos de producción y retribución económica y su posibilidad de existencia, podría darnos algunos indicios de cómo queremos seguir para “no volver a la normalidad, porque la normalidad era el problema”.
 
A medida que el arte se fue transformando en un bien dentro de la sociedad capitalista (ciudades en las que sus museos y su ‘oferta’ cultural se anuncian como valor turístico y patrimonial generando ganancias concretas y simbólicas), la artista devino en la trabajadora ideal para el sistema: flexible, dispuesta a autoexplotarse 24 horas / 7 días a la semana, informal, precarizada y, sobre todo, deseosa de dar a conocer su trabajo, algo que las instituciones culturales utilizan como parte ‘invisible del salario’ (algo así como te pago la mitad en ‘prestigio’ y ‘oportunidad’). Esta situación nos involucra de igual manera a artistas, gestoras, directoras de festivales y espacios culturales, ministras de cultura y curadoras, e implica pensar el trabajo artístico desde su materialidad, sus necesidades y su valor en la constitución de lo social. Sin romantizar la idea del freelancer, ni concebir al arte como privilegio, sino como trabajo, un tipo de trabajo. Un trabajo que, por cierto, generalmente se combina con otros trabajos para llegar a dar una subsistencia. En el caso de las artes escénicas se trata además de un trabajo efímero, que no se puede adquirir, ni vender a colecciones, ni circular en otras ciudades sin que viajen las artistas –con todo lo que esto conlleva a nivel dinero, tiempo y estructura–, que requiere en general de la presencia física de las artistas, de espacios con determinadas dimensiones y condiciones donde ensayar (como por ejemplo un piso adecuado, cierta altura, y más). Y como las artistas hacen un montón de otros trabajos para poder subsistir, los ensayos grupales requieren de una logística minuciosa para lograr hacer coincidir los tiempos ‘libres’ de las artistas. Las artistas de las artes escénicas son profesionales que se ven obligadas a hacer su trabajo en lo que les queda de su tiempo, una suerte de amateurismo-profesional –que no existe como tal si aceptamos que la vida de la artista es su trabajo– impuesto por una falta de estructuras, de recursos y valoración.
 
Estamos acostumbradas a que la artista se adapte, combine trabajos, trabaje muchísimas horas y haga muchas cosas a la vez. Su trabajo es incierto, inestable, sin contratos permanentes y desprotegido, especialmente en tiempos de crisis. Estas condiciones afectan no solamente su situación de vida, sino los modos de abordar, pensar y llevar a cabo los procesos artísticos.
 
Lo cierto es que la artista no entiende su vida separada de su trabajo, y esto más que su condena puede ser su mayor potencia. Las artistas son atravesadas por aquello que las mueve. Crean y practican nuevos modos relacionales en constante reformulación que escapan a las lógicas del mercado. Provocan, problematizan, cuestionan y subvierten lo establecido. La artista no se instala, sino que desestabiliza.
 
Pero, ¿quién cuida a la artista de las artes escénicas? Las políticas del cuidado hoy se imponen en nuestra vida en formas impensadas e indeseadas. Para quienes trabajamos con los cuerpos, la copresencia, el encuentro, con el momento compartido, el cuidado solidario amenaza el sentido mismo de la práctica y nos invita a cuestionar la noción misma de “cuidado”. Porque el cuidado es también el trabajo de la artista; que se vuelve posible gracias a una fuerte red de articulaciones, contenciones y prácticas colectivas que las artistas fabrican, sostienen y promueven para hacer arte de manera afectiva y solidaria, en donde el cuidado es el “precio ineludible del compromiso”. 

Mirando el trabajo de la artista de las artes escénicas en este contexto de interrupción, quizás podamos reconocer y reafirmar lo que necesitamos valorar y defender para evitar volver a la NORMALIDAD.

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